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Certificaciones: validar para crecer

Pese a que son pocas las pymes que se someten a contralor por encima de las normas obligatorias, certificar es una forma de transmitir responsabilidad y calidad de cara al consumidor. Por los costos, también hay soluciones para artesanos y pequeños productores.

La certificación implica que un tercero proporcione garantía de que un producto, servicio, sistema, proceso o material se ajusta a requisitos específicos. La proporción de pymes que certifica sus productos o procesos es, todavía, bastante baja. En algunos negocios o emprendimientos, este recurso genera un valor agregado, pero en otros marca la frontera entre estar dentro o fuera de la economía formal.

En la Argentina, las certificaciones obligatorias comenzaron en 1998 con las disposiciones sobre la seguridad eléctrica de los artefactos. El Estado se vio en la obligación de controlar cuán seguros eran un tomacorriente, un llavero o un electrodoméstico para el consumidor final. Más adelante aparecieron los controles para juguetes, bicicletas, encendedores, pilas, productos de acero, sistemas de iluminación y contenedores de alimentos, entre otros.

Los ensayos necesarios para corroborar la calidad de un producto (por ejemplo, un juguete) pueden variar entre los $ 7.000 y los $ 12.000, y pueden dispararse hasta los $ 200.000 en productos más complejos. Se deben sumar los costos de averiguación de las normas que limitan el producto, el servicio de consultoría, la certificación y otros trámites. A su vez, cada año deben repetirse los ensayos. Para una empresa, es un gasto afrontable; para un artesano, tal vez no.

Por su trabajo con pequeños productores, Lenor fue reconocida con el primer premio de la Asociación Cristiana de Dirigentes de Empresa en la categoría Valor Social. A través del programa Microemprendedores, esta firma capacitó sin costo a 50 productores en situación de vulnerabilidad para que puedan vender cerca de 500 productos. La acción de Lenor se realiza en conjunto con la Subsecretaría de Responsabilidad Social, la consultora Siqat y el Instituto Argentino de Normalización y Certificación (IRAM), entre otros.

"Las certificaciones, aunque buenas, habían dejado de lado a pequeños artesanos o microemprendedores que no tenían acceso a las normas técnicas ni los recursos para pagar los ensayos de producto", cuenta Julio Made, presidente de Lenor. "Decidimos ayudar a fabricantes de juguetes y productos eléctricos seleccionados por la Subsecretaría de Responsabilidad Social. Ensayamos gratis, IRAM certificó, y tuvimos apoyo de la Dirección Nacional de Comercio Interior para hacer los trámites".

Enrique Bobzin, gerente de Certificación de Productos de IRAM, sostiene que "el compromiso es hacerlo gratuito para estos rubros con disposiciones obligatorias evita que familias queden obligadas a trabajar de manera ilegal".

Estrategia de mercado

Frecuentemente, las empresas grandes eligen certificarse como una estrategia para beneficiarse al responder a requisitos de sus clientes, de una autoridad o de la propia organización, o bien para ganar en reconocimiento público. "Las normas nivelan la cancha, pero la certificación voluntaria tiene la bondad de que un tercero asegura, en su papel de escribanos técnico, la calidad de tus productos", dice Bobzin.

"Seguimos un procedimiento técnico, establecido por el Organismo Argentino de Acreditación (OAA), y así se llega a determinar que un producto es confiable y que el productor es responsable, porque se puso a disposición de un tercero para que lo controle", completa. Made agrega que el Estado debería incentivar que aquellas cosas riesgosas sean certificadas. "El caso más claro son las sillas plásticas. Controlar la calidad de los materiales no resulta un gran costo", apunta.

Bobzin establece un paso a paso para las pymes: sugiere averiguar por las normativas impuestas al producto o servicio propio. "Puede buscarse en Internet, o acudir al centro de documentación de IRAM, donde pueden hacer consultas gratuitamente", añade.

Una vez leída la biblioteca, es tiempo de autoverificar si el producto tiene chances de cumplir con las normas vigentes. "Por ahí es necesario revisar su diseño en ciertos detalles, como cambiar el tamaño de un botón en un juguete para que un chico no se lo trague", grafica Bobzin. El paso siguiente es acercarse al organismo de certificación y hacer la consulta acerca de las opciones que se tienen. Hay distintas modalidades de certificación, depende del producto y el objetivo que se persigue. Puede requerirse la asistencia de alguna consultora especializada.

Aunque no es obligatorio, los especialistas consultados sugieren ejecutar ensayos preliminares con algún laboratorio, que puede replicar las normas de la evaluación oficial en ambientes controlados de humedad y temperatura. Eso daría una primera pauta para que el dueño vea si puede lograr la certificación. A veces, el laboratorio aconseja a la firma sobre cómo elevar la calidad del producto o proceso.

Resuelta esta instancia, llega el momento de someter los productos a prueba. Desde el inicio de las gestiones hasta la calificación pueden pasar unos cuatro meses. La pyme y cuantos intervengan en el proceso deben cerciorarse que la información acumulada sea reservada, para evitar filtraciones a la competencia.

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