En el seno de la desaceleración económica que ganó rigor desde fines de 2011, el segundo trimestre de este año lució particularmente complicado, con un serio recorte del ritmo inversor y un mercado laboral más expuesto. Una pregunta crucial es si cabe esperar alguna tonificación, aunque sea leve, para el trimestre entrante.
¿Cuáles son los factores influyentes al respecto en un sentido u otro? Recuérdese, por de pronto, y tal como lo hemos señalado, que en el curso de la desaceleración inciden limitantes de la demanda, tanto de la externa menor ritmo de la producción y del comercio mundiales, el caso más específico del parate brasileño como de la interna.
En esta última, un condicionante fue la desintegración del salario (real) imputable al correr de la inflación efectiva y a la mora en los ajustes nominales vía paritarias, en medio de una puja de ingresos cada vez dificultosa en su dilucidación. Los ajustes finalmente surgen, más allá de la discusión sobre su aptitud real (desde ya implicando una movida de costos no trivial) y de alguna rispidez en el mercado laboral, y al aplicarse, pueden en lo inmediato alentar el consumo.
Otro renglón examinable, cual multiplicador, es el crediticio. Da la sensación que en junio pasado se relajó algo la liquidez bancaria vgr., menos pases pasivos, mientras paralelamente se habría ampliado el crédito (en especial, el de capital de trabajo). También asoma la nueva línea crediticia a la inversión sumada a la de viviendas, aunque se trata de operatorias de cierta complejidad, pudiendo llevar tiempo su ejecución más estricta.
En cuanto a la demanda externa, no hay aun signos claros de repunte de la economía mundial, aunque el alto precio de nuestros commodities ayuda. Asimismo, un eslabón próximo relevante, lo depara la economía brasileña. Esta, en principio, se estancó, pero, atisban registros de una tenue mejoría en algunos frentes; habrá que ver la evolución al respecto. Por lo demás, otra inquietud clave aquí es si Brasil, en el fondo, busca reemplazar el modelo lulista fincado en el ahorro externo y en el real muy apreciado por un esquema con un cambio más competitivo, o va a retornar a aquel modelo. Según sea el caso, las secuelas para Argentina variarían.
De cualquier modo, aunque los factores de demanda son vitales, deben promediarse con los relativos a la oferta para deducir sus probables aportes netos en materia de actividad. En medio de la inercia inflacionaria efectiva, el estadio alcanzado por la puja de ingresos, la presión de costos, el debilitamiento del dólar (real) que cierta aceleración de las minidevaluaciones no corrige (con el riesgo que, de paso, junto con el desdoblamiento cambiario, se dé pie a más tensiones sobre las tasas de interés), diversas influencias del racionamiento de divisas, son todos elementos de roce molestos, que pueden enturbiar las expectativas de inversión en general.
Con el recio racionamiento de divisas encarado principalmente, prensando la demanda de dólares, respondiendo así al desajuste global de divisas instigado básicamente por la pérdida de paridad cambiaria real, la que fue receptada a su vez por las decisiones de portafolio, despunta una paradoja. Si bien aquel ya pesa en el curso normal del flujo productivo, las fricciones involucradas podrían acentuarse si el nivel de actividad repuntara. Pero, justamente, esto último es deseable. Quedaría, entonces, la soja (cosecha gruesa) como el ofertante casi privativo de dólares, un cierto síntoma de enfermedad holandesa.
A la par, los aspectos citados pueden hacer dudar sobre reforzar aun más el manejo expansivo por parte del binomio Banco Central-Tesoro nacional (las jurisdicciones provinciales, desde ya, están más apremiadas). En fin: hay ciertas chances de un deseable repunte, aun suave, en el tercer trimestre, pero bastantes condicionadas a varios resortes limitantes. El reto es si ese repunte se concreta, y, además, si logra, en su caso, sortear una ruta de tipo serrucho.