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Las desigualdades y la concentración de la riqueza

Las desigualdades y la concentración de la riqueza

El hambre y la pobreza no son por falta de alimentos o de recursos sino por las enormes desigualdades creadas en el mundo real que impiden su adecuada distribución. En este humilde presagio Amartya K. Sen recibió el Premio Nobel de Economía en 1998. El fracaso de las teorías sobre ‘el derrame’, en la que el crecimiento y el desarrollo primero benefician a los sectores acomodados y luego lentamente llega a todos. En rigor, parece que algo detuvo el derrame en los sectores medios en el mejor de los casos, y mantuvo altos niveles de pobreza. En el desarrollo de los indicadores económicos y sociales es fundamental el concepto del enfoque de las ‘capacidades’. Es decir, los medios y la aptitud para que cada persona disponga del poder para convertir sus derechos en libertades reales. Por ejemplo, en los Estados Unidos, los ciudadanos tienen el derecho constitucional de votar. Para Amartya K. Sen esto no significa nada si cada uno de los ciudadanos no pueda ejercer efectivamente la capacidad de votar. Educación, cultura cívica, medios de transporte, acceso libre al lugar de votación, son las barreras que se deben sortear y superar para que cada ciudadano puede ejercer su elección personal. En el mundo del trabajo, Amartya Sen dice que las ‘capacidades’ se enfocan en la libertad positiva, que es la capacidad real de una persona de ser o de hacer algo, a diferencia de la libertad negativa, que es común en economía y se centra simplemente en la no interferencia y que el mercado fluya. Un trabajo sin condiciones de trabajo dignas y salario razonable condena a la persona a la pobreza, a pesar de que puede por sí ejercer su derecho a trabajar. Y el pobre o el indigente no puede salir de su proceso de exclusión bajo las reglas del mercado, o mejor dicho, bajo la inexistencia de reglas que impone el mercado global de la oferta y la demanda, donde el fin es el lucro, y no ningún otro objetivo social, caritativo o benéfico. Tomas Piketty, llamado el nuevo Carlos Marx del Siglo XXI, desde el año 2000 es director de estudios en la École des Hautes Études en Sciences Sociales (EHESS). Actualmente es profesor asociado de la Escuela de Economía de París. Piketty sostiene que cuando la tasa de acumulación de capital crece más rápido que la economía, entonces la desigualdad aumenta. El autor propone, para evitar lo que denomina un capitalismo patrimonial, los impuestos progresivos y un impuesto mundial sobre la riqueza con el fin de ayudar a resolver el problema actual del aumento de la desigualdad. Los impuestos se vuelcan hacia los grupos marginados o segregados para tenderles puentes que los conecten con salidas razonables. Sus trabajos cuestionan de manera radical la hipótesis optimista del economista ruso Simon Kuznets quien establecía un vínculo directo entre el desarrollo económico y la redistribución de ingresos, resaltando la importancia de las instituciones políticas y fiscales en la instauración de impuestos e ingresos públicos y por tanto en la evolución económica histórica de la distribución de la riqueza. Su libro más reciente, ‘El capital en el siglo XXI’, se nutre de datos económicos que se remonta 250 años para demostrar que se produce una concentración constante del aumento de la riqueza que no se autocorrige y que aumenta la desigualdad económica, problema que requiere para su solución una redistribución de la riqueza a través de un impuesto mundial o global sobre la misma. El trabajo humano en relación de dependencia, como lo establecen los sistemas codificados de Europa Central, solo conducen a una mejor distribución por las herramientas de protección brindadas desde el Estado, ya que con la competencia del mercado abierto tienden a consolidar los guetos de pobreza, insuficiencia de ingresos y marginalidad. Para David Harvey la tesis de Piketty confirma que el capitalismo de libre mercado, cuando no interviene el Estado para redistribuir la riqueza, produce oligarquías antidemocráticas y, por supuesto, aumenta la desigualdad. La causa es que la tasa de retorno del capital siempre supera a la tasa de crecimiento de la renta, cuestión que como señala Piketty es y ha sido ‘la contradicción central del capital’. Esto ocurre, según Harvey, pero critica que no lo señale Piketty, por el desequilibrio de poder entre capital y trabajo. Aunque Piketty señala el período 1932-1980 como excepcional al establecerse la tributación progresiva, la implantación del keynesianismo, que permitió mantener la demanda y no impidió el crecimiento, ignoraría la pregunta sobre como se mantuvo la demanda a partir de 1980, cuando se confirma el fin del keynesianismo y la fuerte implantación del neoliberalismo thatcheriano, y por tanto la respuesta: la expansión desmesurada del crédito que causará crisis continuas de las que Piketty tampoco da explicación, entre ellas la crisis financiera de 2008 y la crisis económica de 2008-2014.
El trabajador de ingresos fijos los ingresos tienden a disminuir respecto de las demandas pico de trabajo ya que: a) que el porcentaje de retorno del capital supera el porcentaje de crecimiento económico; b) que la riqueza que se hereda siempre posee más valor y se potencia frente a la que un individuo puede acumular en su vida; c) que de los dos datos y las tendencias se desprende que el capitalismo entra en contradicción tarde o temprano con la democracia y la justicia social. Prescindiendo de todas las orientaciones ideológicas, el pragmatismo que imponen estos tiempos nos obligan a observar las distintas tendencias, para descubrir seguramente que lejos de los extremos, la verdad están en un punto relativo y equidistante entre ellos.

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