La comunicación, para lograr ser efectiva, requiere orden.

En un grupo o en una compañía se eligen cuidadosamente los voceros, porque sólo a través de ellos la organización se comunica con sus audiencias.

Por eso las empresas reducen al mínimo la cantidad de voceros para enfrentar, por ejemplo, a los medios de comunicación. Esta medida se explica por la necesidad de mantener aquel orden del que hablábamos y de que los mensajes emitidos sean unívocos y no sufran de contradicciones.

El principal requisito de todo vocero es la preparación. Hay personas que tienen aptitudes innatas, aunque igualmente es recomendable que -incluso con este hándicap positivo- el vocero se capacite para representar y cumplir con la estrategia y los objetivos de su organización.

Un vocero exitoso debe tener tres características:

Acceso a la información, estrategia y objetivos claros y credibilidad.

En los gobiernos de Néstor Kirchner y Cristina Fernández se identifican con claridad dos etapas que pueden observarse desde lo técnico, sin consideraciones políticas o posicionamientos ideológicos.

En el primer gobierno del Dr. Kirchner, los medios y la sociedad en general identificaban los voceros autorizados de la administración. Se solía decir que el Presidente era sumamente celoso para ceder la palabra del gobierno a sus ministros. Por eso había designado a los Fernández (Alberto y Aníbal) para instalar o defender políticas de la Casa Rosada y al diputado Agustín Rossi y al senador Miguel ngel Pichetto, para las materias legislativas. Este cuarteto de cuerdas sonaba bastante bien porque se daban -por lo menos-dos de las tres características indispensables de los voceros: Kirchner hablaba con Alberto y con Aníbal y se reunía periódicamente con Rossi y Pichetto a fin de establecer objetivos a corto y mediano plazo y las estrategias para alcanzarlos. Esto también dotaba al mensaje de credibilidad. Era un secreto a voces que Kirchner hablaba a través de ellos. Y aunque había un vocero presidencial (mudo), nadie reparaba en él.

Este procedimiento -que duró aún los primeros dos años de Cristina Fernández- sufrió una ruptura, en palabras de Guillermo Oliveto. Un hecho disruptivo que borró todos los paradigmas conocidos hasta ese momento: el fallecimiento del ex Presidente provocó un gran sismo en todos los frentes del gobierno (incluyendo el comunicacional).

¿Qué cambió desde entonces?

En primer lugar, de aquella circunscripción de muy pocos voceros, hemos pasado a una proliferación amorfa de exégetas de la Presidente que -al no tener acceso directo a ella- sobreactúan su pertenencia a un espacio de pensamiento casi al extremo de la indignidad. En ese papel penoso, en esa carrera algo pobre por el besamanos presidencial, los mensajes son contradictorios, cuando no ofensivos. Y las correcciones -cuando llegan- no reparan el daño reputacional. A esto se le suma la heterogeneidad de los estilos de los voceros. Con Kirchner se sabía que Alberto Fernández se ocupaba de instalar la agenda y Aníbal de defender las acciones de gobierno. Hoy nadie sabe quién hace qué. Los estilos se multiplican casi por la misma cantidad de personas que se arrogan el derecho de establecer la posición del gobierno. En ese esquema conviven el democrático Ricardo Foster con Luis DElía.

El segundo alerta, no menos importante, es que la desconexión entre la Presidente y sus voceros paraoficiales hacen que estos últimos trabajen a ciegas; y en el ejercicio de interpretar el pensamiento de una única persona, se golpee al aire generando mayor incertidumbre y una ola de rumores, la mayoría apocalípticos.

Finalmente, en este ciclo la credibilidad de estos voceros se daña hasta el desbarranco.

Todas las encuestas, aún las encargadas por el propio gobierno, están mostrando un descenso pronunciado en la imagen de la administración y de la propia Presidente. No puede obviarse que parte de esta declinación se debe a factores relacionados a la gestión y a las decisiones políticas y económicas. Pero no menos cierto es que el desorden de las comunicaciones del gobierno influye en aquella porción de la población que en algún momento estuvo de su lado.