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Pujante espíritu de investigación científica

por  JOSÉ NAROSKY

Escritor
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Pujante espíritu de investigación científica

El Dr. Angel Roffo fue una de las personalidades de nuestro país que heredaron el pujante espíritu de investigación científica que animó los finales del siglo XIX en el campo de la medicina, como los trascendentales aportes de Pasteur, Koch, que descubrió el bacilo de la tuberculosis, el de Roentgen, quien con los rayos X logró fotografiar, si cabe la expresión, el interior del cuerpo humano. O de Sigmund Freud, radiografiando, sin ver, a la mente humana. Roffo, nació en Buenos Aires en 1882 y egresó como médico de la Facultad de Medicina de la Universidad de Buenos Aires en 1909 a los 27 años, manifestando desde ese momento su pasión por profundizar el conocimiento del cáncer ya desde su tesis de doctorado El cáncer contribución a su estudio. Ese trabajo fue laureado con el premio Facultad, que se otorgaba anualmente al estudiante que realizara con su tesis de graduación, un aporte a la ciencia.

Tres años después contribuyó con la Academia Nacional de Medicina una colaboración qué título Cáncer Experimental, un trabajo por el cual, tras su divulgación y a raíz de su impacto, lo alentó a crear un instituto experimental para el estudio y tratamiento de la enfermedad, lo que se concreto años después con la inauguración de las primeras instalaciones del actual instituto Ángel Roffo.

Roffo era patólogo, investigador y un apasionado docente. Fue el pionero de la medicina oncológica de nuestro país. Estaba casado con la doctora Helena Larroque, que además de secundario en sus tareas de laboratorio inspiró la creación de la liga Argentina de lucha contra el cáncer (Lalcec).

El instituto Roffo se inauguró como lo dijimos en 1922, y se convirtió pronto en el principal centro nacional y latinoamericano para la lucha contra las enfermedades cancerígenas. Roffo, era por entonces, el mayor especialista en el estudio y tratamiento de las enfermedades oncológicas de Latinoamérica, poseía una vasta trayectoria docente en la Universidad de Buenos Aires y en distintas universidades del país y del exterior. Durante su prolongada recorrida por hospitales de Europa aprendió la utilización del radium, como agente terapéutico.

El prestigio internacional que había logrado le permitió avanzar con el instituto de oncología, cristalizando su sueño, con 40 camas para internación, consultorios, comedor, sala de guardia. Incluso se crearon allí ámbitos aislados para pacientes terminales, para evitar que repercutiera su penosa situación sobre los que tenían posibilidades de sobrevivir. También volcó allí toda su experiencia y sus esfuerzos al punto tal de instalarse y vivir en él casi permanentemente.

Pero surgió un inconveniente: Vecinos del edificio a construirse para el instituto se oponían firmemente arguyendo la posibilidad de contagio de la enfermedad. La polémica Fue para él como una de esas heridas que duplican la fuerza del herido.

Murió el 23 de julio de 1947 poco después de haberse convertido en el primer científico que dio a conocer la relación estrecha entre el tabaco y el cáncer, causando por entonces un gran revuelo internacional. Va entonces un aforismo final que dedico para este héroe de la ciencia, por su sentido de la solidaridad, que no fue menor que su talento: "Quienes luchan por el bien, no se necesitan vencer".

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