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Mariano Rajoy deberá gobernar España con un Parlamento hostil

Después de diez meses de incertidumbre y con la abstención del socialismo, que llegó fragmentado a la votación final, el Partido Popular logró retener el poder. Necesitará negociar con una Legislatura con mayoría opositora

Rajoy es consciente de que para que la Legislatura tenga éxito, él debe navegar entre las contradiciones de esas dos españas. Para empezar, mudando su piel "oficial" y olvidándose por completo de "prolongar los gestos de una edad fenecida", como discurseó el filósofo. Después, inaugurando una nueva versión de sí mismo, centrada en el diálogo, la cesión y los pactos. O sea, todo lo que no hizo de 2011 a 2015. Si sucumbe a la tentación de mirar atrás para reivindicar su legado sin más, corre el riesgo de acabar como la esposa de Lot, convertido en estatua de sal. Es cierto que a PSOE y Ciudadanos les interesa casi más que al PP apuntalar la gobernabilidad, pero este contubernio de conveniencia, bautizado por Pablo Iglesias como "la triple alianza", tiene sus límites.
El presidente ha de asegurarse un mínimo de dos años en La Moncloa, y eso pasa perentoriamente por la aprobación de los Presupuestos del Estado y por descorchar los grandes pactos de Estado. Él, tan reacio a la finura con el rival (es un consumado killer), deberá obligarse a trabajar con mano izquierda. Para ello tendrá que desempolvar una de sus frases favoritas de Francesc Cambó, ésa que incluyó en sus memorias: "En las luchas políticas la habilidad, la amabilidad y la seducción pueden ser armas de mucha más eficacia que la audiencia o la elocuencia".
El líder conservador es consciente de que es la hora de la habilidad y la seducción, por eso combina dureza en la defensa de sus líneas rojas con una insoslayable invitación a la mixtura reformista. No le queda otra que ceder y, además, si repite como inquilino monclovita es porque se ha comprometido por escrito con Ciudadanos a 150 medidas. Casi todas ellas, cesiones.
Así que a lo que aspira Rajoy es a que la legislatura sea de transición o, mejor aún, de Transición, en segundas nupcias. La fragmentación parlamentaria obliga a la gimnasia del pacto, de manera que el impasse de bloqueo puede acabar transformándose, paradójicamente, en el segundo periodo de mayor ímpetu reformista en los grandes asuntos de Estado. Del gusano, a la mariposa.
Pero eso sería en el escenario más favorable de cuantos se abren para los autodenominados "partidos constitucionalistas". Antes de creerse cualquier cuento de la lechera, Rajoy debe pasar el fielato de los Presupuestos de 2017 -el obstáculo más difícil- y lanzar al menos tres grandes reformas: la de la educación, la de la financiación autonómica y la de las pensiones.
El Presupuesto del año que viene se aprobará sí o sí, porque si no el ridículo internacional llegará al paroxismo. Hay dos vías para conseguirlo: la abstención del PSOE o el pacto con el PNV y Nueva Canaria. Hoy por hoy la segunda no es descabellada. Los jeltzales aseguran estar "en mejor situación que nunca" para sacar tajada en las negociaciones, según fuentes cercanas a Urkullu. Y el diputado de Nueva Canarias (NC), Pedro Quevedo, sabe que si Coalición Canaria capitaliza todas las mejoras presupuestarias para su región, le comerá terreno en su provincia de influencia, Las Palmas de Gran Canaria. Esto puede empujar a Quevedo a ponerle precio a su "sí" al PP.
Si Rajoy no consigue esa vía 176 (los 170 que ya lo apoyan, los cinco del PNV y el de NC), el PSOE se verá de nuevo entre la espada de las terceras elecciones y la pared del apoyo a su archienemigo. Por eso Antonio Hernando introdujo en el Hemiciclo un matiz: "Tendrán que convencernos". Deja la puerta abierta.
"Yo soy yo y mi circunstancia y si no la salvo a ella no me salvo yo", escribió Ortega, dándole a Rajoy otro hilo argumental. Primero hay que poner a salvo las circunstancias marianistas, con su hatillo de leyes intocables. Y después de trazar esa línea, "todo" se puede debatir, como ha enfatizado el presidente. Cuando se hayan aparcado las reformas en las que nadie quiere ceder, tocará ponerse a tejer entendimientos. Cánovas del Castillo ya expresó esta máxima marianista a finales del XIX, con un calculado pragmatismo: "La política es el arte de aplicar en cada época aquella parte del ideal que las circunstancias hacen posible".
Como suele decir Rajoy, no se puede sorber y soplar a la vez. No se puede disparar el gasto y, al tiempo, cumplir con el déficit, si no hay más ingresos. El PP ha encontrado un punto intermedio entre el rigorismo y las medidas sociales que demanda el PSOE: un Gobierno duro por fuera (el déficit) y blando por dentro (las reformas regeneradoras). Para ello, revertirá el perfil de su Gabinete. Catenaccio en lo económico y tiquitaca en lo político.
Lo que busca Rajoy es "la legislatura de lo posibl", pero este concepto implica defender mientras se ataca, como el Milan de principios de los 90. "Nunca me había dado cuenta de que para ser jinete primero debes ser caballo", decía entonces el entrenador Arrigo Sacchi, brindándole al líder popular otra buena metáfora para los próximos meses.
Aunque la legislatura vaya a dirimirse en el Hemiciclo, el rumbo lo marcará La Moncloa. Esto es algo que ha reconocido hasta Pablo Iglesias: "Quien diga que va a haber un gobierno parlamentario, o es un ingenuo o no está diciendo la verdad". Rajoy coincide: "Todo el mundo es consciente de que no cabe gobernar con varios criterios a la vez, como no es posible gobernar con dos presupuestos simultáneos". Una vez más, las Cuentas del Estado como "núcleo irradiador" (que diría Íñigo Errejón) de toda la acción de Gobierno.
La legislatura se va a desarrollar en dos ejes claramente disociados: el inamovible (estabilidad fiscal) y el dúctil (pactismo reformista). Eso obliga a Rajoy a hacer lo que nunca ha hecho: cambiar