Nuestra economía, estructuralmente a modo de una ley de conducta, se halla sujeta a la llamada restricción externa o de divisas: el permanente riesgo de quedarse corta en términos de los dólares necesarios para un idóneo funcionamiento económico. Esto, en principio, funge como una variable latente, cual una amenaza suspendida. Según los casos, la restricción externa se efectiviza haciéndose manifiesta, molestando la posibilidad de crecer fuerte; o, en otros, cuando la restricción parece superarse, cabe una expansión ponderable.
En los últimos 20 años largos, aquella ley se dio en sentido positivo en tres ocasiones o fases:
n a) Durante los primeros años de la convertibilidad,
n b) Durante el modelo competitivo productivo de 2003(2002)-07,
n c) Durante buena parte del bienio 2010-11. En esos tramos, la restricción externa se superó de algún modo, y, por ende, se creció fuerte. Naturalmente, cada fórmula de superación tiene sus peculiaridades.
Con la convertibilidad, apoyada en el tipo de cambio real bajo y en el apalancamiento en la deuda externa, ocurrió que la restricción externa se difirió en el tiempo, mientras anduvo el apalancamiento. Su colapso se asoció con un trance de manifestación de la restricción externa.
Durante el modelo competitivo productivo, la restricción de divisas registró una superación robusta, porque aquel se basó en una matriz afín al modelo de crecimiento liderado por el tipo de cambio competitivo, con los denominados superávit gemelos y demás notas. Como a esa matriz se la fue abandonando, la superación en cuestión se diluyó.
Ya en el bienio 2010-11, también hubo una fuerte expansión, con una superación de la restricción externa. Pero, esa superación, fue de prestado: aprovechó activo heredados del modelo competitivo productivo, como la ventaja competitiva cambiaria residual, los superávit y el poderoso acumulado de reservas internacionales.
Dada la dinámica actuante, y en especial al debilitarse el principal factor inductor de la generación de divisas el tipo de cambio real, aquellos activos se desgastaron. Luego, la restricción externa terminó explicitándose, y la posibilidad de crecimiento fuerte se complicó.
¿En dónde estamos ahora? Pues, en un estadio de restricción externa reprimida. Ella se efectivizó, pero se taponan sus manifestaciones vía el racionamiento amplio de divisas. El que es más probo para trabar la salida de dólares que para armar un aflujo sistemático de los mismos. Luego, la restricción o insuficiencia de dólares no es auténticamente superada, con lo que asoma toda una serie de inhibiciones por el lado de la demanda y de la oferta jugando la inflación efectiva como bisagra, que enrarece la perspectiva del crecimiento, más allá de factibles mejoras del ciclo corto.
De lo dicho, se desprende que es clave el empalme entre los precios relativos macroeconómicos y la dinámica de la demanda, con la proyección estructural del caso. Por ende, es erróneo intentar separar precios y cantidades (oferta productiva).
Durante la convertibilidad, con el retraso cambiario a cuestas, se bancó la demanda interna con los dólares financieros (hasta que el apalancamiento quebró), a la vez que se depredó el tejido industrial y el empleo.
En el bienio 2010-11, se estimuló la demanda interna, pero coincidiendo con la apreciación cambiaria, al revés de lo ocurrido durante el modelo competitivo productivo. La instancia se tornó insustentable, y la restricción de divisas eclosionó. Con el racionamiento de dólares como respuesta, brotaron las inhibiciones arriba citadas.
Las opciones y los espacios potenciales de maniobra, lucen claros. Naturalmente, la decisión aquí y ahora enfrenta sus propias dificultades. De todos modos, la situación y las perspectivas son de una sensibilidad tal que harían aconsejable -por ejemplo, luego de los comicios-reflexionar sobre si vale la pena persistir con el resorte de represión de la restricción externa, o es preferible abocarse a una vía más superadora.