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Lo que está ocurriendo en Medio Oriente ya no puede leerse como otro episodio de inestabilidad regional. La escala cambió. La disputa pasa por algo más decisivo: quién puede garantizar que el petróleo llegue. El corazón del conflicto está en los corredores. Ormuz mueve en condiciones normales cerca de 20 millones de barriles diarios, alrededor de una cuarta parte del comercio marítimo global de crudo y derivados. Si a eso se suma la presión sobre los corredores Bab el-Mandeb y el Mar Rojo, el problema deja de ser regional y se vuelve sistémico.

La novedad más inquietante es que esta crisis está mostrando, con una claridad brutal, que la guerra del siglo XXI es una guerra económica. Y que puede ser extraordinariamente eficiente para quien busca dañar. Tras los ataques de Estados Unidos e Israel contra Irán a fines de febrero, Teherán pasó a restringir de hecho el tránsito por Ormuz, aunque sin un cierre perfectamente hermético. Eso alcanza. No hace falta bloquear del todo una ruta crítica para provocar un shock global: basta con volver incierta la circulación. Basta con obligar a armadores, refinadores, aseguradoras y Estados a recalcular costos, tiempos y riesgos.

Esta crisis está mostrando, con una claridad brutal, que la guerra del siglo XXI es una guerra económica. Y que puede ser extraordinariamente eficiente para quien busca dañar.

Ahí está la verdadera economía del conflicto. Con medios relativamente baratos se puede infligir un daño económico enorme. No hace falta destruir masivamente infraestructura. Alcanza con hostigar corredores, encarecer seguros, alargar trayectos, forzar compras de emergencia y obligar al rival a defenderse con sistemas mucho más costosos que el ataque. La asimetría es el dato central. No hace falta romper todo; alcanza con trabar lo suficiente como para que todo se encarezca.

Eso es exactamente lo que hoy refleja el mercado. A la fecha, el Brent ronda los u$s 108,79 y el WTI los u$s 111,45, después de jornadas de volatilidad extrema en las que el WTI saltó hasta 11% y el Brent 8% en un solo día, sus mayores subas diarias desde 2020. No se trata de una suba sana, asociada a más crecimiento global. Es una prima geopolítica: el mercado no está pagando más por una economía que acelera, sino por un mundo que se volvió más frágil.

Desigual

Pero el shock no pega igual para todos. Arabia Saudita y Emiratos tienen más capacidad para amortiguarlo porque cuentan con rutas alternativas. El sistema East-West saudí puede mover hasta siete millones de barriles diarios hacia Yanbu, sobre el Mar Rojo, y alrededor de cinco millones podrían destinarse a exportación. Iraq, Kuwait y Qatar, mucho más dependientes de Ormuz, quedaron bastante más expuestos. En esta crisis no solo importa quién produce. Importa, sobre todo, quién puede sacar el crudo al mundo.

Ese punto obliga a entender algo clave: el problema ya no es solamente de oferta, sino de productividad logística. Aunque no desaparezcan todos los barriles, una ruta más larga, más cara y más riesgosa equivale a una energía estructuralmente más costosa. Y ese sobreprecio se derrama en toda la economía.

El problema ya no es solamente de oferta, sino de productividad logística. Aunque no desaparezcan todos los barriles, una ruta más larga, más cara y más riesgosa equivale a una energía estructuralmente más costosa.

El conflicto ya está golpeando con especial fuerza a los combustibles refinados, mientras Asia y Europa compiten agresivamente por crudo alternativo y elevan con fuerza las primas sobre barriles del Atlántico y de Estados Unidos. Cuando el mercado entra en modo urgencia, no solo paga más por el petróleo: paga mucho más por la certeza de conseguirlo.

OPEP+ reaccionó, pero casi en el terreno de lo simbólico. Acordó para mayo una suba de 206.000 barriles diarios, aunque la propia dinámica del conflicto vuelve incierta la capacidad real de traducir esa decisión en más exportaciones efectivas. La producción de la OPEP cayó en marzo a 21,57 millones de barriles diarios, 7,3 millones menos que en febrero. La oferta adicional existe en el papel. El problema está en los corredores.

El costo de la Guerra

La cuestión de fondo, entonces, no es si estamos frente a una guerra cara. Todas las guerras lo son. La pregunta es otra: si estamos entrando en una etapa en la que la forma más rentable de infligir daño consiste en usar instrumentos relativamente baratos para obligar al rival a gastar más, proteger más y operar peor. Si eso es así, la guerra deja de medirse solo en territorio o en bajas. También se mide en inflación, márgenes, déficit, primas de riesgo y deterioro de confianza.

La pregunta es otra: si estamos entrando en una etapa en la que la forma más rentable de infligir daño consiste en usar instrumentos relativamente baratos para obligar al rival a gastar más, proteger más y operar peor.

Desde la Argentina conviene mirar esto sin ingenuidad. Un barril más alto puede mejorar expectativas para exportadores energéticos y darle algo de aire a ciertos activos del sector. Pero sería un error importante confundir ese alivio micro con una mejora macro.

Un petróleo alto por conflicto endurece el contexto financiero, complica la desinflación global y eleva la vulnerabilidad de los países que dependen del financiamiento. Para nosotros, eso importa tanto como el precio del barril.

Lo que esta crisis está dejando expuesto es algo incómodo para el orden global: hoy se puede estrangular parte de la economía mundial sin destruirla por completo. No hace falta cerrar un estrecho de manera perfecta. Alcanza con sembrar suficiente incertidumbre como para que mover el mundo se vuelva más caro, más lento y más riesgoso. Y cuando eso pasa, la factura nunca queda solo en Medio Oriente. La termina pagando el resto del mundo.