A punto de cumplirse los plazos para la presentación de las listas que disputarán las primarias en el mes de agosto, asoma un escenario inédito que parece mostrar una fuerte confusión intrínseca de los partidos políticos, en contraposición a una opinión pública que parece más definida a la hora de fijar su posición frente al gobierno.
En otras palabras: una oferta desorientada, advertida por un electorado que tiene mucho más claro sus demandas.
Quizá la explicación para este despiste esté en la información que está llegando a los bunkers de los políticos.
Lo que arrojan los resultados de las actuales encuestas es un brusco cambio del clima social. En los últimos meses el electorado parece haberse definido entre un núcleo muy consistente de adherentes al proyecto que encarna la Presidente Cristina Fernández y otro espacio, al parecer más importante, que está requiriendo otras opciones.
Uno de los emergentes de dicho cambio de clima lo están mostrando todas las mediciones que suben, al podio de las preocupaciones más importantes del electorado, a la corrupción, antecedida únicamente por la inseguridad y la inflación.
Esta repentina reacción moral de la opinión pública se muestra en un síntoma claro: una gran parte de la sociedad estaría eligiendo a futuro opciones más moderadas y de consenso. Pero en el presente, el electorado opositor no se conforma con posiciones intermedias y exige una confrontación directa con el régimen establecido.
Este es el dilema de Sergio Massa.
El intendente de Tigre tiene tres opciones, entre las cuales deberá elegir su camino en las próximas horas:
n Ser el candidato por el Frente para la Victoria, y asumir el costo del electorado fuertemente opositor que lo abandonará, quizá para siempre.
n Ser el candidato de la oposición y aguantar los trapos del ataque del oficialismo y la pérdida de aquellos votantes.
n Buscar una posición intermedia, un esquema de superación de lo actual, mostrándose él o alguien de su entorno como un candidato equidistante entre el electorado K y la oposición.
Este último camino encierra un grave peligro para el alcalde más exitoso del país. Puede mostrarlo gris, en una etapa de blancos y negros. O calculador, en una instancia donde parece exigirse un tono más épico y comprometido. O lo más grave como un tipo que duda y que no sabe convivir con los inevitables silbidos que alguna vez pueden bajar de las tribunas.
Como dijo la Presidente, a todos nos gustaría tener un millón de amigos, pero para Massa eso ya parece bastante difícil.