

Argentina alcanzó algo que hace pocos meses parecía impensado: acumular reservas, estabilizar el tipo de cambio y sostener tasas relativamente ordenadas en medio de un escenario internacional complejo, con el petróleo cerca de los u$s 100, tensiones geopolíticas y tasas globales todavía elevadas.
Las reservas brutas cerraron en u$s 42.052 millones al 31 de marzo, con una mejora interanual superior a los u$s 17.000 millones. Además, el Banco Central ya compró más de u$s 7600 millones hasta mediados de mayo, es decir, tres cuartos del piso previsto para todo 2026.
En los papeles, la macroeconomía empezó a mostrar señales de alivio. El EMAE confirmó esa tendencia: la actividad económica creció 5,5% interanual en marzo y 3,5% respecto del mes anterior, luego de febrero, que había sido el peor mes del año con una caída de 2,7%. En lo que va de 2026, la economía acumula un crecimiento de 1,7%.
Pero la economía real funciona distinto. La confianza no se construye únicamente con balances del Banco Central ni con indicadores técnicos. Las empresas siguen postergando inversiones, las familias continúan dolarizando excedentes y buena parte del mercado todavía opera con lógica defensiva: cobertura, liquidez y corto plazo. No por falta de dólares, sino por sobra de memoria.
La última licitación de mayo volvió a dejarlo en evidencia. El Tesoro liberó pesos con un rollover de 96%, la inflación de abril bajó a 2,6% y los nuevos bonos duales fueron la gran apuesta del mercado. Los bancos buscaron cobertura TAMAR y los ahorristas siguieron refugiándose en el dólar. La lógica sigue siendo la misma: protegerse antes que arriesgar.

Argentina tiene una particularidad que pesa más que cualquier plan económico: las crisis dejan marcas culturales. Por eso, incluso cuando los números mejoran, el comportamiento no cambia automáticamente.
La desaceleración inflacionaria también refleja esa fragilidad. Abril cerró con una inflación mensual de 2,6% y el acumulado anual ya alcanza el 12,3%. El REM proyecta una baja progresiva hacia 30,5% para diciembre de 2026, 19,9% en 2027 y 13,3% en 2028. La tendencia es positiva, pero todavía convive con ajustes tarifarios, aumentos en alimentos y correcciones de precios relativos que sostienen la sensación de inestabilidad cotidiana.
El mercado reconoce una mejora técnica, pero todavía no termina de creer en un cambio estructural.
Esa dualidad también aparece en la actividad económica. El PBI creció en promedio 4,4% durante 2025, aunque el primer trimestre de 2026 ya muestra una desaceleración vinculada a la reversión del efecto agro. El mercado laboral tampoco termina de consolidarse: el desempleo llegó a 7,5% en el cuarto trimestre de 2025, con caída del empleo asalariado y avance del trabajo no registrado o independiente.
Ahí aparece el punto central: estabilidad no es lo mismo que confianza.
Con reservas, disciplina fiscal y control monetario se puede sostener cierta estabilidad durante un tiempo. Pero la confianza requiere algo mucho más difícil de construir: previsibilidad. Reglas claras. Horizonte. Capacidad política para sostener un rumbo incluso bajo presión económica y social.
Los indicadores de percepción empiezan a reflejar ese desgaste. El Índice de Confianza en el Gobierno de la Universidad Torcuato Di Tella cayó a 2,02 puntos en abril de 2026, una baja de 12,1% respecto de marzo y el nivel más bajo desde el inicio de la gestión de Javier Milei. Ya son cuatro meses consecutivos de retroceso.
Porque nadie invierte a largo plazo solamente porque el dólar estuvo quieto durante algunos meses. Se invierte cuando existe la percepción de que las condiciones van a seguir vigentes dentro de tres, cinco o diez años.
Ese sigue siendo el verdadero desafío argentino: no solo estabilizar variables financieras, sino transformar una calma transitoria en credibilidad permanente.
Dólares pueden aparecer. La confianza, en cambio, tarda mucho más en reconstruirse.


