

En España, el emprendimiento se ha convertido en una opción cada vez más apreciada entre las salidas profesionales posibles. Son los jóvenes, sobre todo, quienes impulsan esta idea que prioriza la independencia laboral y la creación de proyectos propios.
En línea con estas ideas, la agricultura ha sido históricamente uno de los pilares económicos de España, al permitirles a los agricultores cultivar y vender los frutos de su trabajo. Durante décadas, el campo garantizó el suministro de alimentos y ofreció estabilidad laboral ligada al esfuerzo generacional.
Sin embargo, durante los últimos años, este modelo ha perdido su potencia y atraviesa una transformación que preocupa a miles de trabajadores. El encarecimiento de los costes de producción, la presión de los mercados, la competencia internacional y una burocracia cada vez más exigente han ido erosionando la viabilidad del trabajo agrícola.
Clara, una profesional agrícola que vive de primera mano las dificultades del sector, denuncia que el actual modelo pone en riesgo la continuidad de la agricultura. Según ha explicado, el actual sistema “no protege al eslabón más débil de la cadena”.

La realidad oculta detrás de los emprendimientos agrícolas
En las zonas rurales se ve un proceso de deterioro sobre el pequeño agricultor, lo que forma parte de un proceso casi inevitable, ya que la industria impulsa dinámicas que priorizan el volumen y el bajo coste frente al trabajo artesanal. Clara es una de las agricultoras que han decidido resistir al cambio.
Según ha contado en el canal de Jaime Gumiel, vive y trabaja en Logroño, en el corazón de La Rioja, y lleva algo más de cuatro años dedicada profesionalmente al campo como autónoma. Tras la jubilación de sus padres, tomó la decisión de continuar con la explotación familiar y evitar que se pierda el legado de sus abuelos y sus tíos.
Su explotación es pequeña en comparación con las grandes extensiones de sus competidores. En tan solo una hectárea y media, gestionada prácticamente en solitario, Clara cultiva tomates, melones y sandías mediante agricultura convencional y realiza gran parte del trabajo de manera manual.
Durante los meses de verano, sus jornadas se alargan sin excepción de lunes a domingo, alcanzando fácilmente entre catorce y dieciséis horas diarias. Su rutina se resume en dormir poco, pero el verdadero desgaste llega con la incertidumbre climática, ya que unos minutos de mal tiempo pueden arruinar el trabajo de meses.

Las mayores dificultades de emprender en la agricultura
Sin embargo, la principal denuncia de Clara se centra en los precios que reciben sus productos. Según su visión, el sector se encuentra al límite porque en demasiadas ocasiones se obliga a los agricultores a vender por debajo de los costes de producción.
En su caso, pone como ejemplo el tomate: en Mercarrioja se lo llegaron a pagar a ochenta céntimos o, en el mejor de los casos, a un euro, mientras que ese mismo producto acababa en las tiendas a más de tres euros y medio el kilo.
Fue precisamente ante una de estas situaciones cuando Clara tomó una de sus decisiones más arriesgadas. El año pasado, al intentar vender su cosecha, le ofrecieron pagarla a la mitad de precio que el año anterior. En lugar de aceptar, decidió no vender y tirar parte de la producción.
Prefirió asumir esa pérdida antes que, como ella misma explica, “pasar por el aro las injusticias” y contribuir a un sistema que considera destructivo para el propio sector agrícola. En medio del panorama adverso, Clara ha encontrado un pequeño respiro en la venta directa a clientes finales.




