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En las últimas semanas, la conversación pública global volvió a posar su atención sobre una pregunta tan antigua como inquietante: hasta dónde debería llegar la intervención humana sobre el origen de la vida.

En ese contexto, un artículo reciente en el diario El Mundo de España, entre otros, generó atención internacional al describir cómo figuras vinculadas a Silicon Valley y startups biotecnológicas exploran el uso de tecnologías reproductivas y genéticas no solo para prevenir enfermedades, sino para clasificar embriones según potenciales rasgos cognitivos o conductuales, llegando a propuestas que recuerdan el imaginario distópico planteado en la película Gattaca (1997), donde la sociedad discrimina según el ADN desde antes del nacimiento.

Fuente: ShutterstockART STOCK CREATIVE

Esa discusión, sin embargo, suele mezclar planos muy distintos. Y esa confusión importa, sobre todo cuando se habla de genética antes del embarazo: no se trata de un recurso para “corregir” problemas de fertilidad ni de una práctica reservada a quienes atraviesan tratamientos reproductivos, sino de una herramienta de prevención médica que puede interesar a parejas sin dificultades para concebir, que simplemente quieren conocer riesgos hereditarios antes de buscar un embarazo.

El artículo, titulado “Silicon Valley quiere editar al bebé ‘perfecto’: que no pueda enfermar, obediente, superdotado y que quiera vivir en Marte”, cita empresas que ofrecen puntuaciones de riesgo para múltiples enfermedades y hasta predicciones vagas sobre capacidades intelectuales, en un terreno que la comunidad científica considera aún sin evidencia sólida.

La nota advierte que, “por unos cuantos miles de euros, estas start-ups ofrecen a los padres tablas y gráficos que clasifican sus embriones por coeficiente intelectual, y sus probabilidades de desarrollar esquizofrenia, ansiedad, TDAH, trastorno bipolar, insomnio, depresión, alcoholismo, o incluso de quedarse calvos”, ilustrando hasta qué punto algunas promesas tecnológicas han escalado en su ambición. Pero, como advierten los propios expertos, “hay muy pocas evidencias…, hasta la fecha, no se ha publicado ninguna investigación clínica que evalúe de forma exhaustiva la eficacia de esta estrategia”.

Prevención médica y optimización humana: una frontera necesaria

La selección de individuos según criterios considerados “deseables” no es un invento contemporáneo. La leyenda cuenta que en la Esparta antigua los recién nacidos que no reunían condiciones físicas para la guerra eran descartados. En distintos períodos históricos, sociedades muy diversas justificaron prácticas de exclusión, esterilización o eliminación en nombre de una supuesta mejora colectiva. La ciencia moderna, lejos de borrar esos dilemas, los volvió más complejos.

Por eso resulta indispensable trazar una distinción que suele diluirse en la conversación pública: no es lo mismo prevención médica que optimización humana. No es lo mismo reducir el riesgo de transmitir una enfermedad grave que pretender diseñar trayectorias vitales, talentos o destinos.

La genética preventiva busca anticiparse al sufrimiento evitable. Su objetivo no es crear individuos superiores, sino disminuir la carga de enfermedades que generan dolor, discapacidad o muerte temprana. Esa lógica se apoya en evidencia clínica, en consensos científicos y en marcos éticos construidos colectivamente.

Genética preventiva previa al embarazo, nuestro foco

En ese marco se inscribe la genética preventiva previa al embarazo. Conocer si dos personas comparten una misma alteración genética recesiva no determina quién será ese hijo o hija, ni cómo vivirá su vida. Permite, simplemente, tomar decisiones informadas para reducir la probabilidad de enfermedades hereditarias graves. Es una diferencia sustancial.

Esa diferencia es la que explica por qué la genética preventiva ocupa hoy un lugar específico dentro de la medicina reproductiva.

Desde el punto de vista clínico, el punto de partida es menos excepcional de lo que suele creerse. Se estima que alrededor del 82% de la población mundial es portadora sana de al menos una alteración genética recesiva. Esto significa que la gran mayoría de las personas convive con variantes genéticas que no afectan su salud, pero que pueden dar lugar a enfermedades hereditarias graves si coinciden en una pareja. El problema no es individual ni visible: emerge recién cuando dos portadores del mismo gen alterado deciden tener un hijo, y el riesgo de transmisión se vuelve concreto.

El Carrier Screening —o estudio de portadores— permite identificar precisamente esas coincidencias. Se trata de un análisis genético que detecta si una persona es portadora sana de alteraciones asociadas a enfermedades hereditarias recesivas, muchas de ellas poco frecuentes pero de alto impacto clínico. Se realiza antes del embarazo y puede indicarse también en parejas sin diagnósticos de infertilidad ni antecedentes familiares, como parte de una estrategia preventiva. Al hacerse con anticipación, amplía el margen de decisión médica y reproductiva, sin intervenir sobre embriones ni anticipar rasgos futuros, y con un único objetivo: reducir la probabilidad de enfermedades graves que generan sufrimiento evitable.

Pre-Family: familias sanas, no perfectas

Sobre esta base se estructura Pre-Family, la unidad de genética preventiva previa al embarazo que desarrollamos en Procrearte, pensada para quienes desean planificar con información genética aún cuando no estén atravesando tratamientos de fertilidad.

El acceso es simple y ordenado: una consulta inicial de asesoramiento médico, la realización del estudio genético mediante una muestra mínima, el análisis clínico de los resultados por profesionales especializados y, finalmente, el acompañamiento personalizado para interpretar esa información y tomar decisiones informadas. No hay promesas de control total ni de resultados garantizados, sino un proceso médico que prioriza comprensión, cuidado y responsabilidad.

Hablar de familias sanas no es hablar de familias perfectas. La salud no elimina la incertidumbre ni garantiza destinos. Ningún mapa genético puede anticipar los avatares de la vida, las circunstancias, las elecciones personales o el entorno social. Como recordaba Ortega y Gasset, el ser humano es él y sus circunstancias, una ecuación imposible de diseñar desde un laboratorio.

La medicina no puede ni debe ocupar el lugar de un dios que escribe biografías. Su rol es mucho más humilde y, a la vez, más exigente: cuidar, acompañar, prevenir cuando es posible y respetar límites cuando no lo es.

Una mirada construida desde la práctica médica

Desde esa convicción trabajamos en Procrearte desde hace más de dos décadas. Nuestra mirada ética no nace al calor de esta discusión coyuntural, sino que se fue construyendo en la práctica diaria, frente a cada avance tecnológico, a cada nueva técnica y a cada decisión clínica que involucra proyectos de vida reales.

El desafío que plantean las nuevas tecnologías no es menor. Exigen debate público, regulación inteligente y compromiso ético sostenido. Pero también exigen evitar simplificaciones peligrosas. Confundir prevención con manipulación no ayuda a proteger a nadie.

La verdadera responsabilidad no está en prometer futuros diseñados, sino en acompañar decisiones informadas en un mundo inevitablemente incierto. Y también en dejar en claro que la prevención genética antes de concebir no se limita a quienes buscan un embarazo mediante tratamientos: puede ser una instancia de cuidado para parejas que conciben de forma espontánea y quieren reducir riesgos hereditarios graves.