Martes  25 de Junio de 2013

Siete principios del buen estatismo

Siete principios del buen estatismo
Hace años, Martín Schwab y Etchebarne acuñó una frase que hacía referencia al viejo dilema de la política argentina: “Socialismo sin plan y capitalismo sin mercado”, luego tomadas y popularizada en la era menemista por Domingo Cavallo para etiquetar su política económica por oposición.
Desde que la planificación centralizada pasó de ser una utopía de biblioteca a una alternativa real, la discusión entre los economistas socialistas pasó del qué al cómo. Es decir, migró de las alternativas para producir el estado de cosas por el cual las decisiones de la producción, consumo y distribución se deciden en un comité gubernamental en lugar de que las fuerzas más o menos anónimas del mercado lo hagan.
En el medio queda la discusión de cuán competitivo y atomizado es aquel no-lugar en el que demanda y oferta interactúan. Respuesta obvia, por la negativa o la positiva si la casuística es la que manda.
Con la debacle de la Unión Soviética y todo su bloque, entre otras cosas incapaz de generar excedentes para competir militarmente con ‘Occidente’ en una matriz defensiva donde la innovación tecnológica era la estrella, pareció que se cerraba un etapa en el intento por lograr el ‘socialismo real’ encarnado en sociedades que aspiraban a conjugar la democracia con el estatismo. Pero las posibilidades tecnológicas y las bondades de la alquimia informativa unidos a la caída estrepitosa de las economías apalancadas en los mercados especulativos, reflotaron la idea de una economía más ‘humanizada’ y ‘social’ en donde el Gobierno tiene mucho que decir en lugar de los fríos e insensibles mercados.
Es cierto que existe un vector subjetivo en tanto y cuanto un sistema económico pueda ser más o menos orientado al mercado; más o menos abierto al mundo y más o menos propenso a sacrificar el bienestar presente por el futuro. Estas son opciones no económicas pero cuya respuesta tendrá un necesario correlato económico en la actualidad diaria. Tasas de interés, tipo de cambio (en todos sus colores), alícuotas impositivas, nivel de inflación resultante, desempleo y crecimiento de la economía; todas ellas serán variables que resulten de decisiones no económicas que en el afán porque la ‘política’ domine a la economía, reinarán implacablemente.
Suponiendo que lo que se trata es de abogar por un Estado productor de bienes y servicios de manera eficaz, convendría recordar algunos de los requisitos para que esta cosmovisión pueda redundar en beneficio del aprobado de una idea fuerza.
n 1.La planificación centralizada requiere, antes que nada, un plan. Esto es una idea estratégica, metas para alcanzar, plazos y sobre todo los recursos involucrados para tal fin.
n 2.No viene mal el clásico ejercicio del FODA: declarar con sinceridad o las fortalezas (mis puntos fuertes), las oportunidades (lo que puedo aprovechar), las debilidades (lo que me falta) y las amenazas (lo que me perturbará).
n 3.Reconocer con realismo las restricciones de las que se parte y las posibilidades de éxito del camino elegido. Los sueños son buenos inspiradores pero malos consejeros a la hora de la táctica de gobierno.
n 4.Validar el conocimiento técnico como medio para conducir procesos. Ningún ingeniero de vuelo querrá planificar sobre la negación de la ley de la gravedad. Muchas veces serán los encargados de anunciar la imposibilidad de realizar las grandes ideas propuestas desde su experiencia y su saber y no desde su voluntarismo.
n 5.Aceptar la secuencia temporal de los hechos: lo que siembro hoy lo cosecharé más tarde. Es imposible lograr todo para mañana si no hubo una planificación previa, respetando tiempos técnicos, naturales y capacidad de ejecución.
n 6.Establecer metas medibles para poder medir el éxito o el fracaso de las políticas. Lo que no se mide, no se controla y si se trata de una ‘planificación centralizada’ lo primero que se requiere es cuantificar los objetivos para conocer luego su grado de cumplimiento.
n 7.Reconocer con claridad el costo, en recursos y tiempo, que implica la adopción de políticas de producción. Sobre todo, explicar con claridad qué dejamos de consumir o producir para lograr lo propuesto. Si nada es gratuito, si la escasez sigue mandando, decir una media verdad es mentir.
Una vez reconocidas estas cuestio nes, se podrá tamizar desde la política ferroviaria, el mantenimiento de los hospitales, la construcción de cárceles o la autarquía del Poder Judicial. Todo cuenta la hora de establecer racionalidad a aquellas decisiones que por no tener una raíz económica, no quedan exentas de la lógica implacable de las consecuencias.
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