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Tan cerca, tan lejos

La llama se apagó en Río de Janeiro y comenzó el período de la XXXII Olimpíada que terminará del otro lado del mundo con los Juegos de Tokio 2020. El primer paso por Sudamérica dejó actuaciones memorables, una inversión millonaria en infraestructura que mejoró la ciudad pero también la puso en quiebra y algunos problemas organizativos que no empañaron una fiesta para recordar.

por  WALTER BROWN Enviado especial

EL CRONISTA EN RIO DE JANEIRO
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Así como llegó, se fue. Después de 17 días de vertiginosa competencia que se inició con el fútbol femenino allá por el 4 de agosto pasado, la fiesta de los Juegos Olímpicos dejó Río de Janeiro envuelta en la alegría y colorido que caracteriza a los cariocas para iniciar un largo periplo de cuatro años que la llevará hasta Tokio, donde se desarrollará la 29a. edición perteneciente a la XXXII Olimpíada.Aquí, donde la crisis política y económica vuelve lentamente a hacerse presente con reclamos en las calles y el impeachment a Dilma Rousseff reaparece en escena, aún se respira el espíritu deportivo que envolvió a los habitantes y miles de turistas que llegaron hasta Río para disfrutar del evento, ya sea en las instalaciones olímpicas, que junto a las obras de infraestructura del transporte y gastos organizativos demandaron un presupuesto de u$s 12.000 millones para poner a los Juegos en marcha y dejar a la ciudad en quiebra; o en cada uno de los bares en los que las pantallas se multiplicaron para exhibir una programación de 24 horas dedicada a la fiesta deportiva y generaron que los espectadores festejen desde un tanto del voley de playa hasta un exitoso levantamiento de pesas.

Pero mucho más aplaudieron las actuaciones memorables de las máximas estrellas del deporte mundial. Y es que la primera celebración de los Juegos en Sudamérica entregó postales maravillosas que quedarán marcadas en los libros de historia del deporte, como las protagonizadas por las leyendas Michael Phelps y Usain Bolt. Sus participaciones atrajeron a miles de millones de consumidores en el mundo entero a través de la TV, las computadoras o inclusive smartphones con imágenes de realidad virtual, y las empresas buscaron captar esa atención a través de una millonaria inversión publicitaria. Un desembolso que se multiplicará para Tokio 2020, los Juegos en los que la tecnología será aún más protagonista y los costos serán mucho más altos por lo que ya el Comité Olímpico Internacional ha sumado nuevos patrocinantes como Toyota, que acordó entrar al club selecto de los sponsors de los Juegos por u$s 835 millones, en un convenio que comienza el año próximo y se extiende hasta 2024. O las treinta firmas que ya aceptaron invertir u$s 130 millones cada una para formar parte del evento, entre las que se destacan Mitsubishi, Asics, Canon, JX Nippon Oil & Energy y Fujitsu.

Para entonces, Phelps y Bolt probablemente ya tengan otro rol en el mundo olímpico, si ratifican que la de Río fue su última gran función. El estadounidense ratificó su rango de deportista olímpico más exitoso de toda la historia, al superar problemas de adicción y reencarrilar su vida para ganar cinco oros y una plata (la máxima cosecha de un atleta en Río) que completaron su colección de 28 medallas, una cifra que probablemente nunca pueda ser igualada. Y el jamaiquino demostró que sigue siendo el hombre más veloz que ha existido sobre la tierra, al repetir por tercera cita olímpica consecutiva la victoria en los 100, 200 y 4x100 metros llanos. Un atleta tan superior que es capaz de entretener al público en plena carrera, sin perder de vista la victoria y su ambición por seguir siendo el mejor. Ambos anunciaron su retiro, muchos no les creen, quizá porque tienen la esperanza de que esa llama no se apague.

Lo cierto es que desde la rama femenina surgieron nuevas figuras que pretenden seguir sus pasos. Al menos los primeros, como demuestran las cuatro medallas de oro y una plata cosechadas en la natación por la estadounidense Katie Ledecky, con récord mundial de los 800 metros libres incluido. O la doble corona lograda por la jamaiquina Elaine Thompson en los 100 y 200 metros llanos. Dos de las múltiples figuras que exhibieron los Juegos en los que Estados Unidos dominó la natación tanto como el medallero. En los que Jamaica fue la nación reina de la velocidad y Rusia la gran ausente en el atletismo, acusada de utilizar un sistema de doping sistemático que derivó en una sanción a todos sus representantes, con la excepción de la denunciante Daria Klishina.

Un evento en el que los argentinos aprovecharon la cercanía para trasladarse masivamente y hacerse sentir en cada estadio. En el que los brasileños alentaron a todo rival que tuviera en frente una camiseta albiceleste y en el que las autoridades tuvieron que intervenir para evitar roces entre hinchas de ambos países.

Fueron los JJ.OO. en los que los anfitriones se dieron el gusto de conseguir por primera vez una medalla de oro en fútbol con Neymar como abanderado y en los que a pesar de haber invertido casi u$s 1000 millones en siete años para el desarrollo deportivo, no lograron entrar entre los 10 países con más preseas de los Juegos. Los mismos en los que la Argentina superó sus expectativas pero se mantiene aún más lejos de las naciones desarrolladas económica y deportivamente.

Tres semanas en los que el merchandising alimentó la fiebre del consumo mientras la pobreza se palpa en cada esquina, con gente durmiendo en las veredas y cartoneros recorriendo las calles, una escena lamentablemente común en la región. En los que la ciudad se militarizó para garantizar la seguridad ante los temores de ataques terroristas. En los que el transporte fue efectivo para los que se manejaron con la nueva línea de subterráneos o los ómnibus rápidos para llegar hasta los estadios, pero fue una pesadilla para los automovilistas. Y en los que el zika solo fue un fantasma que alejó a turistas del evento más importante del deporte mundial. Río 2016, una oportunidad para vibrar, emocionarse, apasionarse y disfrutar del intento del ser humano por superar sus límites. Más lejos, más alto, más fuerte, como reza el lema propuesto por el padre de los Juegos, el Barón Pierre de Coubertin. Un megaevento que pasó por Sudamérica y ahora emprende un largo viaje hasta el otro lado del mundo. Tan cerca y tan lejos a la vez.