El negocio del sexo: juguetes, sex shops y secretos de hotel

Entre prejuicios y pudores, los negocios relacionados a la vida sexual hacen de la discreción su mejor estrategia de marketing. Dueños de fábricas de juguetes, sex shops y hoteles alojamiento cuentan los secretos de las ventas y los pedidos de clientes.

Entre prejuicios y pudores, los negocios relacionados a la vida sexual hacen de la discreción su mejor estrategia de marketing.

Entre prejuicios y pudores, los negocios relacionados a la vida sexual hacen de la discreción su mejor estrategia de marketing.

Cuando Laura Galanterni estaba en la primaria, por los años ’80, su papá Julio fabricaba juguetes de plástico para niños. Muñecas, patitos de hule para la bañadera, nada que no pudiera comentar orgullosa en el colegio. Llegaron los ’90, el “1 a 1”, la apertura de importaciones y Proviplast, la empresa que Laura y su hermano Federico dirigirían un día, quebró. Fue entonces cuando don Julio decidió dar un volantazo y apostar a los juguetes, pero para adultos.

“El cambio de rubro fue por una cuestión económica. Como lo que fabricábamos ya no era rentable, mi papá se asesoró sobre qué otras cosas podíamos fabricar con las maquinarias que teníamos, y vio que el mercado de juguetes sexuales no estaba muy explotado y no se importaban muchos”, explica Laura Galanterni, hoy gerenta de Proviplast.

En poco tiempo, las cintas transportadoras cambiaron las muñecas y los patitos de baño por consoladores en forma de miembros masculinos, estimuladores vaginales y anillos vibradores. Los números de la empresa comenzaron a repuntar hasta consolidar a Proviplast como referente nacional de la industria de los sex toys. En la actualidad, fabrican más de 10.000 juguetes sexuales al año y tienen clientes en todo el país.

“El rubro creció mucho, sobre todo, en la última década. Antes éramos solo dos fabricantes y ahora hay más competencia, pero también aumentó el número de sex shops y, con eso, se mantuvo la demanda”, comenta Galanterni, quien asegura que sus ventas se duplicaron desde 2007.

Acostumbrada a que las caras de sus interlocutores varíen entre el espanto, el desagrado y el pudor al hablar sobre la actividad familiar, afirma que, en los últimos años, vio un “cambio enorme” en la reacción de la gente, y lo adjudica a la naturalidad con la que se habla de vibradores en series y televisión. “Antes, no quería contar mucho qué fabricaba la empresa de mi familia porque algunas personas se escandalizaban”, cuenta la menor de los hermanos Galanterni. Y continúa: “Ahora me preguntan, quieren conocer más y se entiende que son productos para todos, para mejorar, no para competir”.

Dentro del mercado de los juguetes para el placer, hay también quienes buscan escapar del estereotipo del lugar de aire clandestino y escondido, y apuestan por el marketing del anti-tabú. 

En cuanto a la forma de llegar a sus clientes, la ejecutiva comenta que envían periódicamente un newsletter con novedades e invierten en Google para estar bien posicionados en las búsquedas.

Luego de la recuperación económica, la empresa familiar volvió a fabricar juguetes para niños y esa, señala, es una de las garantías que dan a sus clientes respecto de los materiales utilizados, ya que todo está libre de ftalato, químico peligroso presente en algunos productos de plástico.

La mejor estrategia de marketing

Como Proviplast, las fábricas de juguetes sexuales venden sus stocks a los sex shops, que son los que acercan el producto al consumidor particular.

Tener un local en el primer piso de una galería raramente transitada no funciona para la mayoría de los comercios pero, para Hernán Pillet, dueño de Tabú, es la mejor estrategia de marketing que puede existir. “Es fundamental mantener la privacidad del cliente. Vienen, miran. Si me consultan, explico y, sino, no molesto”, explica quien desde 2006 dirige este negocio ubicado en el barrio de Caballito.

Entre lencería erótica femenina y masculina, pelucas, consoladores, disfraces de colegiala, suspensores, zapatos eróticos y anillos estimuladores, Pillet señala que su acercamiento al rubro fue por la estabilidad económica que este le prometía. “Me contaron que el margen de ganancia que dejaba el sex shop era interesante. En ese momento, un vibrador se compraba a $ 25 y se vendía a $ 75. Hoy, con la inflación, los precios subieron, pero ese margen se mantiene”, apunta. Desde que arrancó, detalla, su negocio siempre “creció o se mantuvo”. Más allá de la privacidad que garantiza el local, las bondades del rubro permiten que las ventas no dependan únicamente de la cantidad de gente que entra, ya que el grueso de la clientela lo ubica vía Internet. Para mantener esto, invierte en publicidad de Google y MercadoLibre.

Si bien no tiene un número específico de curiosos, cuenta que recientemente tuvo que cambiar el hosting de la página web de Tabú por haber excedido la cantidad de visitas. De los que entran al sitio, por mes lo contactan unos 300. Por otro lado, recibe alrededor de cinco llamados o mensajes de WhatsApp por día con consultas, sean de Buenos Aires o del resto del país. “El público es amplio, no es lo que piensa la gente. Antes me preguntaban si solo vendía a público gay, no se sabía de qué se trataba esto”, cuenta Pillet. Y agrega: “Ahora cambió la visión y ya no parece tan raro tener un sex shop. Vienen muchos por despedidas de solteros, por ejemplo”.

El mercado de los juguetes y accesorios para la vida sexual gana cada vez más público argentino.

Para él, en lo personal, llevar adelante este comercio no tiene nada fuera de lo común. “Ya tuve un kiosco y no veo tanta diferencia. Este es un negocio como cualquier otro: tenés que reponer mercadería y los impuestos son los mismos”, finaliza.

Generar algo diferente

Dentro del mercado de los juguetes para el placer, hay también quienes buscan escapar del estereotipo del lugar de aire clandestino y escondido, y apuestan por el marketing del anti-tabú. Elizabeth Arian comenzó con el sex shop Espacio Placer hace 12 años, decidida a “generar algo diferente”. Según plantea la psicopedagoga, este tipo de locales “estaban solo dedicados a lo grotesco y al hombre”.

“No enfoco el mío como un sex shop oscuro. Nunca estuvimos en galerías y debido a eso viene más gente que no se animaría a ir a otros lugares, de la misma forma que me pierdo de quienes buscan ese otro tipo de local”, plantea. Desde otra perspectiva, Arian busca acompañar y asesorar a cada cliente, además de colaborar con profesionales e instituciones de la salud. De cara a la calle Borges, en Palermo, su vidriera en general exhibe solo lencería y, dentro de la tienda, ella o su empleada muestran la variedad de juguetes estimulantes que ofrecen a un público “variadísimo en edades”.

“El 70 por ciento de las ventas son de estimuladores femeninos externos y también se pide mucho lubricantes o geles”, cuenta Arian. “Hoy, las ventas son la mitad por el local y la otra mitad por Internet”, agrega. A través de la red, la dueña del espacio invierte en campañas de publicidad dirigidas a mayores de 25 años.

Luego de más de una década al frente de este proyecto, la emprendedora se muestra satisfecha con los resultados. “Quería encararlo de una forma más profesional y siento que lo logré”, afirma, al tiempo que comenta que, desde sus comienzos, las ventas siempre crecieron, aunque en este último año se mantuvieron estables.

Lugares de tránsito

Mientras el mercado de los juguetes y accesorios para la vida sexual gana cada vez más público argentino, otro rubro históricamente relacionado al placer –y al pudor– enfrenta un panorama diferente. “Los jóvenes ya no vienen tanto al hotel, están más encerrados y, de las 130 parejas que recibíamos en promedio por día hace 10 años, hoy viene la mitad”, explica Raúl Di Lorenzo, gerente de Solos, uno de los 180 albergues transitorios que hay en Buenos Aires, según la Cámara de Propietarios de Alojamientos (Capral).

“En otro momento, formar una sociedad y poner un hotel dejaba mucha ganancia. Hoy, no es así porque la gente no viene y los costos de mantenimiento se dispararon. La boleta de luz subió de $ 3000 a $ 40.000”, confiesa, y detalla que los turnos que más bajaron son los llamados “de trampa”, o sea, mañanas y tardes de lunes a viernes.

Con fachadas discretas en rincones de la ciudad o engalanados por luces de neón a la vera de una autopista, durante años los albergues transitorios se dejaron encontrar en lugares –valga la redundancia– de tránsito.

Con fachadas discretas en rincones de la ciudad o engalanados por luces de neón a la vera de una autopista, durante años los albergues transitorios se dejaron encontrar en lugares –valga la redundancia– de tránsito. Sin embargo, en la última década, estas empresas instalaron su mayor vidriera en la web, por sus propios sitios, por localización de mapas o por “Erógena”, una tarjeta de descuentos exclusiva para “telos”.

Como en la mayoría de los sex shops, la privacidad es la premisa por excelencia en el hotel alojamiento, aunque conservarla implica un operativo mayor. Los únicos que están al frente y cuyos rostros –aunque borrosos y parcos– los clientes ven, son los conserjes. “Ellos hablan lo justo y necesario. Hay caras que uno ya conoce, pero jamás podemos comprometer al cliente”, confiesa Di Lorenzo sobre el hotel que dirige, donde el precio de una habitación con jacuzzi es de $ 500 por un turno de cinco horas durante la semana o por tres horas, los viernes, sábados y domingos.

Mientras tanto, en el detrás de escena, unas 20 personas trabajan en limpieza, lavandería, mantenimiento y administración, realizando todas sus tareas fuera del campo de visión del huésped. “Con la limpieza, el servicio es constante y no se ve. En un hotel de pasajeros, se limpia la habitación una vez por día y nosotros lo hacemos seis por lo menos, que es la rotación promedio. Entonces, es el triple de personal y gastos, porque hay movimiento las 24 horas y roturas de cosas todo el tiempo”, cierra Di Lorenzo. 

En el kiosco, pero hablando bajito

Los kiosqueros y farmacéuticos ya están acostumbrados a que los clientes pidan profilácticos casi susurrando. Atentos a este momento incómodo, las empresas diseñan productos de manera tal que se facilite el proceso de compra. En el caso de Prime, implementan un sistema de números y colores para cada una de sus 16 categorías. “Si un cliente quiere comprar uno de los ‘Retardante’, puede mencionarlo sin decirlo. Dice ‘el celeste’ y no queda expuesto”, explica Ariel Peralta Aliano, Brand manager de Skyn & Prime.

Para acercarse al público con su línea de sex toys, la estrategia consiste en no llamar a estos productos por su nombre. “No usamos la palabra ‘juguete’ o ‘sex toy’, sino ‘kit’”, comenta el ejecutivo, quien explica que siempre se agregan preservativos, geles e información o consejos para potenciar el placer en el estuche y que se trate de un producto “más integral”.

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