En esta noticia

Las recientes declaraciones de Howard Lutnick, secretario de Comercio de los Estados Unidos, en el Foro de Davos, reabrieron un debate central de nuestro tiempo: ¿fracasó la globalización en Occidente?

Para Lutnick, la respuesta es afirmativa. Según su diagnóstico, el proceso de apertura comercial y deslocalización productiva dejó a la industria y a los trabajadores norteamericanos en desventaja, vaciando la base productiva del país y debilitando su cohesión económica y social.

El planteo tiene un fuerte atractivo político y conecta con un sentimiento real de malestar social en amplias capas de la sociedad estadounidense. Sin embargo, vale la pena detenerse en una distinción clave: lo que fracasó no fue la globalización en sí misma, sino el modo en que Estados Unidos la diseñó, la interpretó y la ejecutó. Y esa diferencia no es menor, porque define las lecciones que hoy deberían extraer tanto Estados Unidos como el resto del mundo.

La globalización no fue un accidente

Nada de lo que ocurrió en las últimas cuatro décadas fue involuntario. Estados Unidos no fue una víctima pasiva de la globalización: fue su principal arquitecto, promotor y beneficiario inicial. A partir de los años ochenta y noventa, se consolidó un paradigma según el cual resultaba económicamente óptimo relocalizar la producción industrial en países de menores costos laborales, mientras las economías avanzadas se concentraban en las finanzas, los servicios, la innovación y la gestión del capital.

Estados Unidos no fue una víctima pasiva de la globalización: fue su principal arquitecto, promotor y beneficiario inicial. (Fuente: Archivo)
Estados Unidos no fue una víctima pasiva de la globalización: fue su principal arquitecto, promotor y beneficiario inicial. (Fuente: Archivo)

Desde una lógica estrictamente financiera, la ecuación parecía impecable. Las empresas estadounidenses reducían costos, mejoraban márgenes y aumentaban su rentabilidad. El consumo interno se sostenía con bienes más baratos importados y la inflacion de las mas bajas de la historia . El déficit comercial se financiaba sin grandes sobresaltos gracias a un sistema único en la historia: la capacidad de emitir deuda en la moneda de reserva global, comprada masivamente por los mismos países que producían esos bienes.

China, el sudeste asiático y otras economías emergentes no solo fabricaban para Estados Unidos: financiaban ese modelo comprando bonos del Tesoro, cerrando un círculo que parecía virtuoso e infinito. A esto se sumaba el señoreaje internacional del dólar, que permitía a Estados Unidos sostener déficits prolongados sin enfrentar las restricciones clásicas de cualquier otra economía.

El error conceptual: subestimar la industria como capital estratégico

El problema de fondo no fue la apertura comercial, sino la subestimación del valor estratégico de la industria. Se asumió que producir bienes era una actividad casi indiferente desde el punto de vista del desarrollo nacional, algo que podía tercerizarse sin consecuencias estructurales.

Esa idea ignoró una verdad fundamental de la economía política: la riqueza de los países no reside solo en el capital financiero, sino en el conocimiento productivo acumulado en su sociedad.

Las capacidades industriales no son fácilmente recuperables una vez que se pierden. No se trata solo de fábricas, sino de saberes, rutinas, proveedores, ingenieros, técnicos, cadenas de valor y culturas productivas.

Al deslocalizar masivamente su industria, Estados Unidos no solo exportó empleo, exportó aprendizaje.

Los países receptores de esa producción —particularmente en Asia— no se limitaron a ensamblar bienes. Aprendieron, escalaron, innovaron y, con el tiempo, pasaron de producir barato a producir mejor.

El resultado está a la vista: hoy lideran sectores estratégicos como electrónica, acero, baterías, energías renovables y, cada vez más, tecnología avanzada.

De la economía a la geopolítica

Aquí aparece una segunda dimensión que el paradigma original también subestimó: la geopolítica. La industria no es solo una cuestión económica; es una fuente directa de poder. Quien controla la producción de bienes críticos controla también las cadenas de suministro, la tecnología y, en última instancia, la capacidad de influencia internacional.

Al permitir que otros países concentraran la producción industrial y tecnológica, Estados Unidos cedió grados crecientes de poder geopolítico.

Dependencia de insumos estratégicos, vulnerabilidad ante interrupciones logísticas y pérdida de autonomía en sectores sensibles son hoy problemas centrales de la agenda estadounidense.

Por eso, cuando Lutnick afirma que la globalización fracasó, en realidad está describiendo el fracaso de una forma de ver el comercio internacional ,que es el resultado lógico de un diseño que privilegió la eficiencia financiera de corto plazo sobre la resiliencia productiva y estratégica de largo plazo.

Liberalismo ingenuo y comercio como garante de paz

Este debate no es nuevo. Durante décadas se sostuvo que el comercio internacional no solo generaría prosperidad, sino que también reduciría los conflictos y conduciría a un mundo más pacífico. La idea de que los países que comercian intensamente no se enfrentan militarmente fue uno de los supuestos centrales del orden liberal posterior a la Guerra Fría.

Al permitir que otros países concentraran la producción industrial y tecnológica, Estados Unidos cedió grados crecientes de poder geopolítico. (Fuente: Archivo)
Al permitir que otros países concentraran la producción industrial y tecnológica, Estados Unidos cedió grados crecientes de poder geopolítico. (Fuente: Archivo)Maxx-Studio

Sin embargo, como advierten historiadores económicos y analistas geopolíticos como Niall Ferguson, la historia muestra exactamente lo contrario: el mundo nunca deja de estar atravesado por tensiones de poder. El comercio puede modificar las formas del conflicto, pero no lo elimina.

Pretender que los mercados, por sí solos, armonizan intereses nacionales divergentes es una forma de ingenuidad estratégica.

sumir que la apertura irrestricta y el libre comercio resolverán automáticamente los problemas estructurales. La experiencia estadounidense muestra que la apertura sin estrategia puede generar crecimiento financiero, pero también desindustrialización y fragilidad social.

El fin del Consenso de Washington

Lo que estamos presenciando hoy no es un rechazo al comercio internacional, sino el final de un paradigma: el del llamado Washington Consensus.

Ese marco promovía liberalización, desregulación y apertura como recetas universales, sin distinguir contextos nacionales ni considerar la dimensión productiva y geopolítica.

Estados Unidos, paradójicamente, es hoy uno de los países que más explícitamente se aleja de ese consenso. Políticas de reindustrialización, subsidios estratégicos, incentivos a la producción local y defensa de sectores críticos forman parte del nuevo enfoque. No es proteccionismo clásico, sino industrialismo estratégico.

Una lección para el mundo

Por eso, más que hablar de un fracaso de la globalización, sería más preciso hablar de un error de diseño. Estados Unidos diseñó una globalización funcional a su supremacía financiera, pero descuidó su base productiva. Hoy paga los costos y, al mismo tiempo, intenta corregir el rumbo.

Este giro tiene implicancias profundas para todos los países. El mensaje implícito es claro: no hay desarrollo sostenible sin industria, y no hay soberanía real sin capacidades productivas propias. El comercio es una herramienta, no un fin en sí mismo. Los mercados asignan recursos, pero no definen estrategias nacionales.

Las palabras de Howard Lutnick no marcan el fin de la globalización, sino el despertar tardío de su principal arquitecto.

El desafío hacia adelante no es cerrar economías ni negar el comercio, sino integrarlo dentro de una visión estratégica de país, donde la producción, el conocimiento y la geopolítica vuelvan a ocupar un lugar central.

Para Estados Unidos, es una corrección histórica. Para otros países, es una advertencia: la ausencia de un proyecto productivo propio puede conducir a un callejón sin salida. La globalización no fracasó; fracasó la idea de que podía funcionar sin Estado, sin industria y sin estrategia.