Era hincha de San Lorenzo y todos los domingos llamaba a la redacción de Clarín para preguntar los resultados del torneo Metropolitano. Osvaldo Soriano estaba exilado en París, tras la caída de Isabel Perón en marzo de 1976, y no aguantaba esperar hasta que llegara la información desde Buenos Aires. Ya había escrito No habrá más penas ni olvido, pero no pudo publicar cuando terminó de corregir su borrador en 1974: la muerte en las calles y el ruido de sables desalentaron a los editores que enfrentaban la censura previa y el exilio de sus autores.
La novela de Soriano tiene una escena clave que desnuda la ausencia de límites en la construcción del poder. Dos militantes se matan mutuamente gritando ¡Viva Perón! En todos los sistemas de gobierno, dictaduras y democracias, se establecen métodos para acceder al poder y ocupar espacios que garanticen su ejercicio. Jorge Rafael Videla derrocó un gobierno constitucional y aprobó un plan sistemático de desaparición de personas. Raúl Alfonsín ganó las elecciones y alentó el juicio a los excomandantes que cometieron crímenes de lesa humanidad.
Se trata de lógicas diferentes, con una coherencia interna que excluye las alternativas. Es binaria: hay conductas dictatoriales o democráticas. No es posible una mezcla, porque sus instituciones son diferentes y los mecanismos antagónicos. Con su uniforme de general, sombrío, Videla conspiró en los cuarteles para irrumpir en la Casa Rosada. Vestido con su legendario saco azul, recorriendo la Argentina, Alfonsín ganó las elecciones de 1983.
La construcción programática de un líder político está sujeta a la exégesis de sus herederos. Isabelita aplicó el peronismo con una perspectiva diferente a los planes que ejecutó Carlos Menem cuando llegó a Balcarce 50. Y Néstor Kirchner leyó las obras del General con una mirada distinta a la gestión de emergencia que protagonizó Eduardo Duhalde. Hay un Perón, e infinitas interpretaciones de sus conceptos, premisas y pragmatismos.
El Teorema de Soriano enseña que las disputas políticas en el peronismo permiten hasta el recurso de la muerte para preservar el poder. Se trata de aplicar una escala de conductas que se tornan más oscuras a medida que los tiempos se acortan y las expectativas decrecen inevitablemente.
Con un mandato recién estrenado y la posibilidad de una reelección, al futuro enemigo político se lo maltrata en público, se cancelan sus audiencias con el Presidente o se expulsa de la administración a sus punteros y militantes. Si el tiempo pasa, y las alternativas para perpetuarse en el poder no prosperan, hay que buscar su asfixia mientras se elige a un Vicario para preservar los espacios y negociar un eventual regreso triunfal.
En junio de 1973, sucedió la Masacre de Ezeiza. Peronistas contra peronistas. Durante 1974 y 1975, la cacería continuó entre las organizaciones armadas y la Triple A. Muertos, torturados y exilados. Todos gritando viva Perón, recordando al General que ya había muerto. Después irrumpió la dictadura con los campos de concentración y los desaparecidos. Fue la tregua, ante un enemigo común que no distinguía a los peronistas que militaron entre los Montoneros y la burocracia sindical. Firmenich y Lorenzo Miguel se salvaron. Un milagro político apoyado en la traición.
Con la democracia que arrancó en 1983, se aprendió. La muerte masiva ya no integraba el Teorema de Soriano. Todas las disputas de poder debían dirimirse sin armas, en elecciones y frente a la opinión pública. Hay picardías, frazadas, cargos en las intendencias, punteros y bolsas de comida. Pero nadie desaparece, no hay muertos en las cunetas, ni torturados en las unidades básicas.
Sin embargo, las dificultades continúan. Ya no hay cadáveres: ahora hay rehenes. Millones de bonaerenses que trabajan por su sueldo y un aguinaldo quedaron en medio de una disputa de poder entre Cristina Fernández y Daniel Scioli. Millones de bonaerenses que llevan a sus chicos al colegio, litigan en los tribunales y se atienden en los hospitales públicos están atrapados en un conflicto que excede sus vidas cotidianas.
Fernández y Scioli tienen derecho a disputar el poder. Promover una reforma constitucional, anunciar una candidatura presidencial, cuestionar al adversario en la intimidad de Olivos y posar para una foto consciente de su carga política.
Pero la disputa no puede transformar a la sociedad en rehén. Y tampoco se pueden aguardar cuarenta años para que asuman los errores. Aprendieron respecto a los muertos de la década del 70. Ahora, liberen a los rehenes del siglo XXI.
Es más gratificante leer al Gordo Soriano, que recordar su Teorema escrito en No habrá más penas ni olvido. Estoy seguro que Osvaldo lo agradecería, como la permanencia de San Lorenzo en Primera División.