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La maternidad, una excusa para emprender

En la previa al Día de la Madre, cinco mujeres emprendedoras cuentan cómo a partir de la llegada de sus hijos lograron, también, crear una empresa y hacer buenos negocios. La opinión de los expertos.

Estas son historias de madres que, para cuidar de sus hijos, decidieron resignar un sueldo fijo; madres que no podían dejar de trabajar, pero que encontraron el equilibrio para mantener la economía y la vida familiar; madres que supieron resolver un problema y ahora lo hacen para otras; madres que decidieron emprender y que el domingo estarán festejando su día.


Según Romina Ávila, creadora de Madre Emprendedora, fundación que brinda asistencia profesional a madres para el desarrollo de emprendimientos en la fase de preincubación, los principales motivos para emprender tienen que ver con las necesidades económicas y la búsqueda del equilibro familia-trabajo. "Veo mujeres que quieren avanzar con sus proyectos. Muchas de las habilidades que se piden para desarrollar un negocio, ellas, en su rol de madres, las ejercen a diario: la empatía, el manejo de equipo, la motivación y el liderazgo", explica. La fundación inició sus actividades en 2013. Desde entonces, articulada con otras organizaciones, apoyó a más de 1.000 mujeres. Lo importante para Madre Emprendedora es acompañarlas a encontrarle a su emprendimiento escalabilidad, valor agregado y diferenciales.


"Lo habitual de que la maternidad impulse a las mujeres a emprender tiene que ver con su propensión al riesgo. Mientras algunas piensan la maternidad para continuar trabajando o dedicarse a sus hijos, otras se preguntan qué pueden hacer, crear o emprender como un permiso para hacer algo que, a lo mejor, en otro momento no se lo hubiesen planteado", agrega Claudia Altieri, directora de la Escuela de Posgrado en Negocios de la Universidad de Belgrano.

En su primera vida fue publicista y directora de cuentas en Walter Thompson. Viajaba, tenía un buen salario, una linda casa y un auto. Pero, le faltaba lo que más deseaba: un hijo. Lo buscó durante mucho tiempo, pero, tras varios tratamientos, a los 39 años, Tomás empezó a crecer en su vientre.

Lo que no imaginó es que al sexto mes de embarazo una crisis matrimonial la convertiría en madre y padre a la vez. "Aprendí de mi papá que hay que salir del lugar de víctima. Hay que serenarse, pensar e ir para adelante. Siempre se puede", dice Liliana Lampuri, propietaria de Elementos Esenciales, marca de productos de belleza personal.

El ritmo de un cargo jerárquico en una multi era incompatible con la maternidad que había soñado, pero había que pagar las cuentas. "Tomás nació en 1999 y en 2001, colgué lo botines decidida a fundar un emprendimiento", recuerda. Ese fue el inicio de Elementos Esenciales. En plena crisis, Lampuri lanzó su primera línea de sales de baño, body splash y jabones en el Devoto Shopping. "Fue duro. Pero, como se fueron las marcas internacionales, se empezaron a generar oportunidades", recuerda.

Con Elementos Esenciales este año estima facturar $ 20 millones entre los nueve locales propios y las 14 franquicias en la Argentina, Uruguay y Chile. También, Elementos es amor porque, además de Tomás, una de las personas a las que convocó para crear la pyme fue a su ‘amigo’ Ricardo, en logística, pero con quien, entre fragancias y colores, fue apareciendo el elemento esencial que cerraría el círculo virtuoso de su vida: la segunda oportunidad de un matrimonio feliz.

Un receta de madres a hijas

Otra madre que encontró en su emprendimiento el equilibrio entre la maternidad y la vida laboral es Flavia Cabo, dueña de Maison Petite Patisserie, una pastelería de Baradero, provincia de Buenos Aires, que atiende junto a su hija Camila Maldonado Cabo.

Cabo fue publicista, pero en 1998 la economía familiar se complicó y, aunque era asistente de Marketing en una cervecera, el sueldo no alcanzaba. Camila tenía 4 años. Impulsada por la necesidad, hizo un lemon pie y lo ofreció a una confitería de Zárate, localidad donde vivían. La torta fue la primera de varias. Al tiempo, a su marido le llegó una oferta laboral en Baradero y Cabo, nuevamente embarazada, renunció a la cervecera. "Nos mudamos y plantamos frambuesas, zarzamoras y arándanos, materia prima de nuestras creaciones", dice Cabo, que había empezado a estudiar pastelería en el IGA.

Con una inversión de $ 30.000, en 2013, madre e hija comenzaron a cocinar postres con marca propia: Maison Petite Patisserie. Tienen clientes en Capital, Zona Norte y Sur. No descartan para 2016 abrir un local en Zona Norte. "Cuando era chica, en la merienda me esperaba una torta. Mi mamá, mi tía y mi abuela fueron ejemplo de lo que la cocina logra en nuestro espíritu. Maison Petite Patisserie es una cadena de mujeres: abuela, tía, madre e hija", describe.

Para Altieri, el 90% de los emprendimientos surgidos por la maternidad tienen que ver con necesidades puntuales y cita el caso de Sweet Dreamers, de una estadounidense que, con su sexto hijo, descubrió que su experiencia no alcanzaba para hacerlo dormir. Pero el insomnio dio resultado: creó una tienda con productos para hacer dormir a los chicos.

La Argentina tiene sus versiones locales. Belén Llauradó tiene un nene, Joaquín de dos años y ahora espera otro hijo. Tata y Toto, su emprendimiento, nace de la búsqueda de un bolso maternal. ¿Por qué estampas de osos o flores para un adulto? "Quería algo femenino o que en todo caso pueda usar también mi marido. No encontraba. Así que empecé a diseñarlos yo", cuenta Llauradó.

Tata y Toto comenzó a operar en 2014. Desde el nacimiento de Joaquín, Llauradó dibujaba bolsos, cambiadores y cobertores para amamantar. Antes fue profesora de Pilates y, para Tata y Toto, tomó cursos de costura. "Pensé que iba ser sencillo, que iba a tener mucho tiempo para Joaquín. Pero, los bebés son demandantes y el emprendimiento también, sobre todo al principio cuando tenés que promocionar la marca", reconoce Llauradó, que vende a través de Facebook.

Para Luciana Torres, la brecha digital entre padres e hijos es algo que hay que achicar para cuidarlos de los peligros que Internet conlleva. Hace dos años, su hijo mayor le pidió ayuda con la PC, pero Torres le contestó que no entendía de tecnología y que esperara al padre para pedirle ayuda. "Cometía un error, le estaba diciendo a mi hijo que no podía contar conmigo. Hay mamás que les prohíben tener Facebook pero no saben que se pueden poner filtros para que quede un acceso acorde a las edades", dice Torres.

Este problema tenía una solución: Mamá Conectada. Primero, por Facebook; luego, por una web y por último en su libro En sintonía con tus hijos en el mundo digital (Dunken), Torres enseña a otros padres prácticas y herramientas de uso positivo de la tecnología. "Por más de que a uno no le guste es necesario saber de qué se trata porque tus hijos están ahí y lo peor que puede pasar es dejarlos solos porque es allí donde aparece el ciberbullyng y el groomin", explica Torres.

Mamá Conectada ganó una mención especial en el concurso anual de Inicia, red de emprendedores. "Más allá de que ganes estos concursos son buenos porque te obligan a ordenar el proyecto, a ponerle números y a pensar si es realmente es rentable", justifica. En efecto, Mamá Conectada es un negocio para Torres: obtiene ganancias de la venta de su libro, de las charlas en colegios, de las consultorías, de las empresas que le mandan aplicaciones para que ella evalúe y, en breve, de pequeños cursos online que dictará para padres. La inversión inicial fue de $ 10.000 y la facturación promedio anual es de $ 250.000.

Torres es madre de cuatro hijos y cada uno tiene activados sus perfiles con los filtros de acceso a Internet y a las redes sociales acordes a sus edades.

Mejor calidad de vida

Pensando en el mejor ámbito para que sus hijos crezcan, Verónica Ortega eligió la vida de campo. Se crió en Traslasierra (Córdoba) y su marido, en Pehuajó (Buenos Aires). Hoy viven en Capital, pero no descartan mudarse en los próximos años por las oportunidades que les da Sierra Pura, una productora de aceite de oliva que Ortega fundó en los terrenos de su infancia en 2005. Con la plantación de los primeros olivares, la emprendedora entendió que estaba construyendo el paisaje que quería que sus hijos experimentaran. "Vemos crecer a los árboles y a los chicos juntos", cuenta Ortega, con cuatro hijos. "En el verano, cuando los turistas vienen a visitar la plantación, los chicos los reciben, les cuentan y los llevan a pasear por el jardín varietal. Se sienten parte del emprendimiento", remarca Ortega.

Si bien Sierra Pura nació de las ganas de darles a sus hijos una mejor calidad de vida, que se trate de aceite de oliva no fue azaroso ya que, según Ortega, lo tenía incorporado en sus platos. Así, en 12 hectáreas con capacidad para 14.000 olivos, produce unos 18.000 litros anuales. "Si se lo compara con otras fábricas, nuestra producción es más acotada, pero pretendemos mantener la elaboración artesanal. Cosechamos lo que sabemos que se va a poder moler ese día", explica Ortega.

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