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Alimentos: Ante el desafío de más con menos

El cambio climático y el reto de alimentar a una población que, se estima, llegará a las 10.000 millones de personas para 2050, impone exigencias y restricciones a la producción de alimentos, que implican incrementar los rendimientos mientras se minimiza la cantidad de recursos utilizados.

Alimentos: Ante el desafío de más con menos

La producción de alimentos se encuentra ante una encrucijada. Las 10.000 millones de personas que, según la FAO, habitarán el planeta para 2050 suponen que esta debe expandirse cualitativa y cuantitativamente, aumentando -estiman- un 60% para garantizar la seguridad alimentaria mundial. Pero, el cambio climático no solo complica esta labor, sino que le exige economizar los recursos que utiliza, en línea con los esfuerzos tendientes a evitar que el aumento de la temperatura supere los 2°C para fin de siglo (siendo que este ya se registra en 1°C).

"Si somos más y el clima del mundo se está degradando, hay que buscar soluciones: producir más con menor impacto ambiental", resume Marco Marzano de Marinis, secretario General de la Organización Mundial de Agricultores (OMA), en diálogo con El Cronista, tras participar de la jornada "La producción de alimentos y el cambio climático" que se realizó en el marco de la 130° Exposición de Ganadería, Agricultura e Industria Internacional.

También presente en el evento, Henning Steinfeld, jefe de Unidad de Información, Análisis y Políticas del Sector Ganadero de la FAO, coincide. “La agricultura necesita adaptarse al cambio climático, pero la mejor forma para ello es hacerla más eficiente y robusta, llevando a que utilice los recursos de forma más eficiente y sustentable”, son las palabras con las que describe la coyuntura. Así, el desafío de cara al futuro parece claro: “Asegurarnos de usar nuestros recursos de un modo más responsable, mientras producimos más”.

En este uso más eficiente de recursos, a su vez, se incluye el suelo, que perfila a convertirse también él en un bien escaso. “Tenemos una situación en que los recursos para producir alimentos se están volviendo más y más escasos; la tierra se está volviendo escasa, no tanto en América latina pero sí en Asia y África, en donde no hay suficiente tierra para producir lo que se necesita; y lo mismo sucede con el agua”, apunta el experto.

A ello se suma, en opinión de Celina Kaseta, Sustainable Productivity manager de Syngenta, un crecimiento urbano que se dará en detrimento del rural, despoblando al segundo para expandir la superficie territorial que ocupa el primero. “Además de perder mano de obra que trabaja en la agricultura y en el campo, el crecimiento poblacional de las ciudades va a ocupar más lugar físico, y va a dejar menos tierras para cultivos y ganadería”, reflexiona. Y remata: “El desafío no es solo hacer un uso más eficiente de los recursos, sino aumentar la productividad por hectárea”.

De lo general a lo particular

Ahora bien, lo que hasta aquí se describe es el panorama global en el que, en la actualidad, debe contextualizarse a la producción de alimentos. En el caso de la Argentina, contrario a lo que sucede en otros lares, apunta Miguel Taboada, director del Instituto de Suelos del Instituto Nacional de Tecnología Agropecuaria (INTA), el problema de la seguridad alimentaria “no pasa por la tierra o por la producción”, dado que “se está produciendo para más que población local”, como evidencia el perfil exportador que tiene el sector agropecuario nacional. “La seguridad alimentaria no es sólo la producción de alimentos sanos, sino también su disponibilidad. Hoy por hoy, en el país, esta no está limitada por la producción sino por el acceso, que es un tema social y económico”, puntualiza.

Si bien el cambio climático es responsable de aumentos de la temperatura, que, en muchas zonas, hace que sea menor la cantidad de carbono que se puede secuestrar en los suelos, para el especialista es difícil separar sus efectos de los que provienen de las prácticas locales de uso de los suelos, y saber qué responde a qué al final de cuentas. De todos modos, no duda en afirmar que “los problemas de la Argentina están más relacionados con el modelo productivo” que con dicho fenómeno. Aquí deben incluirse la simplificación de la canasta de cultivos que se produce -que llevó a que 60% del suelo bajo producción haya estado dedicado a la soja durante 2015 (algo que, al parecer, estaría cambiando este año)-, la pérdida de suelos por erosión o su salinización, y el avance de suelos frágiles con agricultura.

La economía de los recursos

Con estas alertas rojas ya encendidas, y entendiendo los riesgos que estas pueden implicar para la sostenibilidad de sus negocios, la premisa más (producción) por menos (recursos) está comenzando a ser tomada por diversas empresas del sector.

La mencionada Syngenta es una de las que viró su estrategia en esta dirección, apoyando sus bases en diversos pilares, según describe Kaseta. Uno de ellos es el de la productividad, a partir del cual, dos años atrás se comprometió a “aumentar en un 20% la productividad de los principales cultivos para 2020, pero con un uso eficiente de los recursos”.

Para la medición de estas variables, la semillera invitó a clientes (fueron 1.100 en 2015) a someterse voluntariamente a una encuestadora que mide diversos indicadores (semillas utilizadas, aplicaciones realizadas y agua consumida, entre otros) una o dos veces al año, y eso se contrasta con otro grupo de productores, que no son clientes y no están dentro del programa, a modo de benchmark. En el país, cuenta la ejecutiva, el objetivo se traduce en 20% para soja y maíz, 15% para cereales y 10% para girasol.

Otro de los pilares se asienta en lo ambiental, con foco en suelos y biodiversidad. En el primer caso, Syngenta se propuso trabajar para mejorar la fertilidad y tener un impacto positivo en 10 millones de hectáreas a nivel mundial para 2020, un millón de las cuales se encuentra en la Argentina. En el segundo, el objetivo mundial es abarcar 5 millones de hectáreas y, el local, llegar a 50 áreas que tengan hábitats de biodiversidad. Entre las iniciativas que aquí se consideran, se incluyen, por ejemplo, que no haya monocultivo; agro-forestry, esto es, la convivencia de la agricultura con los bosques; y existencia de márgenes multifuncionales, en donde “la idea es que, en bordes o a los costados del alambrado, salgan pasturas, yuyos o florcitas nativas para promover que los insectos puedan tener un espacio donde resguardarse y alimentarse”.

Es también en la biodiversidad en donde se vuelcan algunos de los once parámetros del Código de Agricultura Sustentable que desarrolló Unilever algunos años atrás. “Dos tercios de lo que la empresa consume se produce en el campo”, apunta Marcelo Rivera, ingeniero agrónomo de la planta que la anglo-holandesa posee en Mendoza. “El código es un sistema de gestión con el cual el productor tiene que ir adecuando su actividad para que su negocio se mantenga en el tiempo. Algunos son netamente agronómicos, como fertilizantes, otros de medioambiente, como la basura. Hay otros que son de biodiversidad”, explica.

En este sentido, el código pide a cada productor que tenga una iniciativa -que no necesita ser de gran escala- de biodiversidad, con el fin de crear conciencia. Una de las que se realizan localmente, describe Rivera, trabaja en la conservación de lechuzas, a través de la colocación de dos palos en cruz, de tres metros de alto. Sucede que, en algunas zonas en donde se talaron árboles para favorecer el cultivo, estos animales rapaces habían perdido su lugar privilegiado en las alturas, desde donde mirar el campo y cazar. A partir de esta simple iniciativa, las lechuzas volvieron al campo del productor.

Ello se suma a iniciativas relacionadas a la eficiencia en el uso de recursos para la producción, como sucede con el riego por goteo, una metodología de preservación del agua que resulta fundamental en una zona, como Mendoza, en donde solo llueven 200 milímetros al año. "Imaginate surquitos de plantas de tomate, una manguera con perforaciones en cada planta, en que va mojando gotita por gotita el suelo. Es muy regulado, tirando dos litros de agua por hora", grafica Rivera. Este sistema, que ya está presente en al menos 30% de las 450-500 hectáreas en que se despliegan, hoy, los cultivos de los que se provee Unilever, implica un ahorro del 30 al 40% en el uso del recurso hídrico, al tiempo que "la producción aumentó, como mínimo, un 25%".

En dieta franca

Conservar, preservar, ahorrar. La agricultura, como se dijo, necesita adaptarse al cambio climático, no solo para poder ofrecer sostenibilidad a sus productores, sino también para garantizar la seguridad alimentaria de miles de millones de personas en el mundo. Pero también debe mitigarlo. ¿Qué implica esto? En palabras de Taboada: "Mitigar es como hacer dieta. O reduzco las fuentes que son los elementos de emisión, o aumento o preservo los sumideros de carbono. ¿Cuáles son las fuentes de emisión? Quema de combustibles fósiles, cambios de uso de la tierra…"
 

Ledesma es una de las firmas que busca avanzar en este desafío a través de, entre otras acciones, la reducción de sus emisiones de gases de efecto invernadero (GEI), 22% de las cuales son aportadas por su producción agrícola. Para ello, desde 2007 implementa el Inventario de GEI del Complejo Agroindustrial Ledesma (CAL), que contabiliza tanto las actividades del lugar como las indirectas (transporte de materias primas y productos, y gestión de residuos, por citas ejemplos). Gracias a ello, y a las medidas que fueron aplicadas a partir de entonces, la jujeña redujo sus emisiones totales en 18%.

Una de las iniciativas que han colaborado en la consecución de dicho logro es el proyecto "Gas Cero", por el cual aspira a reemplazar, en forma creciente, su consumo de gas. "No implica cero gas, sino un consumo de gas a futuro en el cual Ledesma en ningún momento ponga en riesgo sus procesos productivos. O sea, que estemos con un tenor de consumo que siempre le permita, con su propia autogeneración, salvar los déficits que hubiera", cuenta Miguel Ullivarri, gerente de Medioambiente de la compañía.

Las obras comenzaron en 2010. Primero se integraron 14 mil toneladas de biomasa al sistema, 44 mil fueron en 2011, 60 mil en 2012 y una cantidad similar un año después. La meta es alcanzar hasta 140-160 mil toneladas. De este modo, la matriz energética de la papelera, hoy, está integrada en más de 40% por fuentes renovables.