A cincuenta años del quiebre institucional de 1976, el mundo vuelve a girar alrededor de un eje conocido: la energía. Pero, a diferencia de aquella Argentina que ingresaba en su etapa más autoritaria y trágica, hoy el país transita en democracia, sin violencia política, aunque enfrentando tensiones económicas que evocan, al menos parcialmente, la lógica de los años ’70. Si entonces fueron los shocks petroleros de 1973 y 1979 los que alteraron el orden global, hoy el conflicto en Medio Oriente y la disrupción en el Golfo reubican al crudo en el centro de la escena geopolítica.

El dato más elocuente es el precio. En las últimas semanas, el Brent escaló hasta la zona de los USD 114 y el WTI superó los USD 100, en un contexto marcado por la virtual paralización del Estrecho de Ormuz, por donde circula cerca del 20% del petróleo mundial. El mercado ya vislumbra un escenario incómodo: más inflación y menor crecimiento. JPMorgan Chase advirtió que, si el bloqueo se extiende, el barril de crudo podría escalar hasta USD 150, configurando un shock energético de magnitud global.

Durante la última década y media, sin embargo, predominó una narrativa muy distinta. Energías renovables, electrificación del transporte, hidrógeno y la energía nuclear parecían anunciar el declive del petróleo. Esa literatura, impulsada en gran medida por la agenda climática, anticipaba una transición acelerada hacia una matriz más limpia. Pero esos diagnósticos resultaron, en muchos casos, excesivamente optimistas. Subestimaron tanto la inercia del sistema energético global como la capacidad de adaptación de la industria tradicional.

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La revolución del shale, que en Argentina tiene su epicentro en Vaca Muerta, cambió las reglas del juego. La explotación de recursos no convencionales permitió reducir costos, ampliar la oferta y, paradójicamente, dificultar la competitividad de las energías renovables en el corto plazo. A esto se sumó una decisión política explícita: la consigna “drill, baby, drill”, impulsada por Donald Trump, sintetizó el giro hacia una agenda de expansión de la producción. Frente al riesgo de ser desplazada en los próximos veinte o treinta años, la industria petrolera aceleró.

A pesar de los avances en el desarrollo y la aplicación de energías alternativas, el petróleo sigue dominando el mercado energético. Las consecuencias están a la vista. El encarecimiento del crudo producto del conflicto en Irán ya se transmite a toda la cadena productiva: gas, fertilizantes, plásticos, transporte y alimentos. El aluminio tocó máximos en cuatro años y los costos logísticos aumentan a medida que se reconfiguran rutas comerciales. El Fondo Monetario Internacional advierte que el shock es global pero asimétrico: los países importadores de energía enfrentan una suerte de “impuesto externo”, mientras que los exportadores pueden mejorar sus términos de intercambio. Todos los escenarios convergen en el mismo resultado: más inflación y menor crecimiento.

La década del ’70 dejó una lección dolorosa: el ajuste de tasas en los países centrales para combatir la inflación petrolera derivó en el gran default de los mercados emergentes en los ’80. Hoy, los bancos de inversión advierten que un Brent alto volverá a golpear el crecimiento y la inflación global.

En este contexto, la Argentina enfrenta una paradoja. En el corto plazo, las noticias son negativas. El precio de los combustibles, con la nafta super por encima de los $2000 el litro en YPF, presiona sobre la inflación y el poder adquisitivo. Desde que se intensificó el conflicto en Medio Oriente, los surtidores acumulan subas cercanas al 17%, con un impacto estimado de hasta 0,6 puntos porcentuales adicionales en el índice de precios. En una economía donde la inflación aún no logra consolidar su desaceleración, este shock externo introduce un factor de riesgo relevante.

Además, persisten limitaciones estructurales. Argentina exporta petróleo crudo pero importa combustibles, reflejo de una capacidad de refinación insuficiente. Durante años, la combinación de incertidumbre regulatoria y expectativas de restricciones ambientales desincentivó las inversiones en destilerías, no sólo a nivel local sino también global. Hoy, con un cambio de agenda que relativiza esas preocupaciones, ese déficit se vuelve evidente.

Sin embargo, el mediano y largo plazo abren una ventana de oportunidad difícil de ignorar. A diferencia de los ’70, cuando el país era importador neto de energía, hoy se encuentra en medio de un boom hidrocarburífero. La expansión de Vaca Muerta, junto con nuevos proyectos impulsados bajo el marco del RIGI, posiciona a la Argentina como un potencial exportador relevante. En un mundo que vuelve a demandar energía fósil, esa ventaja adquiere un valor estratégico.

Los indicadores positivos aparecen en todas partes. En materia jurídica, el reciente fallo favorable en Estados Unidos en la causa vinculada a YPF que dejó sin efecto a sentencia de la jueza Loretta Preska contra el Estado argentino (por considerarse que los planteos no correspondían a esa jurisdicción) y fortaleció la posición argentina frente a los reclamos de fondos litigantes fue un hito clave. Más allá de que el proceso judicial no está cerrado, la resolución del Tribunal de Apelaciones del Segundo Circuito alivió uno de los principales focos de incertidumbre sobre la compañía y sobre el propio Estado.

Pero la lección de fondo trasciende el caso puntual. La Argentina sigue pagando un riesgo país prohibitivo por su historial de confrontación con la lógica del mercado de capitales. Más allá de las discusiones partidarias sobre la estatización de YPF, la realidad es que el desarrollo sustentable no se logra yendo en contra del mundo, sino trabajando con él. Celebrar un fallo judicial favorable es válido, pero la verdadera victoria será recuperar la confianza. El desarrollo futuro exige previsibilidad, respeto por los contratos y reglas claras. Ningún país logra consolidar un sendero de crecimiento sostenido confrontando sistemáticamente la lógica financiera global.

El equilibrio macroeconómico actual es, además, frágil. Depende en gran medida del frente externo: del flujo de exportaciones agroindustriales, de la estabilidad cambiaria y de la evolución del contexto internacional. Si alguna de esas variables se deteriora, el margen de maniobra se reduce rápidamente. El shock energético global, en ese sentido, es un recordatorio de la vulnerabilidad estructural.

El “setentismo energético” que asoma no implica una repetición mecánica del pasado. Pero sí ofrece un paralelismo interesante: la energía vuelve a ser el factor que (des)ordena la economía y la geopolítica. Con una diferencia crucial: esta vez, la Argentina no está condenada a ser un actor pasivo. Tiene recursos, capacidades y una oportunidad histórica.

La pregunta es si será capaz de aprovecharla. Porque, como enseña la experiencia, no alcanza con tener petróleo. Hace falta algo más difícil: recuperar la confianza mediante la consistencia, visión de largo plazo y la decisión de integrarse inteligentemente al mundo. Esta vez buscando priorizar la consistencia institucional sobre el egoísmo partidario. En esa encrucijada se juega buena parte del destino económico argentino.