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Nuestro adiós a Francisco Casas, colega, compañero y, sobre todo, un buen tipo

por  CRONISTA.COM

Nuestro adiós a Francisco Casas, colega, compañero y, sobre todo, un buen tipo

Los periodistas tratamos de explicar las cosas con palabras. Ese es nuestro trabajo, de eso vivimos. Sin embargo, no siempre es fácil.

Franciscos Casas tenía todo lo que debe tener una persona para ser catalogada como buen tipo. Campechano, de bajo perfil, se preocupaba por el otro más allá de lo laboral. Agradecía por demás la ayuda y todos los gestos que cualquiera tuviera para con él, aunque uno le dijera que simplemente se los merecía.

Hay personas a las que se conoce rápido, con acciones, con gestos. Así conocimos a Francisco. Un tipazo, bonachón y de una simpatía tan tímida como entradora. Tenía el don de la empatía, el de ponerse en el lugar del otro, sin que medie, necesariamente, un afecto muy estrecho ni extendido en el tiempo, un don que no se puede forzar, que se trae en el ADN.

En el algo más de medio año que pasó por la redacción, se hizo parte querible del equipo. Fue corto el tiempo que compartimos, pero intenso, como intensos somos los integrantes de Cronista.com que hoy lo despedimos con pesadumbre.

La verborragia de varios de nosotros contrastaba con sus palabras pensadas, medidas, apropiadas tanto en el chiste y la gastada como en la reflexión. Su intervención solía obligar al silencio.

Con esas palabras nos contó que era de Ayacucho, que tenía una familia a la quería mucho y extrañaba bastante, y también sobre los amigos de su pueblo que, de vez en cuando, lo venían a visitar. Era generoso cuando hablaba y en los actos: en unas vacaciones de invierno decidió mudarse a un departamento de su hermana para que sus amigos que venían de Ayacucho a Buenos Aires pudieran estar más cómodos en el suyo.

Le gustaba mucho la música, tocaba la guitarra para distraerse y su gran ídolo era George Harrison, sobre todo en su etapa solista. Se desarmaba de amor mostrando fotos y videos de sus sobrinas.

Las charlas más extensas, con los que compartió horario, arrancaban al salir de la redacción, mientras se acomodaba en su pequeña moto, a la que cuidaba lo mínimo indispensable. Ahí parecía distenderse, relajarse, quería saber cómo lo veían sus compañeros y editores y contaba ideas sobre cómo mejorar nuestro trabajo.

Los últimos meses que pasó en El Cronista entraba al diario a la 6 de la mañana. La luz tenue y el silencio de la redacción llamaban al encuentro profundo entre los primeros mates y los temas que nos hacían arrancar la jornada laboral. El madrugón a veces lo hacía cabecear sobre el teclado, pero a la hora de irse había que obligarlo a levantar campamento, ya que retrasaba la salida en su afán de siempre quedarse a dar una mano. Tenía una enorme capacidad para resolver en pocos minutos temas complejos que requerían mucho de su formación económica. Le gustaba aprender y estaba siempre dispuesto a hacer un esfuerzo más aún cuando no se lo pidieran. Además de ser una gran persona, escribía muy bien y tenía conocimientos técnicos, un plus en el mercado.

Cuando contó que había decidido irse del diario, su transparencia dejaba en claro que le había costado tomar la decisión. Después de agradecer mil veces por lo supuestamente bien que lo tratamos en El Cronista y de la buena relación que había tenido con sus jefes y sus pares, ofreció un cordero en su Ayacucho natal: "Te podés quedar a dormir con tu familia, hay lugar". Pese a que apenas pasó ocho meses por esta redacción antes de irse a un nuevo destino laboral que parecía cuadrar aún más con sus intereses, siguió atado a nosotros, porque a la buena gente no se la deja ir tan fácil. Algunos seguíamos intercambiando mensajes, teléfonos de contacto, riéndonos de noticias sobre las que antes habíamos bromeado y prometiendo ese pronto encuentro que ya no podremos concretar.

Quedarán en nuestra memoria las risas compartidas ante la ocurrencia de quien fuera, las gastadas interminables que sufrimos todos cuando cometemos una torpeza, su tímida simpatía, varias anécdotas.

Desde que supimos lo que pasó, la sensación que tenemos todos los que fuimos sus compañeros es muy parecida. Nos dejó sin palabras: la buena gente deja una marca. Se repiten preguntas sin respuesta, exclamaciones en voz baja que sólo buscan el desahogo, silencios, un nudo en la garganta que vuelve y vuelve, alguna lágrima contenida.

Los periodistas tratamos de explicar las cosas con palabras. Es nuestro trabajo, y de eso vivimos. Sin embargo, no siempre es fácil.

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