Si bien no hay datos exactos de la cantidad total de beneficiarios de los planes sociales, resulta claro que en la Argentina el Estado asiste a una gran parte de la población.
En el largo plazo, dicha asistencia carece de sentido a no ser que mediante la misma se incentive a aquellos que son asistidos a valerse por sí mismos.
De lo contrario se estaría condenando a los beneficiarios a la virtual indigencia, al perpetuarlos fuera de la sociedad productiva.
Esta idea no es nueva, por ejemplo, podemos encontrarla hace mas de 800 años en el pensamiento de Maimónides, quien colocaba en la mas alta escala de la filantropía el dar a un pobre los medios para que pueda vivir de su trabajo sin degradarlo con la limosna abierta u oculta y, contemporáneamente, en el ideal de un ícono del liberalismo como lo fue Ronald Reagan, quien afirmaba que el propósito de cualquier política social debería ser la eliminación, tanto como sea posible, de la necesidad de tal política.
¿Cómo lograrlo? Educación es la respuesta. Una gran cantidad de beneficiarios de los planes sociales no ha terminado la escuela primaria y la amplia mayoría no ha complementado sus estudios secundarios. Planes como Argentina Trabaja, Enseña y Aprende apuntan a facilitar que los beneficiarios puedan alfabetizarse, pero es claramente insuficiente.
No existe razón alguna para no requerir que todo beneficiario de un plan social deba concurrir a escuelas de adultos como requisito para cobrar la asignación del respectivo plan, requerimiento ideológicamente similar al exigido a los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijos, donde es necesario demostrar la asistencia de los mismos a las escuelas a los fines de recibir el respectivo subsidio.
Al fin y al cabo, porque la sociedad se siente responsable solamente de la educación de los niños y no de la educación de todos los adultos de todas las edades. Idea a veces atribuida a Erich Fromm y otras a la psicoanalista norteamericana Erika Fromm, pero de clara aplicación a nuestra realidad.
No es gratis. Una importante asignación presupuestaria sería requerida, ese es el real problema de incentivos, dado que los beneficios probablemente serán percibidos mas allá del fin del mandato del gobernante que tenga el coraje llevarlo a cabo. Pero el retorno de la inversión lo justifica con creces.
No es posible imaginarse crecimiento económico ni movilidad social sin capital humano y la educación formal es el medio más directo de generar el mismo.
Más aún, en el siglo XIX Domingo Faustino Sarmiento señalaba que todos los problemas son de educación. Es fácil extrapolar esta cita al tema que hoy preocupa a muchos argentinos: la inseguridad.
Sin ir más lejos, la mayor parte de los detenidos en las prisiones de nuestro país no han culminado la educación básica obligatoria. Más educación, menor inseguridad, la ecuación es sencilla y, por cierto, postulada hace muchos siglos por Pitágoras, quien señalaba que la educación elimina la violencia.
Frente al escenario electoral que se avecina, Cristina Kirchner, o el candidato opositor que la suceda, tienen la posibilidad al culminar su mandato de ser recordados como Michelle Bachelet o Luiz Inacio Lula Silva, pero también como Isabel Martínez o Fernando de La Rúa.
El futuro estará en sus manos, sólo de ellos dependerá. Es hora que un Presidente se atreva en su discurso inaugural a afirmar que llega al gobierno con un mandato, educar al soberano, la mejor política económica de largo plazo que es factible diseñar, y que la misma no quede en palabras de un año electoral sino que se lleve a cabo como objetivo de Estado.