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La economía es resistente a la crisis entre poderes

La economía es resistente a la crisis entre poderes

El dinero no tiene patria, ni sello. Esta definición corriente del capital financiero se consolidó en Brasil a partir de las crisis cambiarias, fiscales y políticas. Las crisis cambiarias -hit de los años 80 y 90- minaron la confianza de inversores extranjeros en Brasil; las fiscales desacreditaron al gobierno de Rousseff en la opinión pública y las políticas testean las convicciones de los gobernantes y el apoyo de sus aliados desde la instalación de caso Lava-Jato. Hace unos meses, una crisis moral se instaló en el país que debilitó todas las instancias de poder en la República y pone a prueba la resistencia de grandes empresas nacionales.

Las revelaciones que atestiguan la generación de una fondo destinado a las coimas a cambio de facilidades empresariales, profesionales y personales aún sorprenden y multiplican obstáculos que desvían la economía de la ruta del crecimiento. Con los brasileños ocupados en la contracción de la economía, se hace actual y oportuno reflotar el discurso de posesión de Joaquim Levy en el Ministerio de Hacienda, en marzo de 2015.

Respetado por el mercado financiero, aunque no fuera el candidato preferencial del sector al puesto, Levy advirtió contra el 'patrimonialismo'. Recordó que la presidenta de la República declaró, cuando ganó la elección, su compromiso de terminar con el "sistema patrimonialista" y, en sus palabras, a su "herencia nefasta". La presidenta era Dilma Rousseff, alejada definitivamente del cargo en agosto del año pasado por un 'crimen de responsabilidad'.

Como ministro, Joaquim Levy afirmó que el patrimonialismo es la peor privatización de la cosa pública. "El patrimonialismo se desarrolla en un ambiente donde la burocracia se organiza más por mecanismos de lealtad que de especialización o capacidad técnica, y donde los límites del Estado son imprecisos. Es un mecanismo excluyente, aunque un Estado centralizador pueda generar nuevos grupos para operarlo. La antítesis del sistema patrimonialista es la impersonalidad en los negocios del Estado, en las relaciones económicas y en la provisión de bienes públicos, incluso los sociales".

Esta impersonalidad, dice el ex titular de la Hacienda y ex secretario del Tesoro Nacional, fija parámetros para la economía, protegiendo el bien común y la economía nacional. La iniciativa privada y libre está en condiciones de desarrollar mejor. La impersonalidad da confianza al emprendedor y siente que vale la pena trabajar sin depender del Estado.

Brasil vive hoy el opuesto de ese ideario. La economía volverá a crecer porque no todas las fuerzas vienen de un gobierno y pocas están garantizadas por este o aquel presidente. "La productividad de nuestros trabajadores permitirá que los salarios obtenidos hasta aquí se consoliden y que la inclusión social prosiga. Junto con el reequilibrio fiscal, este avance será la clave del nuevo ciclo de crecimiento", dijo Levy en posesión en 2015. El discurso, contundente y atemporal, no evitó la derrota del ex ministro en los intentos de avanzar en las reformas. En menos de un año, tras el discurso, dejó el gobierno.

Es ilusorio suponer que un presidente de la República o un ministro de estado logre cambiar radicalmente si cambia todas las prácticas de una sociedad, incluso con un poder legislativo ejemplar. Como otras naciones expoliadas por malos gobiernos y empresarios dudosos, Brasil seguirá adelante -más por intento y error que por convicción-. Pero, el pánico es pésimo consejero.

Si la sociedad se convence de que puede elegir gobernantes mejores y tener a quien elegir el país no caerá en un abismo. La historia reciente demuestra que hay que hacer un esfuerzo para que la economía tenga más eficiencia y que eso no sea por fulano o mengano, sino por competencia técnica de decisiones, parámetros y regulaciones. No es simple ni rápido, pero Brasil tuvo avances institucionales no despreciables