El presidente de Estados Unidos Donald Trump voló esta semana a Medora, Dakota del Norte, para inaugurar la Biblioteca Presidencial Theodore Roosevelt. El viaje fue notable por ser el primero a bordo del nuevo Boeing 747 de u$s 400 millones que le regaló el emir de Qatar.
Trump partió el mismo día en que se dio a conocer que había ganado más de u$s 2.200 millones desde su regreso a la Casa Blanca, un botín sin precedentes en la historia presidencial de EE.UU. que generó interrogantes aún más incómodos sobre los conflictos de interés en su administración.
La magnitud de las ganancias —en gran parte provenientes de emprendimientos cripto— invita a comparaciones que hasta hace apenas un año habrían parecido descabelladas. Algunos politólogos empiezan a ver paralelismos entre el comportamiento de Trump y el de hombres fuertes extranjeros en África y Asia, conocidos por enriquecerse en el poder.
Nic Cheeseman, experto en África de la Universidad de Birmingham, dijo que la forma de gobernar de Trump tenía ecos del sistema “patrimonial” presente en partes de África, donde el gobernante trata al Estado como una extensión de su patrimonio personal.
“Suele asociarse con difuminar la línea entre el cargo público y la riqueza privada”, señaló. Para Cheeseman, las ganancias de u$s 1.000 millones de Trump con las criptomonedas y el avión qatarí son un ejemplo de eso.
Otros también ven ecos de la Turquía de Recep Tayyip Erdoğan, un aliado cercano de Trump que enfrentó denuncias persistentes de que él, su familia y su red política se beneficiaron económicamente durante sus más de dos décadas en el poder, algo que siempre negó.
Howard Eissenstat, profesor de historia en la Universidad St Lawrence de Nueva York y experto en política turca, dijo que en muchos sentidos Trump había superado a Erdoğan.

“Hay una onda de ‘la codicia es buena’ en la administración Trump y esa no es la manera en que Erdoğan hace negocios”, afirmó. En el afán de Trump por acumular riqueza, dijo, “las cosas son más grandes, más descaradas y más obvias, de una manera asombrosa”. El presidente turco “es mucho más cauto”.
Anna Kelly, vocera de la Casa Blanca, negó que Trump esté sacando rédito de la presidencia. “El presidente implementó políticas que hicieron a todos los estadounidenses más ricos y prósperos, entre ellas la baja de impuestos, la repatriación de la manufactura, la negociación de acuerdos comerciales más justos y la creación de las Trump Accounts para los chicos”, señaló.
Otros advierten que las comparaciones con déspotas extranjeros solo explican hasta cierto punto el estilo idiosincrático de gobierno de Trump.
“EE.UU. no es la Rusia de Putin, ni la Indonesia de Suharto”, dijo Scott Greytak, subdirector ejecutivo de Transparency International US, el organismo de vigilancia anticorrupción. “Todavía tenemos tribunales independientes, prensa libre y una sociedad civil fuerte”.
El lucrativo comercio de acciones y criptomonedas de Trump se dio a conocer a través de las declaraciones juradas periódicas, un nivel de transparencia que jamás ofrecieron cleptócratas de la talla de Mobutu Sese Seko. Durante su gobierno en Zaire, entre 1965 y 1997, este tuvo un yate en el río Congo, castillos en Francia y otras propiedades de lujo mientras la infraestructura de su país se derrumbaba. Se acusa al general Sani Abacha, gobernante militar de Nigeria entre 1993 y 1998, de haber saqueado miles de millones de dólares del Estado nigeriano.
Sin embargo, Cheeseman ve bastantes similitudes entre Trump y los regímenes corruptos africanos, como la tendencia a usar las palancas del poder para castigar a los opositores políticos y el hábito de “promover a personas con vínculos personales con el poder ejecutivo a puestos prominentes, desde donde también pueden acumular [riqueza]”.
En el caso de la administración Trump está el ejemplo, citado con frecuencia, de Steve Witkoff, viejo amigo de Trump del mundo inmobiliario neoyorquino, hoy enviado especial para Medio Oriente. Witkoff enfrentó denuncias de potenciales conflictos de interés vinculados con los negocios de su familia en la región, algo que él niega.
Quienes militan contra la corrupción señalan lo que consideran el problema ético más flagrante que dejó la declaración financiera de Trump esta semana: que él y su familia se beneficiaron de emprendimientos cripto que su propia administración ayuda a regular.
“El patrón nos resulta familiar: un líder y su familia lucrando con la presidencia mientras el gobierno que controlan diseña, literalmente, las reglas sobre cómo se puede acumular esa riqueza”, dijo Greytak.

Transparency International presionó con fuerza por una enmienda a la Clarity Act, la principal ley que regula los activos digitales en EE.UU., ya aprobada por la Cámara de Representantes pero todavía empantanada en el Senado.
La propuesta prohibiría que los funcionarios electos y sus familiares directos lucren con negocios cripto afectados por la política federal. Pero la oposición republicana hace improbable que prospere.
Podrían adoptarse otras medidas para evitar el conflicto de interés. “Se podría exigir por ley que un presidente ponga sus activos en un fideicomiso ciego”, dijo Susan Rose-Ackerman, profesora emérita de jurisprudencia en la Facultad de Derecho de Yale.
Desde los años 70, los presidentes de EE.UU. buscaron evitar la apariencia de conflictos de interés colocando sus activos en un fideicomiso ciego administrado por un fiduciario independiente. Pero esas medidas se tomaron de manera voluntaria.
Trump se negó a adoptar un esquema semejante y prefirió conservar la propiedad de sus negocios, aunque delegó la gestión de la Trump Organization principalmente en sus hijos Eric y Don Jr.
Eso lo distingue no solo de sus antecesores en la Casa Blanca, sino también de líderes como Rishi Sunak, quien fue el primer ministro más rico de la historia británica cuando llegó a Downing Street en 2022 y que colocó sus inversiones financieras en un “esquema de gestión ciega” mientras estuvo en el número 10.
Lo mismo hizo Andrej Babiš, un multimillonario de 71 años que hoy cumple su segundo mandato como primer ministro de la República Checa. Babiš, que se autodefine como “trumpista”, puso a Agrofert, su vasto conglomerado agroalimentario y químico, en un fideicomiso ciego tal como exige la ley checa, aunque con sus hijos como beneficiarios. Los activistas anticorrupción sostienen que ese esquema, que no cubre otros negocios de Babiš, es una salvaguarda insuficiente contra los conflictos de interés.
Kelly, la vocera de Trump, desestimó las preocupaciones por la ausencia de un fideicomiso ciego. “Todos los activos del presidente están en cuentas totalmente discrecionales administradas por instituciones financieras independientes de terceros”, dijo. “No hay conflictos de interés”.
De regreso en Washington, Trump apenas pudo disimular su entusiasmo por el nuevo avión, apodado el “palacio volador”, que le regalaron los qataríes y que estaba a punto de llevarlo a Medora. Antes del despegue, el miércoles, lo definió como el “mejor avión comercial jamás construido”.
“Uno puede mantener un perfil bajo o puede mostrarlo”, les dijo a los periodistas. “Y creo que el país debería estar muy orgulloso de él”.




