En inglés le dicen the day of reckoning, y en castellano sería algo como el día de la verdad o también, el día del reconocimiento. Obviamente me refiero al reconocimiento de la crisis internacional y sus consecuencias sobre nuestros términos del intercambio y las respuestas de políticas económicas. Así como durante algunos años vinieron los vientos de cola, ahora se han ido y transformado en vientos de frente.
Por su propia naturaleza, el populismo que hemos abrazado por más de 70 años desdeña la posibilidad de que el futuro puede ser peor que el presente y actúa en consonancia. Nunca preparándose, y siempre distribuyendo el flujo y también los ahorros para ganar las próximas elecciones. En este comportamiento esta la raíz de nuestra decadencia relativa de los últimos 70 años. Frente a la actual coyuntura y las perspectivas, el gobierno tiene dos alternativas: intentar navegar la actual situación desconociendo la realidad, o actuar bajo el supuesto de que el futuro va a seguir tormentoso.
Si se acepta esta segunda posición, entonces las políticas deberían apuntar a que la producción se vea lo menos afectada posible. Nuestra tendencia natural ha sido aumentar el proteccionismo desconociendo el impacto que estas políticas tienen sobre los precios pagados por los consumidores. Existe también la posibilidad de promover los sectores agrícolas y agroindustriales que generan nuestras divisas. En este sentido, propongo debatir un proyecto de ley que busque desmantelar el sistema de restricciones cuantitativas sobre las exportaciones.
Como es bien sabido, en años recientes, estas restricciones diezmaron el stock ganadero y nuestro país no tiene carne para exportar y los argentinos vieron el costo de su canasta de consumo subir de manera importante. Con respecto a los granos, el siguiente cuadro presenta una estimación de la tasa total de imposición sobre las exportaciones es decir, el porcentaje en que el precio recibido por los productores de Argentina está por debajo de los precios internacionales recibidos por los productores de otros países. La última columna presenta la participación que ha tenido la arbitrariedad burocrática sobre la determinación y asignación de las cuotas de exportación y por ende, en la explicación de estos menores precios.
En promedio, durante el período 2006-2010 nuestros productores han recibido precios que son mucho más bajos que los de otros países: 29% para el maíz, 40% pare el trigo y 35% para la soja. De estos menores precios, la arbitrariedad burocrática sobre las exportaciones ha tenido una elevada participación: 26% para el maíz y 42% para el trigo es decir que para este producto, casi la mitad de la elevada diferencia de precios que reciben nuestros productores, esta ocasionada por la misma.
Recuérdese que a diferencia de las retenciones, las barreras cuantitativas sobre las exportaciones no tienen efectos sobre la recaudación de la tesorería: son rentas extraídas de los productores y distribuidas de una manera oscura entre empresarios cercanos al poder. Con respecto a los precios pagados por los consumidores, esta arbitrariedad o no ha tenido efectos (casos trigo y maíz), o cuando los ha tenido, han sido negativos (carne vacuna).
Es probable que estemos frente a una crisis seria y de larga duración. Durante los últimos años mientras los términos del intercambio fueron favorables, las reglas del juego para el sector agropecuario han sido inexistentes. Hasta que lo necesita, el populismo siempre ha desdeñado al sector agropecuario. Para muchos políticos, esta propuesta puede ser considerada necesaria pero implementada como quien toma aceite de ricino. Por eso, debe ser una política de estado porque de lo contrario, no es estable ni creíble. El Gobierno o la oposición deben presentar un proyecto de ley para ser debatido entre otras cosas, a la luz de la experiencia histórica. Una resolución ministerial no alcanza para incentivar una fuerte respuesta productiva que el país va a necesitar en la difícil coyuntura que parece avecinarse.