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La economía argentina recibió una noticia de fondo cuya relevancia trasciende la coyuntura. Los términos de intercambio, es decir, la relación entre lo que el país cobra por lo que vende al exterior y lo que paga por lo que compra, alcanzaron su mejor nivel desde 1948. Se trata de un dato con casi ocho décadas de historia detrás, que refleja una situación excepcionalmente favorable para las cuentas externas. Cuando esa relación mejora, el país necesita exportar menos para financiar la misma cantidad de importaciones, lo que equivale a una transferencia de ingresos desde el resto del mundo hacia la economía local.

Los números que explican ese récord son elocuentes. En junio, el índice de precios de las exportaciones subió un 13,7% en la comparación interanual, mientras que el de las importaciones lo hizo apenas un 8,2%. La brecha entre ambos movimientos derivó en una mejora del 5% en los términos de intercambio. Y esa ganancia de precios no vino sola, ya que las cantidades exportadas crecieron un 15,1%, en tanto que las importadas se contrajeron un 8,3%. La combinación resulta ideal, porque el país vende más volumen a mejores precios y compra menos pagando valores que suben con menor intensidad.

El resultado de esa dinámica se tradujo en un superávit comercial de u$s 8.357 millones en el mes, con exportaciones que treparon un 30,9% interanual e importaciones que retrocedieron un 0,8%. El principal impulsor fue el complejo de combustibles y energía, que ya representa el 17,3% de las ventas externas totales, cinco puntos porcentuales más que un año atrás. Dentro de ese rubro, los precios avanzaron un 38,5% y las cantidades un 33,9%, en un contexto de fuerte suba del precio internacional del crudo. La energía se consolida así como el gran motor de la transformación del perfil exportador argentino.

Minería y energía, los motores del cambio exportador

La minería completó el cuadro con un desempeño igualmente contundente. Entre enero y junio, las exportaciones del sector sumaron u$s 4.742 millones, un máximo histórico para ese período, con un crecimiento del 74,4% respecto de la primera mitad de 2025 y una cifra que más que duplica el promedio de los últimos quince años. El litio fue la estrella, con ventas que se dispararon un 185% interanual, seguido por los minerales metalíferos, donde el oro y la plata crecieron un 51% y un 88% respectivamente. Entre los destinos que más traccionaron la demanda aparecen China, Corea del Sur, Canadá y los Estados Unidos, todos con incrementos muy pronunciados.

El sector del turismo, en cambio, siguió mostrando su costado deficitario, aunque con matices que conviene señalar. En junio, la salida de argentinos al exterior cayó un 22% interanual, la mayor baja desde la pandemia, mientras que el ingreso de visitantes por vía aérea creció un 13,2%. Aun así, la cuenta sigue siendo desfavorable, ya que en el segundo trimestre el turismo receptivo aportó u$s 608,8 millones frente a los u$s 1.360,7 millones que demandó el emisivo, lo que arrojó un rojo cercano a los u$s 752 millones. En el acumulado del semestre, la diferencia entre los turistas que ingresaron y los residentes que salieron del país se achicó de manera notable respecto del año anterior, lo que sugiere que la brecha turística, si bien persiste, comienza a moderarse.

El otro lado de la moneda: crédito y tensión financiera global

No todo fueron buenas noticias, sin embargo, y el frente del crédito volvió a encender una señal de alarma. El nivel de irregularidad en el pago de las financiaciones al sector privado ascendió al 7,7% en mayo, cuatro décimas por encima del mes previo y más de cinco puntos por encima de un año atrás. El deterioro se concentró, una vez más, en los préstamos a las familias, cuya morosidad trepó al 12,8%, el registro más elevado en más de dos décadas. Ese dato confirma que el endeudamiento de los hogares, golpeado por la caída del ingreso disponible y las altas tasas, sigue siendo uno de los puntos más frágiles del esquema económico.

El contexto internacional, por su parte, aportó la mayor cuota de tensión. La Reserva Federal de los Estados Unidos decidió mantener su tasa de referencia sin cambios por quinta reunión consecutiva, pero lo hizo con una votación dividida de nueve contra tres y un tono más duro de lo que anticipaba el mercado, lo que reforzó las apuestas a una suba en septiembre. La reacción de los inversores fue inmediata y adversa. Las principales bolsas estadounidenses cerraron con caídas, y los rendimientos de los bonos del Tesoro a largo plazo se dispararon, con el papel a diez años trepando al 4,67% y el de treinta años superando el 5,20%. Un endurecimiento de las condiciones financieras globales encarece el fondeo para las economías emergentes y le pone un piso a la baja del riesgo país argentino.

En cuanto a las reservas, el Banco Central cerró la semana pasada con u$s 47.596 millones de reservas brutas, lo que implicó una disminución de u$s 1.587 millones respecto de la semana anterior. Esa caída, de todos modos, no responde a una pérdida de divisas por intervención, sino a la reducción de encajes que suele producirse en la última jornada de cada mes, un movimiento técnico y estacional que no altera la tendencia de acumulación que la autoridad monetaria viene sosteniendo a lo largo del año.

El balance deja un contraste que resume bien el momento de la economía argentina. Por un lado, un sector externo excepcionalmente favorecido, con los mejores términos de intercambio en casi ochenta años, una energía y una minería que baten récords y un superávit comercial robusto. Por el otro, un frente financiero que volvió a tensarse por el giro más restrictivo de la Reserva Federal y una morosidad de las familias que no deja de crecer. La fortaleza exportadora le brinda al país un respaldo valioso para transitar un segundo semestre cargado de sensibilidad electoral. La incógnita, como tantas veces, proviene de un mundo que se volvió menos amigable y de una economía interna que todavía no logra que esa bonanza externa se traduzca en alivio para los bolsillos.