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La infraestructura necesaria para desarrollar la IA dispara la demanda de energía, materiales, trabajadores y financiamiento.

La gestora global de activos Janus Henderson advierte que ese ciclo de inversión podría sostener la inflación y elevar los rendimientos de los bonos, todo eso antes de que aparezcan las ganancias de productividad.

Durante los últimos dos años, Wall Street apostó a que la inteligencia artificial terminaría convirtiéndose en una poderosa fuerza desinflacionaria.

Esa hipótesis se basa en que una mayor productividad permitiría producir más con menos recursos, reducir costos y mejorar la eficiencia de las empresas.

Sin embargo, Janus introduce un matiz decisivo para los mercados. Y es que antes de que esos beneficios se materialicen, será necesario atravesar un ciclo de inversión de una magnitud excepcional.

Y la construcción de toda esa infraestructura podría generar nuevas presiones sobre los precios, complicar el último tramo de la desinflación y obligar a los bancos centrales a mantener las tasas de interés elevadas durante más tiempo.

En su último reporte de estrategia global, la gestora identifica este fenómeno como “AI inflation”: la inflación derivada del enorme volumen de recursos físicos, energéticos, laborales y financieros necesarios para desplegar la inteligencia artificial a gran escala.

La tesis no apunta a que la IA sea inflacionaria de manera permanente. La advertencia de Janus Henderson es más que nada temporal: los costos de construir la infraestructura aparecen desde el comienzo, mientras que las ganancias de productividad podrían tardar años en trasladarse al conjunto de la economía.

La inflación que nace antes de la productividad

El desarrollo de la inteligencia artificial exige mucho más que semiconductores y software. También requiere construir centros de datos, ampliar las redes eléctricas y garantizar el suministro de energía necesario para operar instalaciones de enorme consumo.

Ese despliegue incrementa la demanda de acero, cemento, cobre, transformadores, sistemas de refrigeración y trabajadores especializados. Si la oferta de esos insumos no crece al mismo ritmo, el resultado puede ser un aumento de sus precios y de los costos de construcción.

“La magnitud del despliegue de infraestructura para la IA requiere una cantidad casi sin precedentes de insumos, que van desde materiales de construcción y mano de obra hasta la electricidad necesaria para alimentar los centros de datos”, señala el reporte de Janus.

La gestora advierte, además, que las políticas migratorias más restrictivas podrían profundizar la escasez de trabajadores calificados. Esa combinación elevaría los salarios en los sectores vinculados a la construcción y la infraestructura y podría extender las presiones inflacionarias más allá de la propia industria tecnológica.

En otras palabras, el primer efecto macroeconómico de la revolución de la IA podría no ser una reducción de costos, sino una competencia más intensa por recursos que ya tienen una oferta limitada.

El desafío para la Reserva Federal

Michael Contopoulos, Head of Multi-Asset Macro Investing de Janus Henderson Investors, sostiene que los inversores suelen concentrarse en el potencial desinflacionario de la IA, pero prestan menos atención a los costos de la etapa previa.

“El mercado suele concentrarse en el potencial desinflacionario de la inteligencia artificial por las ganancias de productividad que podría generar. Sin embargo, antes de llegar a esa etapa será necesario atravesar un proceso de inversión de enorme magnitud, que demandará energía, materiales, infraestructura y capital a una escala inédita. Ese proceso puede convertirse en una fuente adicional de presión inflacionaria”, señala Contopoulos.

La diferencia de tiempos resulta determinante para la política monetaria. La demanda de materiales, energía y trabajadores aparece desde que comienzan los proyectos, mientras que las mejoras de eficiencia sólo se vuelven visibles una vez que la tecnología está instalada, adoptada e integrada a los procesos productivos.

Según el reporte, esas presiones no necesariamente se trasladarán de manera inmediata o directa a los precios que pagan los consumidores. Sin embargo, podrían contribuir a que la inflación se mantenga por encima del objetivo de la Reserva Federal (2%) y reducir el margen para avanzar con un ciclo sostenido de recortes de tasas.

Para los mercados, la consecuencia sería un escenario de tasas altas durante más tiempo: condiciones financieras más exigentes, un mayor costo del crédito y una tasa de descuento más elevada para valuar acciones y otros activos de riesgo.

La productividad llegará, pero no de inmediato

Janus Henderson no cuestiona que la inteligencia artificial pueda elevar la productividad global. Por el contrario, reconoce que una mejora significativa de la eficiencia laboral podría transformarse, con el tiempo, en una fuerza desinflacionaria capaz de compensar otras presiones estructurales.

“Todavía está por determinarse en qué medida las ganancias de productividad esperadas de la IA serán desinflacionarias para la economía global”, señala el reporte.

“Si cumplen las expectativas más optimistas, el aumento de la eficiencia laboral podría amortiguar otras fuerzas estructuralmente inflacionarias”, advierte.

El punto central es que esos beneficios no están garantizados ni se producirán de manera inmediata. La magnitud y la velocidad del impacto dependerán de cuánto aumente efectivamente la productividad y de cuánto tarde la adopción tecnológica en extenderse al resto de la economía.

La secuencia que plantea Janus Henderson es, por lo tanto, incómoda para los bancos centrales: primero podrían aparecer el gasto, la demanda de recursos y la presión sobre los costos; recién después, las ganancias de eficiencia.

La IA se suma a otras fuerzas inflacionarias

Para Janus Henderson, la inteligencia artificial no opera de manera aislada. Su expansión coincide con otras fuerzas estructurales que también pueden mantener elevados la inflación, las tasas reales y el costo del capital.

Entre ellas, la gestora destaca el deterioro de las cuentas fiscales de las economías desarrolladas, la desglobalización y el avance de las barreras comerciales.

Contopoulos advierte que el retroceso de la integración global ya está generando consecuencias económicas de largo plazo.

“Alejarse de los paradigmas económicos y de seguridad que dieron lugar a un período sin precedentes de paz y prosperidad ya está mostrando una serie de consecuencias no deseadas”, sostiene el estratega.

Desde su perspectiva, ese proceso podría transformarse en una fuente persistente de mayor inflación y volatilidad. La relocalización de cadenas productivas, las restricciones comerciales y la búsqueda de mayor seguridad en el abastecimiento pueden hacer que producir resulte más costoso, aunque reduzcan determinados riesgos geopolíticos.

Qué significa para los inversores

La principal conclusión financiera del reporte es que el mercado todavía podría estar subestimando la persistencia de las tasas elevadas.

La discusión ya no pasa únicamente por cuándo comenzarán o continuarán los recortes, sino por cuál será el nivel de equilibrio de las tasas en una economía atravesada por mayores necesidades de inversión, déficits fiscales, desglobalización y una creciente demanda de financiamiento.

Ese escenario tiene consecuencias sobre todo el mercado. Tasas más altas tienden a presionar las valuaciones de las acciones, encarecer el financiamiento corporativo y aumentar el rendimiento requerido para asumir riesgo.

Al mismo tiempo, la mayor emisión de bonos puede abrir oportunidades en renta fija, aunque con volatilidad y riesgo de duración si los rendimientos continúan subiendo.