30 AÑOS DE DEMOCRACIA

Relaciones económicas internacionales: la ausencia de una línea persistente

Marcelo Elizondo, experto en comercio exterior, inaugura aquí una serie de artículos que serán publicados semanalmente en El Cronista por conmemorarse 30 años de democracia.

La historia de la democracia moderna argentina, a partir de 1983, acompaña una oscilante pero persistente vinculación internacional. El año de la recuperación de la democracia, la Argentina tenía escasos vínculos económicos con el mundo (exportó 7.830 millones de dólares e importó 4.505 millones, con un superávit de 3.331 millones), vendiendo productos primarios (la mitad del total), algunas manufacturas de origen agropecuario (un tercio) y pocos productos industriales (algo más de un décimo del total), mientras importaba bienes necesarios para la industria.

El mundo era distinto y el nuestro era un país en el que el sector público era el gran protagonista de la economía. Entonces Marco Denevi se quejaba de que la sociedad creía que "debía ser el Estado el que la despojara de las armas del boicot y el sabotaje cuando fue justamente él quien se las proporcionó".
Europa y los Estados Unidos eran destino comercial, y la recepción de inversión extranjera era muy escasa. El mundo estaba dividido por la cortina de hierro y la Argentina era parte del Movimiento de Países No Alineados, del que se enorgullecía.
Octavio Paz renegaba en esos años 80 de que Latinoamérica salía de la dependencia de la dictadura y entraba en la dependencia de la ideología.
La Presidencia de Raúl Alfonsín mantuvo la vocación del control regulado de la economía y la vinculación internacional no resultaba algo sencillo.
La recuperación de la vigencia de las instituciones, sin embargo, fue un primer paso para comenzar a andar. En tiempos en los que se hablaba del deterioro de los términos de intercambio, la participación argentina en el comercio mundial era del 0,5%, mientras había sido del 1,30% en 1950.
La última etapa de la Presidencia de Raúl Alfonsín ya, ante malos resultados, previó la inserción de ciertos capitales privados externos en empresas estatales (Manuel Tanoira señalaba que el Estado había interferido tanto la economía que los argentinos éramos rehenes de un puñado de funcionarios públicos), pero no lo logró. Y la hiperinflación desarticuló esa primer experiencia.
Al final de la administración de Alfonsín, la Argentina exportaba 9.500 millones de dólares e importaba 4.200 millones. Al fin de 1989, las reservas internacionales fueron 3.200 millones de dólares y tras años de cerrazón, proteccionismo e intervencionismo en las relaciones internacionales, la balanza comercial (algo propio del mercantilismo) era superavitaria en más de 5.300 millones.
El inicio del proceso de creación del Mercosur fue un mojón que empezó el cambio en esta asignatura.
La primer presidencia de Carlos Menem (la segunda de este proceso democrático), montándose en lo que dejó el previo fracaso económico, dio lo que ese presidente llamó un "giro copernicano" y allí comenzó un proceso de desregulaciones, privatizaciones, ingreso de inversión extranjera directa, apertura, realineamiento con las potencias occidentales, dolarización a través de la convertibilidad y crecimiento del comercio exterior.
La población concedió legitimidad a estos cambios, George H. Bush desde Washington proclamaba un "nuevo orden mundial" tras la desaparición del comunismo soviético y Guy Sorman venía a la Argentina a menudo a proclamar el "Estado mínimo".
Mientras en 1994 la Argentina recibía IED por 4.400 millones de dólares, en 1997 recibió 10.000 millones y en 1999, 23.000 millones. En el período 1992-1999, España fue el inversor extranjero más importante en la Argentina (31% del total) desplazando a los Estados Unidos (20%), que hasta 1998 era el primer inversor, y a ellos les siguieron los Países Bajos (8%), Francia (7%), Chile (5%) y Reino Unido (4%). Estos seis países explicaron el 75% de los flujos acumulados en el período.
El comercio exterior se había desregulado, grandes actores internacionales se desempeñaban en la Argentina, y comenzaba el período de nuestra revolución verde, con una mejora en la productividad agrícola y sus derivados manufacturados (la Argentina, que en 20 millones de hectáreas había producido 40 millones de toneladas de granos, pasó a producir 75 millones de toneladas en 25 millones de hectáreas).
Y el Mercosur, la primer gran experiencia moderna de salida al mundo, ganaba espacio en la agenda de negocios.
En 1994 se reformó la Constitución Nacional y Carlos Menem pudo ser candidato nuevamente a la Presidencia. Y ganar. En 1995 la Argentina exportaba 21.100 millones de dólares e importaba 20.122: menos superávit, más integración internacional.
La segunda presidencia de Carlos Menem cambió de bríos. Rigidez cambiaria, crisis internacionales, desempleo, gasto público y déficit fiscal crecientes afectaron los negocios internacionales de algunos sectores industriales. En 1999, la Argentina exportó 23.300 millones de dólares y ya tenía déficit comercial (importaba 25.508). El déficit comercial que apareció en los 90, era un fenómeno que sólo se había visto desde 1970 en cuatro ejercicios anuales.
Los presidentes Alfonsín y Menem fueron exponentes de un presidencialismo intenso (ambos surgieron de procesos internos que les concedieron liderazgo en sus partidos). Luego de ellos se inició un período de coaliciones políticas de las que surgieron los presidentes De la Rúa, Duhalde (provisional) y Kirchner.
La efímera presidencia de Fernando de la Rúa consolidó defectos y no encontró soluciones. Y siguió con el déficit fiscal creciente, deuda pública dolarizada y rigidez cambiaria, además de los problemas de la coalición gobernante. Los negocios internacionales no habían producido grandes avances porque las expectativas paralizaban. Aristóteles había sentenciado 2.300 años antes: El miedo es el sufrimiento que produce la espera de un mal. Eso es lo que sentían los actores económicos.
En 2001, la Argentina exportaba u$s 26.610 millones e importaba u$s 20.321 millones. La economía estaba estancada. Las exportaciones, que habían pasado de 9.500 millones en 1989 a 23.500 millones en 1999, en 2001 fueron de una cifra similar a la de 1998. Las reservas en el Banco Central, que habían sido de 32.400 millones en 2001, cayeron a 10.437 a fin de 2002. La inversión extranjera directa había caído a 2.100 millones de dólares en 2001.
Eran tiempos revueltos. Hacían recordar aquella sentencia de Borges: Una de las diferencias entre un país civilizado y uno que no lo es consiste en que en el primer caso el ciudadano no recuerda bien los nombres de sus gobernantes, mientras que en el segundo los tiene bien presentes porque carga diariamente con ellos sobre sus espaldas.
La extraordinaria crisis de 2002 fue un cambio tremendo del entorno de negocios. Devaluación, cesación de pagos de la deuda pública, modificación de los contratos privados por arbitrio del Gobierno (y cambio de la moneda de referencia) y depósitos encerrados en los bancos, sucedieron a la recesión y parálisis económica que contribuyeron al inédito tiempo de cinco presidentes en una semana.
El 2002, de presidencia provisional de Duhalde, fue de transición. Pero en términos de negocios internacionales, Argentina estaba aislada. Todos los indicadores cayeron.
En 2003 se apunta a la normalización institucional. Néstor Kirchner es elegido presidente y su gestión parte de un escenario con inputs favorables: los precios de las exportaciones argentinas crecían, la inversión extranjera recibida en los 90 se mezclaba con la oportunidad de una enorme capacidad ociosa (40%) propia de una recesión persistente y los costos de producción habían bajado por una devaluación que llevó al dólar de 1 peso a más de 3 pesos. El Gobierno mantuvo en orden sus números y tuvo margen para políticas expansivas. Y en materia internacional las exportaciones comenzaron a crecer.
Desde 2003 las exportaciones argentinas crecieron todos los años a tasas de dos dígitos porcentuales hasta 2008 inclusive. Esta fue una etapa de "crecimiento sostenido" de las ventas externas. A partir de allí, comenzó otra etapa, que puede calificarse de "dsaceleración inestable", en la que las exportaciones crecieron en dos años (2010 y 2011) y decrecieron en dos años (2009 y 2012).
La Argentina ha vivido últimamente un escenario político en el que, como si el reflejo de la crisis de 2001 perdurara, se ha privilegiado la consolidación del poder ante la calidad institucional y la creciente presencia del Estado frente a la iniciativa privada.
El comercio exterior, desde mediados de la primera década del siglo nuevo, comenzó a pasar por fases de creciente regulación, intervención y complejización.
La historia reciente ya muestra exportaciones de bienes que en 2012 llegaron a u$s 81.200 millones (lo que permitió un superávit comercial de unos u$s 12.000 millones), pero decrecieron ese año pasado más de un 3% contra 2011 (mientras crecieron las ventas externas de la mayoría de los países de la región). Esas exportaciones fueron apenas 15% más altas que las de 2008, lo que muestra un freno en los movimientos comerciales internacionales (entre 2003 y 2008 las ventas externas habían subido un 48%). Y, en la otra mano, hubieron importaciones restringidas por intervenciones del Gobierno. Todo, en el marco de discusiones fuertes con cuatro decenas de países que nos acusan de ilegalidad comercial o comportamientos impropios y salida del país de empresas extranjeras.
Mientras nuestras ventas externas crecieron más de 210% desde el inicio del siglo, las de todos los demás países de Sudamérica crecieron más que las nuestras (algunos, mas del doble), lo que evidencia la influencia del contexto externo y cierta debilidad nuestra para aprovecharlo mejor.
Latinoamérica incrementó su recepción de inversión extranjera constantemente en esta época y la Argentina no ha podido superar la recepción del 5% del total. En el primer lustro de la primer década del siglo XXI, la Argentina (que en ese período recibió un promedio de u$s 4.296 millones anuales) había recibido más inversión en promedio anual que Colombia, Perú y Chile. Luego, entre 2006 y 2008, la Argentina ya exhibió menor IED que Colombia y Chile, aunque más que Perú; y en 2009, ya comenzó a recibir menor IED que Colombia, Chile y aún Perú.
Por su parte, naturalmente, nuestro país siempre ha recibido menos IED que Brasil y México, y mayor IED nominal que otras economías más pequeñas (Bolivia, Paraguay, Uruguay, Ecuador o Venezuela). En 2012, si consideramos sólo las inversiones efectivamente ingresadas desde el exterior (y no a las reinversiones forzadas), éstas no superaron los 4.000 millones.
Un fenómeno adicional de estos años es el crecimiento de la incidencia del comercio de servicios (no computados cuando se habla de las "exportaciones", que se refieren siempre a bienes). Más de 15.000 millones de ventas externas en 2012, cuando estaban debajo de los 10.000 hace un lustro son un dato. Pero también lo es que se han estancado, que no revierten un persistente déficit (las importaciones superan los 18.000 millones) y que en 2012 descendieron comparadas con las de 2011.
Las tres décadas de democracia, pues, muestran tiempos de enormes cambios, de falta de una línea persistente y de resultados mejores y peores según los casos. Así y todo, de aquellos 7.800 millones de exportaciones hemos llegado a 81.000. Y hoy, en Argentina, entre las 500 empresas líderes el 65% es extranjero.
El mandato ahora es valorar las acertadas relaciones internacionales. Descubrir, para la cuarta década, que detrás de ello habrá inversión, empleo de calidad, generación de riqueza, producción de bienes calificados y participación en grandes corrientes globales pujantes.
Tenemos todo para aprovecharlo. Desde el shale gas y shale oil, que esperan, hasta la fertilidad de una de la tres regiones más propicias para cultivos en el mundo, pasando por la minería, los talentosos recursos humanos y la geografía y la cultura que atraen turistas.
Ahora bien: no habrá un destino inexorable. Y, como amenazaba Walt Witman, las más tristes palabras siempre son "pudo haber sido". z we

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