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Río 2016: los juegos del impeachment

Los Juegos Olímpicos llegan por primera vez a Sudamérica. Pero lejos de los tiempos de bonanza, Río de Janeiro afronta el desafío envuelta en una de las crisis más profundas de la historia de Brasil

por  WALTER BROWN

Jefe de Redacción / wbrown@cronista.com / En Twitter: @wbrown71
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Río 2016: los juegos del impeachment

Los brasileños han trabajado duro durante la última década. Y tenemos una economía fuerte y dinámica que ha superado la crisis que todavía sigue afectando a muchos países... La superación de las dificultades marca la historia reciente de Brasil... Nuestro país se ha ganado su sitio en el mundo, ahora queremos abrir nuestras puertas para que todo el mundo disfrute de esta gran celebración. Rio está lista. Dennos esta oportunidad porque no lo lamentarán". Las palabras de Inacio Lula Da Silva en el Bella Center de Copenhague sonaron cálidas para el casi centenar de miembros con derecho a voto del Comité Olímpico Internacional.

Corría el 2 de octubre de 2009 y Brasil surgía ante el mundo como una potencia en ciernes. Era uno de los gigantes de los BRIC que atraía a los inversores que escapaban de las crisis de Europa y los Estados Unidos. Un país capaz de exhibir el fuerte crecimiento de su clase media y su lugar preponderante entre las economías emergentes como herramientas de seducción para captar la realización de los principales eventos deportivos mundiales.

El 30 de octubre de 2007, el Comité Ejecutivo de la FIFA hizo saltar de alegría a Lula al adjudicarle la sede de la XX Copa Mundial de Fútbol. Y casi dos años después sería el COI el que hiciera estrecharse al por entonces presidente de Brasil en un emocionado abrazo con un ícono del deporte de su país, el rey Pelé. Por encima de Madrid, Tokio y Chicago, Río de Janeiro era elegida para albergar a los XXVIII Juegos Olímpicos de la era moderna. Después de seis intentos frustrados, finalmente la Cidade Maravilhosa se convertiría a partir del 5 de agosto próximo en la sede de los primeros JJ.OO. de Sudamérica y Lula prometía que serían "los mejores de la historia".

Pero el tiempo pasó y la realidad del país dio un vuelco de 180 grados. Hoy, a diez días de que se encienda el pebetero en la ceremonia inaugural y a solo ocho de que comience formalmente la actividad olímpica con el torneo de fútbol, Brasil se encuentra sumergida en una crisis política y socioeconómica de proporciones históricas, que arrasó con el gobierno del Partido de los Trabajadores, incluida la presidenta Dilma Rousseff y el propio Lula Da Silva, junto a gran parte de la clase dirigente e importantes empresarios.

El crecimiento del 7,5% del Producto Interno Bruto que ostentó en 2010 dio paso a una etapa recesiva que mostró en el primer trimestre de este año una contracción de 5,4% en la economía. El precio del petróleo se hundió y con él se sumergió la etapa de bonanza. Se derrumbó la balanza comercial, cayeron la industria y el consumo, el desempleo trepó hasta 11,2%, la inflación alcanzó los dos dígitos y los números se pusieron en rojo hasta proyectar un déficit de u$s 47.000 millones para 2016.

El propio Estado de Río de Janeiro, que en 2008 brindó exenciones impositivas millonarias para sortear la crisis mundial y mantener activa a la industria, espera para este año un déficit de más de u$s 5500 millones y ya se declaró en "estado de calamidad pública", hecho que derivó en la decisión del gobierno central de postergarle hasta 2017 el pago de deudas, estimadas en u$s 20.000 millones, y en un envío anticipado de u$s 30 millones por parte del COI para terminar las obras pendientes. Con ello, se buscó liberar fondos para que el gobernador Fernando Dornelles pudiera pagar en tiempo y forma los salarios públicos y calmar así la protesta social que se mantiene caliente desde la suspensión de Rousseff.

La jefa de Estado fue separada de su cargo el 12 de mayo pasado por un lapso de 180 días, acusada de violar la ley presupuestaria y la de probidad administrativa por "dibujar" los números fiscales. La decisión fue adoptada por el Congreso tras aprobar la puesta en marcha del impeachment contra la mandataria, en medio de un escándalo de corrupción por la denominada Operación Lava Jato (ver aparte) que salpica a casi todo el arco político, incluido el vicepresidente Michel Temer, quien quedó a cargo del Ejecutivo. La situación alteró aún más el clima de una sociedad que venía cargando con el peso de la recesión y que necesita, imperiosamente, un poco de sosiego. En esa línea, el actual gobierno cursó una invitación a Lula y reservó un lugar especial a Dilma en el estadio para asistir a la inauguración de Río 2016, justo 24 horas antes de que una comisión del Senado defina si recomienda al cuerpo parlamentario avanzar en el paso final de un proceso que se espera esté definido durante la cita olímpica.

Los Juegos tuvieron origen en el año 776 Antes de Cristo y se desarrollaron durante casi mil años en la antigua Grecia. Pero su realización sólo pudo llevarse a cabo gracias a un tratado que se firmó en el 864 AC. Se trató de la Tregua Sagrada, que impedía las guerras y conflictos mientras se celebraba el evento deportivo. Tal vez como en Olimpia, Río de Janeiro no solo sea el mes próximo el lugar donde 10.500 atletas buscarán alcanzar la gloria. Quizá sea también el punto de encuentro en el que una tregua olímpica le permita a la sociedad reponerse de la adversidad y dar una mejor cara ante el medio millón de turistas que asistirá a las pruebas o los miles de millones que los verán por televisión e Internet en el mundo entero. Más allá de las crisis y del impeachment.