Viernes  02 de Agosto de 2013

Mitos y verdades de la economía electoral

Ante la extendida creencia de que la economía determina el resultado electoral, economistas y académicos ponen bajo la lupa la correlación entre las variables económicas y la intención de voto. El verdadero impacto de la inflación, el efecto del PBI en las urnas, el vínculo entre consumo y corrupción y las excepciones históricas de un electorado no tan racional.

Cuatro palabras necesitó James Carville, el jefe de la campaña presidencial de Bill Clinton en 1992, para instalar definitivamente la idea de que el contexto económico juega un rol decisivo en las elecciones modernas. A partir del triunfo demócrata, la frase "Es la economía, estúpido" se convirtió en un axioma del marketing político que al día de hoy se repite en las más recónditas contiendas electorales, incluída la que por estos días mantiene en vilo a la Argentina.
Pero también motivó a reconocidos académicos, quienes retomaron trabajos pioneros en la década del 60 y pusieron bajo la lupa la correlación entre las variables económicas y el comportamiento en las urnas. Ninguno se arriesgó a refutar aquello de que la gente vota con el bolsillo, pero descubrieron que las conductas con respecto al desempeño de la economía no siempre son líneales.
Los estudios que proliferan en las universidades locales e internacionales sorprenden, sobre todo si se los relaciona a la efervescente política vernácula: por ejemplo, una teoría sostiene que el mayor nivel de ingresos no garantiza votantes más felices. Otro informe concluye que con la evolución del PBI se puede determinar la suerte electoral de un candidato. Y un tercero revela que el impacto de la inflación quizás no es tan determinante al momento de entrar al cuarto oscuro. A continuación, alguno de los papers más reveladores del análisis de economía y elecciones, aplicados a una Argentina en plena campaña.

¿El aumento del ingreso
garantiza el voto?
Una de las maneras de medir las posibilidades de éxito de un gobierno ante una elección es analizar el bienestar de la población. En 1974 el economista estadounidense Richard Easterlin publicaría lo que hoy es considerado uno de los trabajos pioneros en una de las ramas menos convencionales y más mentadas de las ciencias económicas: la economía de la felicidad. Probó que una vez satisfechas ciertas necesidades, el hecho de que los países se hicieran más ricos no aumentaba el bienestar de sus poblaciones. En lo que se conoce como la "paradoja de Easterlin", el autor relevó, entre otros, a Japón que en la posguerra quintuplicó su ingreso per cápita en dos décadas pero su nivel de felicidad se mantuvo estable.
Por estos pagos, el economista y docente platense, Martín Tetaz, se animó investigar si existe una correspondencia directa entre la felicidad de los argentinos y sus ingresos. En coautoría con Pablo Schiaffino, escribió un capítulo del libro Global Handbook of Wellbeing and Quality of Life, en el que demostró que la felicidad promedio de la población no correlaciona necesariamente con la evolución del PBI.
"La Argentina creció 41,6% en términos reales entre 2006 y 2012, a pesar de lo cual los niveles de felicidad promedio de la población en esos dos períodos son similares, estadísticamente hablando", sostiene Tetaz, experto en economía del comportamiento, en diálogo con El Cronista WE. Y agrega: "En cambio, la felicidad sí creció mucho entre 1999 y 2006, aún cuando el PBI real solo subió 18,7% en el ínterin".

¿Inflación o desempleo?
Si bien está claro que la felicidad es un concepto mucho menos volátil que la intención de voto, igual registra oscilaciones de corto plazo ante los avatares de la situación económica. Al respecto, uno de los trabajos más célebres sobre el efecto de la macroeconomía en la felicidad de las naciones está firmado por un argentino. Se trata de Rafael Di Tella, quien en 2004 junto a Robert Mac Culloch y Andrew Oswald demostraron, en base a encuestas en doce países europeos y los Estados Unidos, que la gente priorizaba el desempleo por sobre la inflación. Es decir, descubren que la gente valora un 70% más cada punto de caída en el desempleo frente a cada punto de baja en la inflación. “De este modo, para los autores, un gobierno que lograra bajar un 10% el desempleo, aumentaría la felicidad de la gente incluso cuando los precios aumentaran, como consecuencia del calentamiento de la economía, un 17%”, dice Tetaz. Y agrega: "Curiosamente, cuando Néstor Kirchner asumió, el desempleo era del 17,8% y la inflación de los primeros cinco meses de ese año había sido del 5,2% anual; diez años después, el desempleo cayó al 7,9% mientras que la inflación ronda el 25% anual".
Desde una óptica electoral, el trabajo de Di Tella va a contramano de muchos slogans de la oposición, que señalan a la alta inflación como el peor flagelo de la sociedad. En cambio, parece un acierto de la política económica kirchnerista que -aún pagando altos costos- privilegió la defensa del empleo por sobre el aumento de precios.

Excepciones a la regla
Consultado sobre la retroalimentación entre política y economía, el politólogo Rosendo Fraga opina: "El crecimiento y la baja del desempleo suelen ser las características básicas de lo que es definido como una buena economía en términos electorales. La regla es simple: con crecimiento y baja del desempleo se gana, y con recesión y destrucción de empleo, se pierde".
Para demostrarlo, el director del Centro de Estudios Unión para la Nueva Mayoría analizó las 15 elecciones nacionales realizadas desde el retorno de la democracia y concluyó que, a lo largo de tres décadas, 13 respondieron a esa regla y sólo dos no. "Alfonsín ganó la elección con esta ecuación económica a favor. En cambio en 1987 y 1989 las perdió, con una economía frenada primero y luego en recesión, y el empleo cayendo, a los que se agregó entonces la inflación en aumento", repasa. Y continúa: "Ya en la década del noventa, Menem ganó y volvió a hacerlo en las elecciones de 1991, 1993 y 1994,- en este caso de constituyentes,- con la economía a favor".
Hasta aquí las seis primeras elecciones a nivel país desde 1983 confirman la máxima. En las presidenciales de 1995, sin embargo, surge la primera anomalía. Menem es reelecto en primera vuelta por más del 49% de los votos, a pesar de que los indicadores económicos estaban en rojo, efecto Tequila mediante. Dos años más tarde, una segunda excepción pone en duda la regla: aunque la economía crece cerca del 7% y el desempleo baja, el gobierno menemista es derrotado en las legislativas ante la Alianza.
Ya inmersos en la década K, la ecuación vuelve cumplirse a rajatabla. "En 2003, 2005, 2007 y 2011, el kirchnerismo gana las elecciones con la economía creciendo y el desempleo bajando. Pero pierde las legislativas de 2009, con recesión y pérdida de empleo, por el contexto generado por la crisis económica global", concluye Fraga.

Consumo y corrupción
Uno de los investigadores locales más dispuestos a tender puentes entre la economía y otras ciencias es Eduardo Levy Yeyati, quien sostiene que la relación entre los argentinos y la economía a la hora de votar es “inmediatista, contemporánea”. “En una democracia delegativa, el votante delega la gestión al representante y sólo le pide mejorar o al menos mantener su bienestar: trabajo, seguridad, servicios, etc. Si la economía mejora, suelen mejorar estos aspectos del bienestar y el gobierno de turno se lleva todo el crédito. Si empeora, se lleva todas las críticas”, responde ante la consulta de WE.
Y va más allá: en un trabajo que presentó junto al economista Luciano Cohan en 2012, titulado La economía de la política, señalaba la incipiente desaceleración económica como un ejemplo más de esta “relación circular”. Y presagiaba, en base a indicadores económicos, la actual ola de denuncias de corrupción y cómo éstas iban a impactar en la imagen del Gobierno.
“Es conocido que el nivel de actividad, la confianza del consumidor y la imagen de gobierno tienden a moverse sincronizadamente en el tiempo”, se lee en el informe, que destaca la fuerte correlación entre el ICC (Índice de Confianza del Consumidor, que elabora la Universidad Di Tella) y el ICG (Índice de Confianza en el Gobierno, también de la UTDT).
¿Es una persona que ve mejorar su situación económica más propensa a elogiar la calidad de las políticas de gobierno o a minimizar su corrupción?, se preguntaban los autores. La respuesta, sostenían tajantes, es afirmativa: “El crecimiento hace a los gobiernos más eficientes y transparentes a los ojos de los votantes. Y viceversa: el malestar económico suele ser culpa de los funcionarios ‘chorros y coimeros’”, argumentaba Levy Yeyati y se preguntaba “si estábamos en los albores de un nuevo ciclo testimonialista en el que las denuncias de corrupción comiencen a hacer mella en la imagen del Gobierno”. Faltaba exactamente un año para que Jorge Lanata destapara ante millones de televidentes el caso Lázaro Baez y la corrupción volvieran al tope de las preocupaciones del elector a la hora de votar.

¿El PBI puede pronosticar el
resultado electoral?
En los años sesenta, los académicos Valdimer Key y Gerald Kramer publicaron papers que demostraron empíricamente que cada 10 puntos que crecía el PBI de un país, la intención de voto del oficialismo subía entre 4 y 5 puntos porcentuales, incluso cuando los indicadores de felicidad no lo hacían.
Aplicada a la Argentina, la tesis explica con pasmosa exactitud el contundente triunfo de CFK en 2011. “Ocurre que en el período que transcurre entre la elección presidencial de 2007 y la última, el PBI real creció un 17,53%, por lo que si las mediciones de Key y Kramer estaban en lo correcto, el candidato oficialista debería haber sacado entre 7 y 8,7 puntos más que en 2007, que es exactamente el crecimiento que en la realidad se produjo: Cristina sacó 8,67% más que en 2007”, descubre Tetaz.

¿El Gobierno es culpable de
todo lo que pasa?
Uno de las investigaciones más curiosas que intentan demostrar que no es sólo la economía (estúpido) y directamente pone la lupa sobre la lucidez del votante es la de Larry Bartels y Christopher Achen, de la Universidad de Princeton, en EE.UU. Demostraron que el electorado penaliza irracionalmente a los gobiernos por eventos sobre los cuales los funcionarios no tienen responsabilidad directa.
Por ejemplo, estudiaron en distintas ciudades cómo el oficialismo incrementaba su caudal de votos si el equipo local de fútbol americano ganaba en los días previos a la elección. Y también cómo en 1916 los neoyorquinos condenaron en las urnas a Woodrow Wilson por un insólito ataque de tiburones en la costa de Nueva Jersey. “Un ataque de tiburones es un desastre natural en el más puro sentido del término, y no tiene solución gubernamental. Sin embargo, los votantes lo penalizaron a Wilson de todas formas”, escribieron los académicos, que incluso llegaron a probar la relación entre la intención de voto y las inclemencias del tiempo.
Desde esta perspectiva, eventos inesperados como la pandemia de Gripe A de 2009 en plena disputa electoral podría ayudar a explicar la resonante caída del kirchnerismo en aquellas elecciones legislativas. Así las cosas, de cara a los próximos comicios, habría que evaluar el posible impacto de las inundaciones que azotaron a los principales centros urbanos o de las sequías que afectan al campo. Porque está claro que en la relación entre economía y política no está dicha la última palabra. z we

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