

Las estafas financieras se construyen sobre una capacidad humana central: crear historias que nos resultan emocionalmente creíbles. La mente organiza la realidad a través de narrativas que dan sentido, sostienen expectativas y ordenan el deseo. En el terreno del dinero, estas historias influyen de manera directa en cómo interpretamos oportunidades, vínculos y promesas.
El autoengaño cumple un rol clave en este proceso. Permite sostener una historia que conecta con necesidades profundas como el reconocimiento, la pertenencia y la validación.
Cuando una propuesta activa estas emociones, la mente la integra con facilidad. Aparece entonces la proyección: colocamos en el Otro aquello que deseamos para nosotros. Ser elegidos, ser vistos, ser especiales. La historia se vuelve verosímil porque encaja con la identidad y el momento vital de quien la construye.
Las estafas que involucran supuestos actores famosos, celebridades o figuras admiradas siguen esta lógica. La promesa de cercanía, intimidad o encuentro se construye de manera progresiva, a través de mensajes constantes y una narrativa personalizada. Este mecanismo se vincula con la metodología Ponzi, donde primero se consolida la confianza y luego aparece el pedido de dinero. El retorno esperado no es solo material, también es simbólico: afecto, reconocimiento, pertenencia.
Desde la psicología económica se observa cómo las emociones intensas reorganizan la toma de decisiones. La urgencia, el secreto y la sensación de oportunidad única generan un estado mental en el que la historia construida adquiere prioridad. La transferencia de dinero pasa a formar parte de esa narrativa y se vive como un paso necesario para sostenerla.
En el amor y en el dinero, las historias que prometen intensidad inmediata y recompensas emocionales desproporcionadas suelen apoyarse en el deseo antes que en la realidad.
Existen señales psicológicas que ayudan a reducir el riesgo de caer en estos engaños. El ritmo es una de ellas. Los vínculos reales, como los procesos financieros saludables, se construyen con tiempo. Cuando la intimidad se acelera y el compromiso aparece de manera prematura, el deseo suele estar guiando más que la evaluación consciente.
El aislamiento es otra señal relevante. Las historias que necesitan mantenerse en secreto, que generan incomodidad al ser compartidas o temor a ser cuestionadas, suelen apoyarse en el autoengaño. Hablar con otros introduce realidad y reduce la fuerza de la fantasía.
También resulta clave observar qué se está poniendo en juego emocionalmente. Cuando la promesa principal es el afecto o la validación, el dinero deja de ser el centro y pasa a ser un medio.

El ejemplo de la persona que transfiere dinero a un supuesto Brad Pitt lo ilustra con claridad. La transferencia no se realiza para pagar un pasaje, sino para sostener la fantasía de un vínculo extraordinario. El dinero se convierte en el precio emocional de seguir creyendo.
Comprender estas dinámicas fortalece la salud financiera. En el amor y en el dinero, las historias que prometen intensidad inmediata y recompensas emocionales desproporcionadas suelen apoyarse en el deseo antes que en la realidad.
Reconocerlo permite tomar decisiones más conscientes y construir una relación más saludable con el dinero y con los vínculos que elegimos sostener.




