La extrema y violenta iracundia del presidente Milei en las últimas horas, con renovados insultos y descalificaciones a quienes advierten que muchas de sus medidas asfixian cada vez más a la clase media y profundizan el descontento social según miden todas las encuestas; dejó en claro que el jefe de Estado no está dispuesto a modificar en lo más mínimo su plan de gobierno.
Se mantendrá la rienda corta en materia cambiaria, monetaria y fiscal, al punto de intervenir sin dobleces para seguir retirando pesos del mercado, que las tasas de interés sean positivas, el tipo de cambio siga atrasado contra la inflación, y los impuestos, tal como están, traten de garantizar un elevado superávit fiscal. Doblar la apuesta y, si es necesario, girar todavía más a la derecha.
Un programa justificado en el dogma que relata que con el tiempo la ortodoxia económica es la que va a traer los beneficios para la mayoría de los ciudadanos, las bondades del laissez-faire del mercado, y la convicción que corresponde no intervenir con el Estado en la economía, hacer lo correcto que supuestamente enseñan los libros en que se nutren las proclamas conservadoras del Gobierno.
No importa que en lo inmediato el resultado sea el sufrimiento para la mayoría de los argentinos que viven al día de su trabajo, o como puedan arreglarse. Ni siquiera se reconoce esa realidad. Es que, de hacerlo, se estaría en la obligación de reflexionar sobre si conviene o no realizar algunos ajustes al modelo. Aún peor, se ataca y denuncia como mentirosos o venales a quienes formulan objeciones. Como ha sido habitual en la historia argentina, ante la adversidad, la radicalización.

La idea homérica de aferrarse al mástil para no cambiar el rumbo ni escuchar los cantos de sirenas se defiende no solamente por el dogma ideológico y económico. Se lo presenta como el ejercicio de la moral como política de Estado. Claro que en este caso, como es habitual en la Argentina, esa moral es un poco selectiva. Porque es cierto y cabe aplaudir el hecho de no utilizar el dinero de los impuestos para distribuirlo en forma discrecional, para beneficiar a unos en contra de otros.
Es el argumento del Presidente y del equipo económico para desentenderse del drama de los endeudados con bancos y billeteras digitales. Pero esa doctrina no rige cuando, a escondidas, se intentan aprobar leyes para perdonar deudas del sector energético con el Estado; o cuando se mantiene el régimen impositivo en Tierra del Fuego; o cuando las exenciones de IVA e impuesto al cheque que se arbitran para sectores de privilegio no alcanzan a las cuotas de los créditos o las tarifas públicas; o cuando el RIGI levanta el cepo y exime o alivia gravámenes a un grupo de empresas y no a todas; ni hablar de los blanqueos de capitales o el nuevo régimen de blanqueo permanente con la inocencia fiscal; o el aumento del gasto público para financiar áreas supuestamente estratégicas en el mundo de la inteligencia y la comunicación.
Este cuadro de situación preocupa cada vez más al mundo económico porque el problema de todo esto es que el año que viene hay elecciones. De allí que trepa el riesgo país, se desploman las acciones argentinas en Wall Street, se frenan las inversiones en la mayoría de los sectores y el establishment ruega porque aparezca un outsider que garantice, en caso de que se manque la reelección de Javier Milei, la llegada de un proyecto político que no signifique el regreso al populismo y el estatismo que representa el peronismo tradicional o maquillado.
Se ha verificado no hace tanto tiempo que cuando los gobiernos se pasan de rosca con el ajuste y el dogma, su continuidad en el poder corre severos riesgos. Ocurrió en 2018/2019 con la fallida experiencia que le tocó atravesar al país por la derrota de Mauricio Macri contra el kirchnerismo disfrazado; y también las balas pasaron cerca en las elecciones parlamentarias del año pasado. De no haber existido el auxilio inédito del Tesoro de EE. UU., podría haber naufragado el modelo económico y político después del triunfo de Axel Kicillof en la contienda local de la provincia de Buenos Aires.
Un conocedor del ánimo en Wall Street, el economista Javier Timerman, lo explicaba la semana pasada por televisión haciendo referencia a los comentarios que se escuchan entre los bancos de inversión del exterior: “Aflojen muchachos, mejor que el superávit sea más bajo o que haya algo de déficit, y se asegure ganar las elecciones el año que viene”.
El recordado y lamentablemente fallecido Miguel Bein, amigo y confidente histórico de Nicolás Dujovne, se cansó de tratar de convencer al equipo económico de Macri sobre la importancia de ganar las elecciones, y no perder el tiempo en discutir, como si se estuviera en un aula universitaria, a ver quién tiene razón sobre las bondades o perjuicios de seguir ajustando con la ortodoxia monetaria y los impuestos. ¿Acaso el Presidente no se ha manifestado siempre como un admirador de Carlos Salvador Bilardo quien recomendaba ganar, como sea, pero ganar?

Naturalmente el relato del Gobierno y del equipo económico es que la actual política, al contrario de la opinión generalizada, es la que garantiza que Milei será reelecto. Se basan en el resultado de las últimas elecciones en octubre de 2025, cuando el oficialismo a nivel país logró casi 41% de los votos. Niegan que exista el descontento social que marcan las encuestas e insisten en que no cayó ni el salario ni el consumo ni el empleo.
Cualquier ajuste se lo demoniza como un “plan platita” que vendría a agravar el cuadro, volver a la inflación descontrolada y poner en riesgo el duro camino transitado. “Ganamos en primera vuelta, no me jodan más”, los increpaba Mauricio Macri a quienes antes de la debacle en las PASO en 2019 le advertían que la cuestión venía complicada. El actual armador político del empresario Jorge Brito, Emilio Monzó, puede dar testimonio de aquellos destratos del expresidente.
Ante la incertidumbre sobre lo que vendría en el país en caso de frustrase un segundo mandato de Milei, y sobre todo si también fracasara o fuera solo una ilusión la opción de outsiders moderados y la Argentina vuelve al estatismo, los impuestazos y el combate al capital; se repone una discusión en las mesas políticas y económicas sobre quién contribuye más a esa tragedia: ¿los que advierten sobre el problema y expresan objeciones para tratar de evitar que la experiencia Milei colapse, o los que aplauden al Presidente en los medios y los elegantes salones del Hotel Alvear como la semana pasada en el Consejo de las Américas, y luego en privado se manifiestan inquietos por lo que escuchan? ¿Quiénes serían entonces los responsables del eventual regreso al populismo, o a volver a convertir a la Argentina en Cuba, por tomar las expresiones extravagantes del Presidente?
Un debate tóxico y malintencionado que la dirigencia política ya parece haber acordado en defensa propia, casi como una cuestión de Estado. En esto coinciden todos: Cristina Kirchner, Mauricio Macri y también Javier Milei. Ellos y sus seguidores intentan convencer a la sociedad que sus desdichas no responden a los errores que cometen a la hora de gobernar, sino que los responsables del fracaso son aquellos que advierten con anticipación los problemas. Se quitan la responsabilidad de encima y señalan a los demás como los culpables: periodistas, economistas, encuestadores, cualquiera que no repita el relato oficial.








