Y cuando parecía que este año el Consumer Electronic Show (CES) que termina hoy en Las Vegas iba a transcurrir sin grandes novedades, Intel sacudió el avispero. ¡Al fín! Decían los periodistas luego de que su CEO Paul Otellini mostrara un celular y anunciara que por primera vez en la historia su compañía -asociada a Motorola y la china Lenovo- se subirá a dar pelea al durísimo ring de la industria de los smartphones. Por el momento, un terreno conquistado por Apple con su iPhone y Samsung, subido al caballo del inquieto y exitoso sistema operativo Android.

¿Qué ocurrió para que una empresa como Intel -fabricante de microprocesadores, líder absoluto en su rubro, con una sólida situación económica y financiera y un prestigio y reconocimiento de marca envidiables- decide embarrarse en una pelea que hasta el momento le era ajena? La respuesta es simple y compleja a la vez. Por un lado, Intel fabrica chips de computadoras, pero en la actualidad, las computadoras ya no son esas viejas PC de escritorio tal como nos acostumbramos a verlas. En pocos años, los dispositivos electrónicos con los que convivimos a diario se multiplicaron: celulares inteligentes, televisores que se conectan a Internet, tabletas, notebooks, netbooks, consolas de juegos, centros de entretenimiento hogareños, reproductores de música, audio y videos, etc. Además, el contenido también evolucionó a la par y ahora queremos bajar y ver videos en alta definición y en 3D, jugar a juegos con gráficos casi reales y que nuestro televisor nos obedezca a nuestros gestos o nos responda las preguntas que hacemos en voz alta. Todos esos dispositivos y contenidos necesitan un microprocesador para funcionar. Y cuanto mayor sea la exigencia al dispositivo, mejor rendimiento deberá tener el procesador y mejor será la experiencia del usuario. Y como me dijo David González, gerente de Intel para el Cono Norte: la enorme mayoría de las personas no compran un microprocesador, sino experiencias. Tiene razón.

El otro motivo responde a la industria y al negocio. Estamos en un momento en el cual todos los grandes jugadores tecnológicos se preparan para competir en todos los rubros posibles. ¿Por qué? porque los dispositivos -en apariencia diferentes- se empezaron a conectar y a fusionarse para relacionarse entre sí. Los aparatos ya no interesan tanto, sino que lo que importa es poder hacer lo que necesitamos y queremos.

Navegamos por las aplicaciones instaladas en una TV inteligente, desde la Tablet bajamos un libro electrónico y nuestras fotos de las vacaciones. Samsung fabrica televisores y celulares, al igual que Sony, que además lanza Vita, su consola portátil que, por supuesto, se conecta a Internet para participar de su ecosistema online que bautizaron Sony Entertainment Network. El celular interactúa con casi todo: notebook, heladera, consola de juegos, música, o nuestro auto. Y así sucesivamente. Por eso Apple vende una notebook y un iPod pero también una canción de The Beatles en su tienda iTunes. Google, en principio sólo un buscador Web, compra la división de móviles de Motorola e ingresa en la TV. Y Microsoft, que se hizo grande vendiendo el Windows, desembolsa 8.500 millones de dólares para hacerse de Skype y también ofrece la Xbox (que ya alcanzó el primer puesto en ventas en EE.UU) y apuesta al movimiento gestual, al igual que LG y otros.

Todos los grandes ofrecerán de todo porque quedarse afuera de un rubro puede resultar catastrófico en pocos meses. Por eso se reconvierten a empresas integrales de tecnología. No le regalarán ni un centímetro a sus rivales, en ningún rubro. Pero saben que tampoco pueden hacer todo en soledad. Se necesitan.

En este contexto, Intel reacciona, sorprende y se sube a dar pelea. Y lo anunció en Las Vegas, la ciudad del pecado, pero también del show electrónico.