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La pasión por las tintas que se convirtió en un negocio

Sergio Lamas heredó la pasión por las tintas de su padre imprentero. Con ese insumo desarrolló una planta de estampados en tela. Empezó con $ 1.700 y en 2016 planea facturar $ 2,5 millones.

La firma, que empezó con una inversión de $ 1.700, emplea a 10 personas

La firma, que empezó con una inversión de $ 1.700, emplea a 10 personas

Cuando era chico, Sergio Lamas, hoy de 42 años, pasaba horas con su padre en la imprenta familiar. "Mi viejo laburaba y yo dormía arriba de los pliegos", relata. Su padre trabajaba en offset (un método de impresión) y Sergio cultivó la pasión por ese taller. Hace 9 años, fundó un emprendimiento vinculado a las tintas, aunque esta vez no para imprimir sobre papel, sino sobre telas.
Doa Stamp ofrece el servicio de estampado textil por serigrafía y sublimación. La firma, que empezó con una inversión de $ 1.700, emplea a 10 personas.

De la idea a la empresa

Sergio había trabajado cinco años en una empresa textil: era el encargado de Logística. Tenía 33 años y se dio cuenta de que quería un cambio de rumbo. Por su empleo anterior, sabía cuáles eran las necesidades del mercado textil y por su origen conocía de tintas e imprentas. Así que decidió combinar ambos conocimientos para fundar su estampería textil: hizo cursos sobre telas, de serigrafía y recibió algunas tutorías personalizadas de un amigo de su papá. "Hasta mi viejo me acompañó al principio haciendo los colores", cuenta.

"Era un servicio que lo ofrecen empresas con antigüedad. Era un servicio muy clásico y estructurado. Yo entré con una ideología más joven. Empecé con clientas que eran diseñadoras de entre 25 y 35 años. Yo ofrecía diversidad y aceptaba trabajos que no querían otros proveedores", cuenta Lamas. Por ejemplo, aceptaba hacer entregas sobre telas más grandes que le insumían más tiempo (con una rentabilidad más baja) pero que le permitían ir ganando clientes y hacerse conocido.

Al principio, se instaló en la casa de sus padres. El lugar era chico pero le permitió arrancar. Ahí llegó a tener un empleado. La necesidad de crecimiento y de poder tener más gente trabajando en el lugar le hizo dar el siguiente salto. "Primero me mudé a un galpón de mis viejos de 200 m2. Luego me mudé acá y, de hacer 10.000 estampas por mes, pasamos a hacer 40.000", dice. El gran salto fue esa mudanza: en enero de 2012 se trasladó a una planta en Avellaneda de 750 m2, lo que los acercaba a los clientes de la ciudad. La planta tiene capacidad para estampar 6.000 prendas diarias y les permitió desarrollar nuevas técnicas con nuevas maquinarias, corrosión, dischargue y sublimados.

De los errores se aprende

Durante los primeros años, Lamas convivió con un fantasma: había leído un estudio que decía que casi el 80% de las pymes cerraban en los primeros cinco años de vida. Y hasta hoy sabe que apenas el 10% llega a cumplir 10 años. Con ese dato en su cabeza, fue tomando decisiones que le permitieran sostener el largo plazo.
Quizás la situación más dura la vivió en 2013. "A medida que me iban pidiendo más trabajos, empecé a buscar cómo absorber esa demanda: contraté más gente y no fue una buena decisión", dice.

Llegó a tener 25 personas, pero el crecimiento vertiginoso hizo que la empresa perdiera el rumbo. "Se generaron problemas, hubo que capacitar a la gente y armar una rueda de dinero para financiar la operación. Cuando a fin de año hice las cuentas, vi que puse la gente para captar la producción, pero que no quedaba ganancia", cuenta. "Bajamos un cambio y encontré un equilibrio. Hay que tener cuidado con el crecimiento desmedido y de golpe", recomienda.

Hoy, la empresa apunta a diversificar los servicios, de modo de venderles más a los mismos clientes y aumentar la rentabilidad. Por eso, empezaron a entregar productos terminados, incluyendo en el servicio la compra de las telas, morderías, muestras, estampados, lavados o procesos, corte, confección, calidad, planchado y embolsado.

Doa Stamp, como otros jugadores textiles, vive con incertidumbre la nueva política económica que se pueda implementar: teme que con la apertura de las importaciones el mercado se vuelva a inundar de productos de otros países y que reduzca la competitividad.
Sin embargo, también ve oportunidades: uno de los proyectos es importar máquinas que le permitan mecanizar una parte del proceso de estampado. "Hacemos todo a mano y con maquinaria vamos a poder aumentar la productividad", sostiene.
El rumbo de Lamas está claro: ser parte del selecto 10% de empresas que sobrevive a los 10 años de historia.
Pablo Winokur

Ficha

- Fundación: 2007
- Sector: impresión textil
- Cantidad de locales: 1 taller de 750 m2
- Inversión inicial: $ 1.700
- Facturación 2016 (proyectada): 2,5 millones

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