El escenario internacional contribuyó aproximadamente con la mitad de la expansión que tuvo el PBI entre 2003 y 2008. En otras palabras, si el mundo se hubiera comportado como el promedio de los últimos treinta años, la economía argentina habría crecido a una tasa promedio anual del 4%, en lugar de a ¿tasas chinas? En la actualidad, la contribución del escenario internacional a nuestro crecimiento sería aún mayor que en aquel periodo. Tomando en cuenta que los pilares originales de este modelo económico (dólar caro y superávit comercial y fiscal) se encuentran erosionados, la tasa de crecimiento proyectada para 2011 se explica de manera creciente por un mundo que sigue jugando a favor, y cada vez menos en función de las políticas domésticas.

En este marco, algunos funcionarios del gobierno han anunciado una profundización de la política económica vigente. Una profundización ¿del modelo? sería posible, si y sólo si, el mundo jugara indefinidamente a favor. Para nuestra economía, el sector externo se resume en dos palabras: soja y Brasil. Así, el modelo tendría una chance de sostenerse en el tiempo si el precio de la soja siguiera aumentando sostenidamente y si, al mismo tiempo, Brasil creciera más fuerte y demandara cada vez más exportaciones argentinas.

El Gobierno se convirtió en estos años en un adicto a la Soja y a Brasil. Como todo adicto, necesita de dosis crecientes de ¿droga? (precio de la soja y crecimiento de Brasil con el Real apreciándose) para no atravesar una ¿crisis de abstinencia?.

No obstante, es muy poco probable que el comportamiento de la economía mundial sea más favorable para la Argentina de lo que ocurre actualmente. El poder adquisitivo del dólar se encuentra en sus mínimos históricos y la soja cerca de su precio máximo. Paralelamente, la entrada de capitales y la apreciación del Real son récord; y la demanda brasilera de exportaciones argentinas está en su punto máximo. Quedan entonces solo dos posibilidades: que siga jugando igual de bien que hasta ahora, o que comience a jugar peor. Si el contexto internacional continuara comportándose de la misma forma, la tasa de crecimiento de nuestra economía se iría reduciendo en forma paulatina, ya que la erosión de los fundamentos del actual modelo (tipo de cambio elevado y superávit gemelos) genera un conjunto de desequilibrios que impactan negativamente en el ritmo de expansión del nivel de actividad. Por el contrario, si el mundo deja de acompañar, la tasa de crecimiento del PBI se reduciría significativamente.

En este marco, antes de que la inflación y las inconsistencias del modelo terminen enfriando el crecimiento, el Gobierno debería abandonar la idea de intensificar las actuales políticas macroeconómicas y, por el contrario, debería comenzar a aplicar políticas monetarias y fiscales más prudentes, con un ritmo de expansión de los agregados monetarios y del gasto público más moderado. La mayoría de los países de la región ya tomaron medidas preventivas. Brasil comenzó a subir su tasa de interés a partir de abril de 2010, seguido por Chile, en junio del año pasado. Uruguay y Paraguay, países sin metas de inflación explícita, también han endurecido su política monetaria. Por el lado fiscal, estos países han planteado una reducción de la tasa de crecimiento del gasto corriente, ya que se considera que una política fiscal más prudente es el instrumento más idóneo para enfrentar los peligros derivados de un ambiente externo caracterizado por elevada liquidez global, que presiona hacia la apreciación del tipo de cambio real y genera pérdidas de competitividad en el sector externo y disminución de la protección para la industria local. A diferencia de ellos, la Argentina no toma nota de este fenómeno.

Nuestro Gobierno es un adicto no asumido. Para empezar a tratarse debe primero reconocer la enfermedad. Dicen los entendidos que ese primer paso suele ser el más difícil. Y que hay algunos casos en los que, para salir de la adicción, se debe previamente tocar fondo. Así, muchas veces antes de poder pedir ayuda, se profundizan síntomas como la agresividad, la irritabilidad, el egocentrismo, la violencia y la intolerancia con el que no comparte sus hábitos. Estas manifestaciones están más presentes que nunca en la conducta del Gobierno y sus cortesanos. Quizá no estemos tan lejos de tocar fondo, y podamos pensar un futuro con más autodeterminación.