Proyectos y retos de emprendedores venezolanos

Entre 2009 y 2018 llegaron a la Argentina más de 130.000 ciudadanos de la República Bolivariana y la ciudad de Buenos Aires se nutrió de emprendimientos con sello caribeño. Cómo aprendieron a lidiar con un contexto complejo.

Proyectos y retos de emprendedores venezolanos

Empujados por la crisis, miles de venezolanos decidieron dejar su país para buscar un futuro mejor. En la última década Argentina se transformó en el destino de muchos de ellos. Según datos de Migraciones, entre 2009 y 2018 llegaron más de 130 mil ciudadanos de la República Bolivariana: la mitad de ellos arribó durante el año pasado, superando en número incluso a los migrantes paraguayos y bolivianos. Así es que resulta corriente observar en las calles de Buenos Aires distintos emprendimientos llevados a cabo por ciudadanos del país caribeño. Más allá del esfuerzo y el ingenio que dedican a sus negocios, deben lidiar con un contexto económico complejo y en algunos casos la devaluación impacta a la hora de adquirir insumos importados para sus productos.

Moises Dagüi llegó a Argentina en 2011. En Venezuela estudió administración hotelera, hizo pasantías en Estados Unidos y trabajó en un restaurante de una estrella Michelin en Italia. Es el dueño de Vino Tinto Cocina Andante, una rotisería gourmet ubicada en Palermo. "Empecé a trabajar en un restaurante. Después tenía clientes a los que iba a cocinarles a sus casas y hacía catering para fiestas. Mientras tanto, hacía pasta para vender en restaurantes. Uno de los dueños de esos locales me dijo de asociarnos y empezamos a delinear el menú de lo que hoy es Vino Tinto", aseguró Dagüi, quien recordó cómo fue emprender el negocio: "Para abrir la rotisería invertimos unos u$s 20.000, mitad y mitad. Pero con el tiempo, mi socio se abrió y hace cuatro años me quedé solo con lo que hoy es Vino Tinto".

Lo innovador de su menú es lo que destaca a Vino Tinto Cocina Andante. "Es como una rotisería, pero que ofrece cosas diferentes. Es decir que no vendemos puré con milanesa. Por ejemplo, tenemos una heladera con productos cerrados al vacío: te los llevás, los hervís y está como recién hecho. Lo llamo la máquina del tiempo, porque una bondiola que se cocina por tres horas, es como si la hicieras en siete minutos. Cuesta $190, con guarnición", sostuvo Dagüi, quien más allá de las complicaciones de la situación económica actual, planea expandir su negocio: "El mes que viene vamos a abrir otra sucursal en Humboldt y Soler. Tengo un socio inversor argentino. Por la situación económica actual, la ganancia bajó un poco, pero la facturación se sigue manteniendo. Eso es importante. Renunciar al "profit" de vez en cuando está bien. Lo hablo mucho con los proveedores, a veces tienen que resignar. En algunas ocasiones tenemos que absolver el golpe y proyectarnos". Su comercio tiene cuatro empleados y, asegura, prefiere que el cliente gaste en todo un mes "lo que en otro restaurante gastaría en un día". "Prefiero pensar en mantener la cantidad de personas y no en hacerme millonario en un día", concluyó.

Ramón García, que llegó a Argentina hace casi ocho años, comenzó su negocio en familia y hoy dirige La Carbonera, un restaurante que ofrece empanadas venezolanas en Palermo. "Empezamos en familia. Mi cuñado, el hermano de mi esposa, es odontólogo y migró para acá. Yo tenía unos ahorros y pedimos prestado algo dinero al papá de mi esposa. Con eso arrancamos. No era una suma para estar holgados, debían ser u$s 30.000 a finales de 2014. Al principio éramos cuatro, sin empleados. Hacíamos asado, pero como no nos alcanzaba para comprar un extractor de aire, la gente no volvía porque el olor se tornaba una molestia. Entonces decidimos sacar el asado del menú y se vino a pique todo", rememoró García, quien le cambió el sentido a su negocio para vender las típicas empanadas venezolanas, que atraen tanto a sus compatriotas como a argentinos: "Después mi cuñado se retiró. Quedamos mi esposa y yo, la remamos. El año pasado fue muy bueno. Cambiamos de concepto, una nueva imagen, otros productos. Y así puedo ir pagando las obligaciones, cancelando créditos con proveedores y demás". Sin embargo, 2019 comenzó con un panorama complejo. "Nos cuesta empezar el año. Desde enero están aumentando las carnes y los quesos de manera semanal. No se puede trasladar todo al precio final. He tratado de mantener los valores, pero hice dos aumentos. Los meses buenos, como diciembre, daba para pagar todas las obligaciones y quedaba algo de ganancia. Estos meses no rindió tanto, diría que terminamos empatados", remató García, quien antes de abrir su propio negocio tuvo sus incursiones en la gastronomía como empleado, encargado en una pizzería y en una parrilla.

En la esquina de Thames y Soler se encuentra Donuts Therapy. Desde allí Gustavo Castillo vende las clásicas rosquillas que son furor en Estados Unidos y que, asegura, se ganan de a poco un lugar entre los porteños. "Hace ocho años llegué a Argentina. Soy cocinero y el tema de las donuts surgió porque quería salir de la cocina profesional, donde las cargas horarias son muy altas. No es algo que planificamos, simplemente me puse a hacer donuts un día que estaba deprimido, e incluso me salieron feas. Después seguí intentando y un amigo me dijo que teníamos que vender. Empezamos a hacer y las vendíamos en cajas de vino, a amigos. Después las publicamos en Facebook, la gente pasaba a buscarlas por casa. Eso creció, nos contactamos con cafés de Palermo y nos dieron la oportunidad de vender afuera de los locales: estuvimos un año y medio vendiendo en la calle", sostuvo Castillo, quien luego pudo abrir su propio local: "Nos juntamos con mi socio e intentamos poner el negocio porque el producto estaba bueno. La calle se ponía a full cuando vendíamos. Hace siete meses que abrimos. Alquilamos un local y dos inversionistas, que son amigos, quisieron apoyarnos".

Castillo sostiene que la situación actual hace que su negocio sea "un reto diario" y que la suba del dólar complicó las cosas, ya que muchos de los productos que utiliza para hacer los donuts, como el jarabe o las "chispitas", son importados. "Si en un primer momento pensábamos recuperar la inversión en un año, quizá tardemos tres. Dependemos de muchos factores", señaló Castillo, quien agregó: "La gente aceptó muy bien al producto. Buenos Aires no es el mismo de antes. Ahora consigues harina pan, cilantro. La Ciudad está más abierta a otros productos. Otros lo intentaron, Dunkin Donuts estuvo un poco tiempo y luego cerró. Aquí está el concepto de la factura, pero nosotros rompemos con la idea de estilo americano. Nuestras donuts son manuales, nada de máquinas. Y, la verdad es que nos va bien: llegamos a vender hasta 900 donuts por día un fin de semana". En ocasiones, es común ver fila de gente esperando para realizar el pedido y el horario de cierre del local es a las 19.30 (o cuando se "agotan" los donuts).

Si bien los locales gastronómicos predominan el mapa de los emprendimientos venezolanos en Buenos Aires, éstos sólo son un botón de muestra. La página Cuáles Cambures ofrece una especie de "catálogo" con todos los negocios de ciudadanos del país caribeño en estas tierras y aseguraron que hoy en día hay 400. Allí es posible encontrar lugares para comer las clásicas arepas hasta peluquerías, centros de ortodoncia, alquiler de cabinas para fotos en fiestas o una guardería canina.

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