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Jueves 4.1.2018
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Por las huellas de la Ciudad

La 5° edición de Open House Buenos Aires abrió al público tesoros arquitectónicos: desde un viejo monasterio en Belgrano hasta un departamento de los años 40 con comodidades modernas.

Por las huellas de la Ciudad

El último fin de semana de octubre se llevó a cabo la quinta edición de Open House, un evento organizado por la agrupación Cohabitar Urbano, que propone dar a conocer la riqueza arquitectónica de la ciudad de Buenos Aires. Durante las dos jornadas en las que se desarrolló el evento, miles de personas pudieron recorrer los más de 100 edificios que abrieron sus puertas al público.

Como en ediciones anteriores, fueron parte del evento edificios públicos y privados de gran valor patrimonial a los que habitualmente no se puede ingresar libremente. Acercarlos a la propia experiencia de quienes conviven en el barrio o transitan la ciudad a diario es una forma de aprender a valorarlos y apreciarlos, según quienes organizan este evento.

La lista incluyó el Palacio Barolo, el Centro Cultural Kirchner, el Teatro Colón, y el edificio del diario La Prensa, y también edificios residenciales como Los Eucaliptus en Belgrano, Casa Scout en Palermo, o el edificio de renta "Bencich" en pleno centro. También participaron estudios de artistas, como Bubble Studios en La Paternal, o "Casa O", una casa histórica convertida en atelier.

El recorrido podía comenzar en cualquier esquina o barrio. La Abadía, Centro de Arte y Estudios Latinoamericanos, en Luis María Campos y Gorostiaga fue uno de los elegidos por el peso de su historia, que data de cuando aún se lo conocía como el antiguo Monasterio de San Benito.

El imponente edificio comenzó su construcción en 1924 para albergar a un grupo de monjes benedictinos de semi-clausura con voto de silencio. Durante 40 años, los monjes fueron edificando este espacio tomando como modelo una abadía española. El original tiene forma de cuadrado, pero su versión porteña tomó la forma de una letra ele, ya que quedó a medio construir. La fisionomía y la dinámica de la zona fueron cambiando durante los años y el barrio dejó de ser el sitio de retiro que buscaban los monjes, por lo que se trasladaron a Luján en los 70.

En 2014 el edificio fue puesto en valor para su funcionamiento, a través de una minuciosa tarea de re funcionalización que respetó el patrimonio arquitectónico. Hoy cuenta con cinco salas para exhibiciones artísticas, un auditorio para 120 personas, una biblioteca y ofrece ciclos de cursos y talleres, además de contar con una orquesta infantil. Una visita por sus tres pisos permite apreciar la convivencia entre las huellas de su historia y sus usos más modernos. Además de la estructura arquitectónica -que se conservó intacta- el espíritu del lugar está presente en cada ambiente.

Dos espacios llaman la atención especialmente. El patio central, donde los monjes solían tener sus momentos de encuentro y esparcimiento rodeados de galerías y árboles, cuenta con un diseño del prestigioso paisajista Carlos Thays y aún mantiene su esencia, con árboles como el alcanfor o la magnolia, que datan desde el momento de la fundación de la abadía. El auditorio también gana protagonismo. Allí estaba el comedor donde los monjes almorzaban y cenaban mientras compartían lecturas religiosas.

Tipologías y modos de vivir

El Pasaje Arribeños, entre Olazábal y Blanco Encalada, también fue parte del evento. Quien haya pasado por la entrada seguro se habrá tentado a curiosear dentro de este atractivo conjunto de estilo colonial que reúne 19 viviendas en planta baja en torno a un peculiar pasaje de acceso restringido. Con un patio central que recorre a lo largo las dos filas de departamentos con fachadas de pintorescos azulejos y terminaciones de estilo morisco, es una de las joyitas del barrio.

 

El edificio data de 1927 y fue hecho por encargo, con un estilo colonial, durante la primera etapa del estudio de los arquitectos Birabén y Lacalle Alonso, quienes luego adoptarían un lenguaje más moderno y racionalista para sus obras.

Cada departamento cuenta con cinco ambientes aproximadamente. Algunos mantienen sus características originales, y otros fueron retocados. La casa que se abrió para visitas funciona como residencia y taller, y su dueño, quien recibió a los invitados, cuenta que vive en el pasaje desde la infancia. La tipología, con su patio central compartido propicia el encuentro: todos los vecinos se conocen, y existen lazos de solidaridad, como en los vecindarios de otros tiempos.

Una de las particularidades de este edificio es que se construyó en dos etapas: el ala derecha es más antigua y cuenta con carpintería de madera, mientras que la izquierda fue resuelta con elementos metálicos. A pesar de estas diferencias, la contundente imagen de conjunto no se vio alterada.

Racionalidad y eficiencia

La sustentabilidad y la eficacia en el uso de recursos y espacios -en el centro del debate en la actualidad- no es una preocupación nueva para los arquitectos. El edificio Olazábal 1961 -una de las perlitas que se pudieron recorrer en esta edición- da cuenta de esto. Se trata de un edificio de estilo racionalista, construido en 1946 por Ferrari Hardoy, responsables del edificio Los Eucaliptus, que también se pudo visitar, en Virrey del Pino y Avenida Cabildo.

Con cinco viviendas distribuidas en tres pisos, Olazábal 1961 es un claro exponente de la arquitectura moderna que se desarrolló durante los años 30 y 40, en donde se buscaba una renovación en las formas de habitar los espacios. Allí se pueden encontrar espacios capaces de adaptarse a los usuarios y transformar sus usos de diferentes maneras a través del tiempo, con puertas y paredes corredizas, por ejemplo. Además, cumple a la perfección con los postulados modernos de asoleamiento, ventilación cruzada, economía de materiales, relación con el verde y adaptabilidad.

El departamento que se mostraba en Open House es el más pequeño dentro del edificio, con 110 metros cuadrados. Como una postal que invita a viajar en el tiempo, conserva muebles y pisos originales. La falta de ornamento -no tiene molduras ni ornamentación- y la espacialidad en placares y áreas superiores permiten imaginar diversos modos de habitar de aquellos años.

Quizás uno de los mayores méritos de este verdadero festival de arquitectura es la oportunidad de recorrer la ciudad con ojos de turista, y animarse a apreciar el enorme patrimonio que muchas veces se recorre a diario sin darse cuenta.