La toalla llegó esta vez del rincón rival. Se la arrojó el presidente ruso, Vladimir Putin, reaccionando raudamente a un comentario del secretario de Estado norteamericano, John Kerry, quien ante la pregunta de una periodista en Londres sobre qué podría disuadir a los Estados Unidos de bombardear Siria, respondió: Que el presidente Assad acepte control internacional sobre su armamento químico. Aunque agregó: Pero él no lo va a hacer, ni se puede hacer.

Putin no perdió el tiempo. De inmediato se apropió de la oportunidad y anunció que Rusia apoyaba la propuesta y usaría su influencia para convencer al gobierno sirio de hacer lo propio.

Para Barack Obama, la iniciativa rusa fue una inesperada luz al final del túnel o, para retomar la primera metáfora, la toalla salvadora.

Como indicaban las encuestas, el ánimo de los norteamericanos no era favorable a una nueva intervención en un tercer país del Medio Oriente y el Congreso, al que había recurrido después de que la idea de crear una coalición internacional se derrumbara, tampoco parecía dispuesto a aprobar la medida.

Obama mismo no demostraba ningún entusiasmo por la alternativa militar, pero se había atrapado en su propia retórica cuando afirmó que el uso de armas químicas por parte del régimen de Assad sería la línea roja de la tolerancia norteamericana frente a las atrocidades que venían siendo cometidas por el gobierno sirio contra su población.

Assad cruzó esa línea el pasado 21 de agosto, cuando un puñado de poblados en las afueras de Damasco fueron sometidos a un ataque con gas sarín, que dejó, según fuentes norteamericanas, un tendal de 1400 muertos.

El sarín es un compuesto de extrema potencia letal como agente nervioso, que fue desarrollado por científicos alemanes en 1938. La ONU lo clasificó como arma de destrucción masiva en su resolución 687 y su producción y almacenamiento fue declarada ilegal por la Convención sobre Armas Químicas de 1993.

El uso previo de este compuesto ocurrió en marzo de 1995, cuando un grupo terrorista atacó simultáneamente varias líneas del subterráneo de Tokio, dejando 13 muertos y 6252 heridos.

El comentario de Kerry y la respuesta rusa no fueron tan casuales como pareció en un primer momento. Diplomáticos de Moscú y Washington venían analizando esta posibilidad desde hacía más de un año y fue uno de los temas centrales de la reunión entre Kerry y el canciller ruso, Sergei Lavrov, durante el encuentro que mantuvieron el pasado 9 de agosto.

Pero como indicaron voceros de la Casa Blanca, la idea solo podía prosperar si la iniciativa se originaba en los rusos.

Las marchas y contramarchas de Obama en los días posteriores al 21 de agosto no le han hecho bien a su imagen ni a la percepción que de él tienen muchos sectores del partido republicano y del Pentágono. También algunos legisladores demócratas y hasta miembros de su propio círculo comparten la opinión de que Obama no demostró en la presente crisis la mano firme que se espera del líder de la nación más poderosa de la Tierra.

Pero hay otra manera posible de analizar su proceder y es la que valoriza la prudencia por encima de lo resolutivo. Y en este sentido, puede afirmarse Obama siguió un camino que no careció de firmeza, pero que, en todo momento, dejó puertas abiertas, aún al costo de crear la impresión de irresolución.

La primera decisión había sido bombardear Damasco por orden ejecutiva, pero cuando el Parlamento británico se opuso a la participación de Inglaterra, Obama decidió que, por lo menos, debía encontrar consenso en su propio Congreso.

Pero los primeros sondeos indicaban que no había voluntad dentro del Capitolio de autorizar una acción militar y Obama parecía caminar ciegamente hacia un precipicio político.

Es difícil saber si fue la casualidad la que puso en la boca de la periodista en Londres la pregunta que pondría en marcha la solución alternativa a la vía militar. Algunos medios sugerían el miércoles que la decisión de Obama de responder positivamente a la iniciativa de Putin tomó por sorpresa a Kerry y al secretario de Defensa, Chuck Hagel.

Por otra parte, todos admiten que existe una gran complejidad y considerable incertidumbre en el cómo y cuándo se producirá el desarme químico sirio.

La casualidad ha sido responsable de virajes fundamentales en la historia. Y en ocasiones, la historia ha demostrado que la casualidad no siempre ha sido tan casual.