Por la pandemia, un circo centenario montó un foodtruck y apuesta al delivery

El Circo Roland llenaba una carpa de 1200 butacas. Para paliar la crisis, montó un foodtruck y apuesta al delivery

Por la pandemia, un circo centenario montó un foodtruck y apuesta al delivery

"El que nace en el circo, muere en el circo", sentencia Agustín Salvador, cuarta generación de familia de circense, quien hace 20 años nació en el Circo Roland y hoy es el dueño de todas las risas que brotan bajo su carpa para 1200 personas "comodamente sentadas". O al menos que brotaban hasta la llegada de la cuarentena, "para colmo la última función, llovió", agrega el interprete del payaso principal. Así recuerda su actuación final en el pueblito de Mattaldi, bien al sur en la provincia de Córdoba un lluvioso 8 de marzo. Allí los sorprendió las restricciones por el covid19 y allí tuvieron que reinventarse.

Pero la historia empieza un siglo atrás, huyendo de la primera guerra mundial, llega desde Rumania el bisabuelo de Agustín, Miguel Salvador. Desembarcaron en Colombia, armaron sus primeras carpas en Brasil y terminaron fundando en Argentina el Circo Rumano. "En esa época el espectáculo incluía muchos animales y hasta obras de teatro, como Juan Moreira", relata Salvador, hijo del actual director. "Ya con la muerte de mi abuelo, Rolando Salvador, le pusimos su nombre, él marcó el cierre de una etapa".

Hace ya una década que no se permite los animales en el circo. Osos, tigres y monos quedaron en un zoológico de La Rioja, mientras el Circo Roland mutaba a nuevas formas de entretenimiento. "Ahí nos tuvimos que reinventar", relata Salvador "hoy el circo copia lo que es la televisión, un estilo el Cirque du Solei. Tenemos todo: led, luces robóticas, pantalla gigante; pero mantenemos la tradición del payaso y los trapecistas. El circo es el único espectáculo para toda la familia, está pensado para el nene y también para el abuelo", agrega y ya dan ganas de sacar una entrada.

Trapecistas, malabaristas, acróbatas en cama elástica, péndulo de la muerte, motociclistas sobre el cable de acero, contorsionistas, bailarinas y, por supuesto, payasos. "Ser payaso es lo más difícil del circo", defiende su oficio Salvador. "Todo lo otro se practica, pero hacer reír es lo más delicado. El locutor puede pedir el aplauso y hasta por respeto, el público responde, pero no podés pedir las risas, esas salen del alma".

Sin embargo en Mattaldi la boletería está cerrada. Venían con buenos resultados, luego de una temporada de vacaciones de invierno con 30.000 espectadores, "esas semanas son lo mejor del año para nosotros", explica Agustín, con entradas de $ 100 a $ 300 "buscamos ser accesibles a todos los públicos". En Florencio Varela habían logrado colmar las 1200 butacas. Solo detuvieron el espectáculo, como cada temporada, para navidad y año nuevo, y entraban en el 2020 con expectativas. Jamás imaginaron, en un siglo de historia, que no habría función. "Este año ya está perdido", asegura Salvador "con mucho esfuerzo pudimos reubicarnos, no vamos a arriesgar a abrir las funciones hasta que todo esto no haya pasado".

LA REINVENCIÓN

Es que luego del cimbronazo inicial, había que buscar una salida. "A las pocas semanas nos empezamos a quedar sin recursos, pero la gente fue muy solidaria", reconoce Agustín "y no me da vergüenza decirlo: tuvimos que salir a pedir alimentos. Se enteraron pueblos vecinos y también nos ayudaron". Cuando todos fueron descubriendo que la cuarentena no serían algunas semanas, sino meses, el plan cambió. "En el circo somos gente laburadora, no queríamos quedarnos de brazos cruzados así que fuimos a hablar a la municipalidad y nos dieron permiso para trabajar".

Así, el payaso se convirtió en parquero de una casa, Fernando que ejecutaba el péndulo de la muerte ahora es herrero, Emanuel, el equilibrista encontró trabajo en el campo, el director del circo dejó la batuta, agarró la manguera y ahora lava autos. "Mi novia Camila (cuarta generación de circo), que es contorsionista está dando clases de elongación", agrega Agustín "y mi cuñada que era bailarina, cocina en el food tracks y entrega por delivery".

"Por suerte nos sucedió acá", muestra el vaso medio lleno Salvador "si nos pasaba en el gran Buenos Aires estaríamos mucho más limitados". Acá es Mattaldi, un pueblo de ocho cuadras de ancho por seis de largo que no se achica y hasta tiene su propia Avenida Circunvalación. Y si bien quizás tengan que invitar gente de afuera para llenar la carpa de 1200 localidades, sus habitantes le dejaron una huella al Circo Roland grabada contra el olvido. "Viste que siempre se dice: no se olviden de este pueblo", afirma Agustín "bueno, de la gratitud de este pueblo, sí que no nos vamos a olvidar nunca más".

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