Convertir un legado en salida laboral

Emprendedoras que viven en una comuna tucumana donde se tejen randas hace siglos lanzaron a la venta estos productos. Fueron elegidas por Presidencia para confeccionar manteles usados en el G20.

Convertir un legado en salida laboral

Las randas sobreviven al paso del tiempo. Cada pieza es un tejido artesanal de finos hilos de algodón que se teje a mano, en un bastidor casero y con una aguja clásica. La industrialización textil no modificó este pasatiempo colonial que desde el siglo XVI se trasmite entre generaciones en la provincia de Tucumán. Sin embargo, un grupo de amas de casa, comprometidas con la preservación de esta herencia española, hicieron de este oficio femenino una salida laboral.

El Cercado es una comuna rural de unos 1900 habitantes, ubicada a 67 kilómetros de la capital provincial. Allí, las mujeres todavía aprenden esta técnica que se propagó con la llegada de los primeros españoles a la zona. A solo cinco kilómetros se encuentra Ibatín, donde el español Diego de Villarroel fundó la primera ciudad de Tucumán en 1565.

Costumbre colonial

"Desde chiquita, acá aprendés a hacer randas sí o sí, no hay mucha opción", cuenta con humor Gabriela Belmonte. Ella y otras 16 vecinas fundaron Las randeras del Cercado, un grupo que se organizó para producir en conjunto y definir pautas de comercialización para sus tejidos. Fijaron rutinas y se distribuyen los encargos. Son las emprendedoras que la Presidencia de la Nación eligió para la confección de 20 toallas y dos manteles que se usaron durante la cumbre del G20 en Buenos Aires.

Sin abandonar las ventas individuales ni los talleres que dictan en varias ciudades, se reúnen, al menos, unas tres veces por semana. "Hacemos individuales, escarapelas, caminos de mesa, baberos, chales, remeras y chalecos", enumera a El Cronista Pyme Claudia Aybar, la vocera.

Cómo se organizaron

Las randeras adoptaron una organización horizontal e integran a mujeres de cualquier edad. Como premisa, ninguna lidera las jornadas y sostienen que, aunque este legado se convirtió en un ingreso de dinero extra para las familias, la continuidad de esta tradición es prioritaria. Por otro lado, aclaran que no hay precedente en El Cercado de algún hombre que haya incursionado en las randas. Se trata de una costumbre que, por el momento, sigue exclusiva de mujeres.

Aybar asegura que los pedidos son constantes. Los aceptan por Facebook o telefónicamente. "Hay meses que vendemos mucho y otros poco, pero siempre dividimos la plata por igual", explica, y adelanta que se capacitan para sumar pronto un balance interno de ventas.

La rutina es unánime. Todas se ocupan de los quehaceres domésticos y aprovechan la siesta tucumana para crear estas redes ancestrales. Cada randa arranca con el tejido de una red, que luego es bordada según cada cliente.

"Tenemos El Circuito de la Randa. Cualquier persona puede venir a visitar nuestras casas y a ver lo que hacemos. El que se acerca a comprar ya no va a encontrar precios dispares entre nosotras", cuenta Juana Ariza.

Lo primero que hicieron las randeras fue consensuar los valores de acuerdo al tamaño, a los bordados y al espesor del punto. Por ejemplo: una escarapela cuesta por encima de $ 50; un mantel, $ 3000; una randa de 80 cm de diámetro que demanda 20 días, $ 2000 y una de 20 centímetros de diámetro, $ 200.

Macramé de distintos colores es el hilo con el que tejen actualmente. "Antes solo se hacían blanco y en beige", detalla Elba Sosa. Los tipos de bordados se mantienen de antaño: enterilla, zurcido, lluvia, nido de abejas, espiga, flor de arroz y abanicos.

Estas piezas, que décadas atrás se trocaban en mercados, debutaron además en colecciones de moda y exposiciones. "Trabajamos con diseñadores que incorporaron randas en sus modelos y hasta en vestidos de novia", agrega Aybar sobre las experiencias de los artistas locales Josefina Luna, Isabel Serra, Gonzalo Villamax y Fernanda Villagra Serra y Carlota Beltrame.

Desde el inicio, las randeras reciben colaboraciones de instituciones nacionales y provinciales. Ahora aprenden corte y confección con seis máquinas de coser que les donaron así evitan tercerizar ese servicio al que recurrían. "En El Cercado, el hombre juega al fútbol y la mujer es randera. Para nosotras es una terapia, una pasión, y un aporte más de plata de algo que nos gusta", cierra Belmonte.

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