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En 1949, el personal que operaba una estación meteorológica en una remota isla en el territorio subantártico llevó cinco gatos domésticos con el objetivo de controlar la población de ratones que afectaban las instalaciones.
Sin saberlo, se desencadenó una crisis que hoy en día obliga a estructurar un operativo de u$s 25 millones de dólares para intentar salvar el ecosistema local.
La historia de cinco gatos en una isla desierta
La historia nos traslada a la Isla Marion, un territorio ubicado a 2.300 kilómetros al sur del continente africano.
Este archipiélago es un santuario natural donde numerosas especies de aves habían evolucionado a lo largo de los años sin la presencia de depredadores terrestres.
Al no contar con mecanismos de defensas, sus aves y nidos fueron presas fáciles para los recién desembarcados felinos. Esta situación llevó a su reproducción sin control. En 1970 ya se registraban 2.000 aves que dejaron un saldo estimado de 450.000 aves muertas por año.

Para la década de 1980 el daño era de tal importancia que las autoridades comenzaron con un complejo programa de erradicación. La estrategia combinó la captura intensiva, caza nocturna y el uso del virus de la panleucopenia felina.
El proceso se extendió a lo largo de 10 años hasta que el último gato fue eliminado. Por el contrario, la eliminación total dio paso a otro problema: los ratones.

Esta especia fue introducida inicialmente mediante barcos balleneros en el siglo 19 y se multiplicaron por la falta de depredadores naturales.
De esta manera, había otro problema para las aves porque los roedores comenzaron a atacar polluelos, aves y huevos.
Cómo es la operación para terminar con los ratones de la Isla Marion
En búsqueda de revertir la situación, el ‘Mouse-Free Marion Project’, una asociación entre el Departamento de Silvicultura, Pesca y Medio Ambiente de Sudáfrica y BirdLife South Africa, diseñó la operación más grande jamás inventada para eliminarlos.
Se trata de un archipiélago de 30.000 hectáreas de terreno volcánico y el plan contempla el uso de una flota de helicópteros guiados por GPS para distribuir cebo con veneno.
El despliegue masivo requiere una inversión cercana a los u$s 25 millones, recursos que se han reunido entre el gobierno sudafricano y fundaciones internacionales.


