Los mercados financieros internacionales atraviesan un cambio de época cuyo alcance conviene dimensionar, porque sus efectos se proyectan mucho más allá de las fronteras de las economías desarrolladas. Después de años de dinero barato, el costo del financiamiento global volvió a subir con fuerza, y lo hizo de una manera que recuerda a etapas que parecían clausuradas. El rendimiento del bono del Tesoro de los Estados Unidos a diez años cerró la semana en el 4,94%, su nivel más alto desde octubre de 2023, y quedó al borde de perforar el umbral psicológico del 5%. Ese número, aparentemente técnico, es en realidad una de las variables más determinantes de la economía mundial, porque funciona como la referencia sobre la cual se fija el precio de casi todos los activos del planeta.

Detrás de esa suba de rendimientos conviven varios factores que conviene distinguir. Por un lado, una liquidación generalizada de bonos que empujó los precios a la baja y las tasas al alza. Por el otro, un repunte del precio del petróleo, con el barril de Brent trepando más de un 6% hasta superar los u$s 107, que reavivó los temores inflacionarios. A ello se sumó una promesa del presidente estadounidense de distribuir cheques por u$s 5000, una medida que agregaría más de un billón de dólares al déficit fiscal de ese país. El mercado, lejos de celebrar el estímulo, reaccionó con escepticismo, y elevó aún más los rendimientos ante la perspectiva de una deuda pública en expansión.

El fenómeno no se limita a los Estados Unidos, lo que refuerza su carácter estructural. El Banco Central Europeo subió sus tasas por segunda vez en el año y advirtió que la inflación permanecerá elevada durante más tiempo del previsto, un mensaje que llevó a los bonos alemanes y franceses a rendimientos que no se veían desde 2011 y 2008 respectivamente. La inflación de la eurozona trepó al 3,3% en agosto, un máximo de tres años, impulsada por la escalada del petróleo y por los precios del gas natural, tensionados a su vez por el conflicto en Medio Oriente. La sincronía entre las dos principales economías del mundo desarrollado, ambas endureciendo su política monetaria al mismo tiempo, configura un escenario de restricción financiera global que hacía años no se observaba.

La contracara de este proceso es un encarecimiento del crédito que golpea con particular dureza a las economías emergentes. Cuando los activos considerados más seguros del mundo, como los bonos del Tesoro estadounidense, ofrecen rendimientos cercanos al 5%, los capitales tienden a refugiarse en ellos y exigen retornos mucho más elevados para dirigirse hacia destinos percibidos como más riesgosos. Para un país como la Argentina, que aspira a regresar a los mercados internacionales de deuda tras años de ausencia, este contexto representa un viento de frente considerable, porque eleva el costo al que podría financiarse justo en el momento en que más lo necesita.

A pesar de ese telón de fondo adverso, la economía argentina logró exhibir durante la semana algunas señales de resiliencia que merecen destacarse. El riesgo país cerró en 485 puntos básicos, con una baja del 1% en la semana, un comportamiento que revela cierta capacidad de diferenciarse del clima internacional. Y en el terreno corporativo, la principal petrolera del país concretó una operación de financiamiento particularmente elocuente, al colocar obligaciones negociables con vencimiento en 2035 por 1.200 millones de dólares, a una tasa del 7,55% anual, y con ofertas que llegaron a duplicar ese monto. La comparación con una colocación equivalente de comienzos de 2024, cuando la misma empresa había pagado un cupón del 9,5%, ilustra la mejora en la confianza de los inversores internacionales hacia el crédito argentino, aun en un entorno global más hostil.

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En el plano local, los datos de la semana confirmaron la marcha de la desinflación, aunque sin despejar todas las dudas. El índice de precios al consumidor de agosto avanzó un 1,7% y desaceleró su variación interanual al 33,5%, con una inflación núcleo del 1,8% y un acumulado en el año del 21,3%. Es una trayectoria descendente que constituye el principal logro de la gestión. No obstante, las canastas básicas treparon un 2,6% en el mes, por encima del índice general, de modo que una familia de cuatro integrantes necesitó algo más de 1.600.000 pesos para no caer por debajo de la línea de pobreza. El dato recuerda que la desinflación, siendo real, todavía no se traduce en un alivio equivalente para los hogares de menores ingresos.

El frente salarial reforzó esa cautela. La remuneración imponible promedio de los trabajadores estables alcanzó los 1.946.028 pesos en julio, pero su actualización quedó por debajo tanto de la inflación del mes como del encarecimiento de la canasta básica total, lo que implicó una nueva contracción del poder adquisitivo del segmento formal. Y en materia de actividad, el cuadro siguió siendo dispar, con caídas mensuales en la industria y la construcción frente al avance sostenido de la minería, un patrón que ya se ha vuelto la marca distintiva de esta etapa, en la que los sectores ligados a los recursos naturales traccionan mientras los orientados al mercado interno permanecen rezagados.

El manejo de la deuda en pesos, por su parte, mostró la pericia financiera que caracteriza a la actual conducción económica. En la licitación de la semana, el Tesoro recibió ofertas por 14,17 billones de pesos y adjudicó 8,41 billones, rechazando más del 40% para no convalidar rendimientos más altos, y aun así garantizó la renovación de sus vencimientos. La colocación se diversificó de manera inteligente entre instrumentos a tasa fija, bonos a tasa variable, títulos atados al dólar y cobertura inflacionaria, una estrategia que refleja la voluntad de administrar los vencimientos con flexibilidad y de ofrecer al mercado el menú de coberturas que demanda en un año electoral.

La conclusión que se impone es que la Argentina enfrenta el desafío de completar su estabilización en un contexto internacional que dejó de ser favorable. Durante buena parte de las últimas décadas, las tasas bajas en el mundo desarrollado funcionaron como un viento de cola para los países emergentes, que accedían a financiamiento abundante y barato. Ese ciclo terminó, y su reemplazo por un escenario de tasas altas y crédito escaso obliga a extremar la prudencia. La buena noticia es que los fundamentos internos, como el superávit fiscal, la acumulación de reservas y la desinflación en curso, le otorgan al país una capacidad de resistencia de la que careció en episodios anteriores. La prueba de fondo consistirá en sostener esa solidez propia mientras el mundo encarece el precio del dinero, en la certeza de que, esta vez, el margen para los errores será considerablemente más estrecho.