Un fin de semana repleto de TACOs y CONTRATACOs a la luz de una guerra que pareciera no querer culminar y un estrecho de Ormuz, por donde transita el 20% del comercio del petróleo, ha sido capturado como rehén. El único catalizador relevante sigue siendo el precio del petróleo y agarra a los cuatro índices norteamericanos bordeando niveles de sobreventa cercanos a 30 o menor de cara a la apertura del lunes.
En este contexto, se profundiza un escenario que el mercado ya venía incorporando desde el inicio del conflicto bélico del 28 de febrero de 2026. Una parte significativa de Wall Street llegó a este episodio con posiciones compradas en oro bajo la presunción de que funcionaría como cobertura, sin embargo, no es la primera vez que este activo decepciona en episodios de estrés.
El oro no constituye un hedge en sentido estricto, sino una posición que depende críticamente de un entorno de licuación del dólar y descenso en tasas de interés, esto último es esencial: el oro suele rendir positivamente en contextos de tasas bajando. En este sentido, su comportamiento se asemeja más a una posición larga en T-Bills que a un activo de cobertura tradicional.
La dinámica reciente lo confirma: los metales preciosos sufrieron un castigo significativo tras una Reserva Federal que encima en el FOMC del pasado miércoles adoptó un tono más hawkish (restrictivo) de lo esperado, sorprendiendo al mercado y por lo tanto, rompiéndolo.
La tasa a dos años se viene incrementando con fuerza y el mercado de futuros ya no descuenta recortes en la tasa de referencia: de tres recortes descontados antes del inicio de la guerra estamos ahora en “cero”. Desde que comenzó la guerra la tasa de 2 años de Estados Unidos subió 43 puntos básicos, lo cual constituye un movimiento muy relevante.

En ese mismo lapso, el oro retrocedió 13%, la plata 24% y las mineras de oro 28%. Casi todos los activos de riesgo fueron severamente castigados. El SPY de Estados Unidos retrocedió 6%, el EWZ de Brasil 11%, el EPU de Perú 20%, por citar algunas de todas las cosas que se rompieron ante la estrepitosa suba de un petróleo que desde el inicio de la guerra está 50% arriba, ejerciendo una formidable presión ascendente sobre las tasas de interés, en especial, las cortas ante un mercado que carga una renovada prima inflacionaria fruto de la suba del petróleo.
Dado que los metales funcionan como “monedas” con carry negativo, al implicar costos de almacenamiento, su principal vulnerabilidad emerge precisamente en contextos de suba de tasas de interés. Este fenómeno vuelve a poner en evidencia un error conceptual frecuente, especialmente entre inversores no profesionales: considerar al oro como cobertura frente a escenarios adversos sin distinguir la naturaleza del shock. Cuando el shock deriva en inflación y suba de tasas, el oro amplifica pérdidas.
En paralelo, el conflicto geopolítico se extiende más de lo anticipado, manteniendo al mercado en una zona de alta incertidumbre. La ausencia de definiciones concretas actúa como un factor negativo adicional, particularmente mientras el estrecho de Ormuz permanece cerrado, sosteniendo la presión alcista sobre el petróleo. Este shock energético, combinado con una Reserva Federal más restrictiva, está tensionando fuertemente la curva de tasas, especialmente en su tramo corto.

El resultado es un marcado deterioro del sentimiento global, algo habitual en episodios de esta naturaleza. Los mercados tienden a extrapolar condiciones presentes como permanentes, sobre reaccionando tanto en fases de euforia como de pesimismo. Este patrón se observó recientemente en episodios inflacionarios vinculados a tarifas y también durante la pandemia.
Desde una perspectiva estratégica, es razonable anticipar que esta dinámica de precios no será persistente. La magnitud del ajuste sugiere que el mercado podría estar sobre reaccionando, generando condiciones propicias para una recomposición de precios en múltiples clases de activos, incluyendo equity estadounidense, mercados emergentes, monedas y criptomonedas.
En este contexto, la estrategia dominante implicaría sostener posiciones y tolerar volatilidad. Sin embargo, no puede descartarse la continuidad de episodios de debilidad, pero el nivel de sobreventa incrementa la probabilidad de un rebote técnico relevante.
Históricamente, marzo ha sido un mes asociado a correcciones, lo cual refuerza la idea de que parte del ajuste responde a patrones estacionales más que a cambios estructurales.
Finalmente, el componente político introduce un factor adicional: la necesidad de resolución rápida del conflicto actúa como incentivo creciente para acelerar definiciones que permitan normalizar las condiciones de mercado.





