

Se podría denominar así a la particular interpretación que se desprende de la política económica del kirchnerismo respecto de las ideas de John Maynard Keynes. Se podría definir también como keynesianismo asimétrico, por cuanto toman las ideas que el economista inglés había aconsejado sólo para los momentos de depresión económica, para aplicarlas en cualquier momento y circunstancia. El problema mayor que deriva de tal estrategia, repetida insistentemente, es que conduce progresivamente a la inutilización del instrumento, especialmente para cuando se lo necesita, es decir, en las recesiones económicas.
Cuando la economía cae en profunda recesión, y la demanda de consumo e inversión de los agentes privados languidece, el Estado debe salir a compensar con consumo e inversión pública, como modo de revertir la caída en la demanda agregada. Si dicha estrategia tiene éxito, se despertaría el ímpetu inversor y consumidor de los privados, y la economía comenzaría a normalizar su situación, sin riesgos de inflación en un contexto inicial de alto desempleo. Eso es lo que nos diría Keynes, quien también aconsejaría que en una economía con pleno empleo en alguno de los factores productivos, y con evidentes presiones inflacionarias, la política económica debería realizar lo contrario: El gasto público acompañar desde atrás la expansión que proviene de los agentes privados, para no cebar la bomba inflacionaria. Es lo que suele describirse como una política contracíclica, esto es, una política fiscal y/o monetaria que va a contramano del ciclo del PIB, que a nivel del sector público debería acumular excedentes en los años buenos para gastarlos en los malos.
Sin embargo, lo que se observa en la experiencia argentina de la última década es una política económica generalemnte procíclica, en que a mayores aumentos del PIB nominal corresponden también mayores incrementos del gasto público, exacerbando, y no morigerando, el ciclo económico. Entre 2003 y 2012, siempre el gasto público creció más que el PBI, ya sea cuando éste caía (2009), crecía poco (2012) o crecía mucho (resto de los años). La emisión de dinero, en cambio, si bien generalmente procíclica, mostró variaciones al calor de la fuga de capitales de cada año.
La política fiscal resultó más procíclica a partir de 2007, cuando el gasto público superó por varios puntos porcentuales el crecimiento del PBI. Fue en ese período también cuando se aceleró la inflación, con una tasa anual promedio del 22%, cuando entre 2003 y 2006 los precios habían subido al 8% anual, aún después de la gran devaluación de 2002 y los reacomodamientos pendientes de precios relativos.
La repetición de una política fiscal fuertemente expansiva en cualquier circunstancia la vuelve finalmente inefectiva. Si el Estado deteriora su situación fiscal cada año para exacerbar con su gasto la demanda agregada, y ante los problemas crecientes de financiamiento va tomando decisiones que trastocan las reglas jurídicas (estatización del sistema previsional, uso de reservas del BCRA para pagar deuda, reforma de la Carta Orgánica del BCRA, uso de fondos de ANSES) los mercados percibirán un riesgo creciente, aumentará la percepción de inseguridad jurídica, subirá la prima de riesgo, y finalmente afectará negativamente a la inversión privada, agravando la situación fiscal. El keynesianismo asimétrico se vuelve finalmente inviable de financiar en términos genuinos.
En Argentina el resultado fiscal de Nación y Provincias, después de pagar intereses y sin incluir utilidades de BCRA y ANSES, pasó de un superávit del 3,7% en 2004 a un déficit del 3,6% en 2011, mostrando un deterioro de cerca de 7 puntos porcentuales del PBI en 7 años, cuando en dicho lapso la producción anual creció en 6 ocasiones, y a tasas altas. El riesgo país subió fuertemente desde 2007, por el tándem intervención de Iindec, crisis del campo, crisis internacional. Luego bajó, pero siempre en niveles cercanos a los 500 puntos, para ascender nuevamente en 2012 y superar los 1000 puntos básicos, contra los 200 puntos de Brasil o Uruguay.
El uso de recursos extraordinarios ha minado la fortaleza de las reservas internacionales del BCRA (pasaron de representar 17% del PBI en 2007 al 10% en 2012) y del Fondo de Sustentabilidad de la ANSES, que de un máximo del 12,4% del PBI a fines de 2010 pasó a un 10,6% en el primer trimestre de 2012. Así, con menos capacidad de respuesta fiscal ante la ralentización en el nivel de actividad, en 2012 el gobierno reformó la Carta Orgánica del BCRA para ampliar su poder de fuego, aunque aumentando la probabilidad de alta inflación a futuro. Ante la persistencia de la estrategia altamente expansiva los instrumentos se vuelven inefectivos e insuficientes, lo que deriva en nuevas decisiones que deterioran el clima de negocios y amenaza con convertirse en un círculo vicioso.










