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En Venezuela se está formando una nueva criatura. Todavía no tiene nombre, pero bien podría llamarse neochavismo. Al frente están las dos personas que conducen la transición tutelada por Estados Unidos desde el 3 de enero, cuando cayó Nicolás Maduro: Delcy Rodríguez, que asumió como presidenta encargada por haber sido vicepresidenta, y su hermano Jorge, presidente de la Asamblea Nacional.

Funcionan en tándem desde hace años. Fueron los aliados más leales de Chávez primero y de Maduro después, siempre listos para defender incluso lo indefendible. Pero, a diferencia de otros chavistas como Diosdado Cabello, tienen la versatilidad para hablar con interlocutores externos y presentarse como funcionarios pragmáticos, de buenos modales.

Durante meses propusieron —con José Luis Rodríguez Zapatero como puente— una salida negociada a la ofensiva estadounidense que se activó con el despliegue militar de septiembre de 2025 en el Caribe. La fórmula era simple: entregar a Maduro, pero preservar al resto del régimen, reformándolo lo suficiente como para volverlo tolerable para Washington.

Nicolás Maduro siendo trasladado a la DEA
Nicolás Maduro siendo trasladado a la DEA

Los últimos 40 días sugieren que esa negociación dio frutos. De ahí la satisfacción que exhibe Donald Trump, que esta semana llegó a decir que “las relaciones con Venezuela son extraordinarias” desde que Delcy está a cargo. Pero los Rodríguez saben que esto no puede durar. Cada día que pasa se debilitan las dos maquinarias que sostuvieron al régimen durante 27 años: la represión y el clientelismo. Y no solo lo perciben ellos. También lo perciben los inversores, que no van a poner los millones que requiere la industria petrolera sin garantías de estabilidad a largo plazo.

Una dictadura sin palos ni zanahorias

La población empieza a perder el miedo. Siente que el régimen está atado de manos y que reprimir ya no es una decisión doméstica, sino un riesgo frente a Estados Unidos. Sin una refundación que le dé legitimidad al gobierno, la estabilización política —la fase 1 del plan que impulsa Marco Rubio— queda colgando de un hilo.

Por eso los Rodríguez buscan encarnar un proyecto que no renuncie al legado de Chávez —todavía valorado por una parte de la Venezuela pobre— pero sí al rostro de Maduro y Cabello. Jorge se puso esa tarea al hombro. El fin de semana le dio una entrevista a Newsmax, la primera en años de un referente del régimen en un medio estadounidense. Descartó elecciones en el corto plazo, pero admitió que habrá que convocarlas tarde o temprano. Su objetivo es estirar los tiempos para llegar con una oferta oficialista renovada: defensora del libre mercado y, sobre todo, compatible con Washington.

Fuente: HandoutMIRAFLORES PALACE

No será fácil. Lo primero que necesitan es ganarle la batalla interna a Cabello. Para eso buscan desplazar a sus hombres del PSUV, partido del que Diosdado es secretario general, justo cuando la estructura clientelar sufre el estrangulamiento financiero. Sin bonos para militantes ni cajas de comida para repartir, se multiplican las deserciones. Una investigación de Reuters reveló que en algunos estados cayó hasta 70% la asistencia a reuniones políticas.

Perspectiva de negocios

Lo segundo que necesita el experimento neochavista es petróleo. Es la fase 2 del plan. El miércoles llegó a Venezuela Chris Wright, secretario de Energía. Delcy lo recibió con honores y hablaron de una asociación de largo plazo. Wright confirmó licencias especiales para habilitar inversiones estadounidenses y visitó PetroPiar, en la Faja del Orinoco, junto a ejecutivos de Chevron y Repsol.

Pero la matemática sigue siendo cruel. La EIA proyecta que, desde los cerca de 900.000 barriles diarios bombeados a fines de 2025, Venezuela podría incrementar la producción hasta un 20% en 2026. En Chevron hablan de una suba mayor en 18 a 24 meses. En cualquier escenario, quedaría lejísimos de los 3,5 millones de barriles de los mejores años. Volver a ese nivel exige inversiones multimillonarias, y muchos empresarios ya le dijeron a Trump que todavía no ven señales suficientes para una apuesta de ese tamaño.

Ese es el problema de fondo del neochavismo. Las elecciones, que eran la fase 3 en la cabeza de Rubio, parecen necesarias para completar las fases 1 y 2. Y si hay comicios medianamente competitivos, nadie imagina que puedan ganarlos dirigentes con las manos manchadas de sangre después de 27 años de una de las dictaduras más atroces que conoció América Latina.