Viernes  25 de Junio de 2010

La posición de Alemania paraliza la integración europea

Por George Soros, presidente del Soros Fund Management. Especial Cronista.com

BERLÍN – Alemania solía estar en el núcleo de la integración europea. Sus estadistas solían reafirmar que no tenía una política exterior independiente, sólo una política europea. Tras la caída del Muro de Berlín, sus dirigentes comprendieron que la reunificación alemana sólo era posible en el marco de una Europa unida y estuvieron dispuestos a hacer algunos sacrificios para lograr la aceptación europea. Los alemanes aportarían un poco más y obtendrían un poco menos que los demás, gracias a lo cual facilitarían el acuerdo.

Eso ya es cosa del pasado. El euro está en crisis y Alemania es la protagonista principal. Los alemanes ya no se sienten tan ricos, por lo que no quieren seguir haciendo de bolsillo repleto para el resto de Europa. Ese cambio de actitud es comprensible, pero ha paralizado el proceso de integración europea.

Tal como fue concebido, el euro era una divisa incompleta en su lanzamiento. El Tratado de Maastricht creó una unión monetaria sin una unión política: un banco central, pero no una hacienda central. En lo relativo al crédito soberano, cada uno de los miembros de la zona del euro iba por su lado.

Esa realidad quedó ocultada hasta hace poco por la disposición del Banco Central Europeo a aceptar la deuda soberana de todos los miembros de la zona del euro en condiciones de igualdad en su ventanilla de descuentos. En consecuencia, todos ellos podían endeudarse con el mismo interés prácticamente que Alemania. Los bancos se alegraron de ganar unos céntimos más con activos supuestamente libres de riesgos y recargaron sus balances con la deuda estatal de países más débiles.

La primera señal de que había problemas llegó después del desplome de Lehman Brothers en septiembre de 2008, cuando los ministros de Hacienda de la Unión Europea decidieron, en una reunión de emergencia celebrada en París en aquel octubre, brindar una virtual garantía de que no se permitiría la quiebra de ninguna otra entidad financiera sistémicamente importante, pero la Canciller alemana, Angela Merkel, se opuso a una garantía conjunta a escala de la UE; cada uno de los países debía hacerse cargo de sus propios bancos.

Al principio, los mercados financieros quedaron tan impresionados por la garantía, que apenas notaron la diferencia. El capital huyó de los países que no estaban en condiciones de ofrecer garantías similares, pero las diferencias de las tasas de interés dentro de la zona del euro siguieron siendo mínimas. Entonces fue cuando países de la Europa oriental –en particular Hungría y los Estados bálticos– experimentaron dificultades y hubo que rescatarlos.

Hasta este año, en el que los mercados financieros han empezado a preocuparse por la acumulación de deuda soberana, no han empezado a aumentar las diferencias entre los tasas de interés. Grecia pasó a ser el centro de atención,  cuando su nuevo gobierno reveló que sus predecesores habían mentido sobre el tamaño de su déficit presupuestario en 2009.

Las autoridades europeas tardaron en reaccionar, porque los miembros de la zona del euro mantenían opiniones radicalmente diferentes. Francia y otros países estaban dispuestos a mostrar solidaridad, pero Alemania, dos veces traumatizada en el siglo XX por unos precios desbocados, se mostró alérgica a acumulación alguna de presiones inflacionistas. (De hecho, cuando Alemania accedió a aceptar el euro, insistió en la necesidad de unas salvaguardias sólidas para mantener el valor de la nueva divisa, y su Tribunal Constitucional ha reafirmado la prohibición de los rescates que figura en el Tratado de Maastricht.)

Además, como en septiembre de 2009 los políticos alemanes afrontaban unas elecciones generales, siguieron dando largas. La crisis griega se pudrió y se extendió a otros países con déficit. Cuando los dirigentes europeos actuaron por fin, tuvieron que aportar un plan de rescate mucho mayor que el que habría sido necesario, si lo hubieran hecho antes. Además, para tranquilizar a los mercados, las autoridades se sintieron obligadas a crear el Fondo Europeo de Estabilización Financiera de 750.000 millones de euros, 500.000 de ellos aportados por los Estados miembros y 250.000 por el FMI.

Pero los mercados no se han tranquilizado, porque Alemania dictó la condiciones del Fondo y las hizo algo punitivas. Además, los inversores reconocen correctamente que la reducción de los déficits en un momento de desempleo elevado sólo servirá para aumentar este último, lo que dificultará aún más la consolidación fiscal. Aun cuando se cumplieran los objetivos en materia de déficit, resulta difícil ver cómo podrían recuperar la competitividad esos países y reactivar el crecimiento. A falta de una depreciación del tipo de cambio, el proceso de ajuste reducirá los salarios y los precios, lo que elevará el espectro de la deflación.

Las políticas actualmente impuestas en la zona del euro contradicen directamente las enseñanzas que se desprendieron de la Gran Depresión del decenio de 1930 y podrían sumir a Europa en un período de estancamiento prolongado o algo peor, lo que, a su vez, crearía descontento y desórdenes sociales. En el peor de esos casos hipotéticos, la UE podría quedar paralizada o resultar destruida por el ascenso del extremismo nacionalista y xenófobo.

Si así fuera, correspondería a Alemania la mayor parte de la responsabilidad. No se le puede culpar de querer tener una divisa fuerte y un presupuesto equilibrado, pero, como el país más fuerte y más solvente que es, está imponiendo involuntariamente sus políticas deflacionistas al resto de la zona del euro. No es probable que el público alemán reconozca el daño que las políticas alemanas están haciendo al resto de Europa, porque, tal como funciona el euro, la deflación servirá para hacer a Alemania más competitiva y al tiempo sumir aún más en la depresión a los países más débiles y aumentar la carga de su deuda.

Los alemanes deberían hacer el siguiente experimento mental: la retirada del euro. El marco alemán restaurado se pondría por las nubes y el euro caería por los suelos. El resto de Europa se volvería competitiva y podría crecer y salir de sus dificultades, pero Alemania descubriría lo doloroso que es tener una divisa excesivamente apreciada. Su saldo comercial se volvería negativo y habría un desempleo generalizado. Los bancos sufrirían pérdidas cuantiosas con los tipos de cambio y necesitarían grandes inyecciones de fondos públicos, pero al Gobierno le parecería políticamente más aceptable rescatar bancos alemanes que a Grecia o España. Y habría otras compensaciones: los pensionistas alemanes podrían retirarse a España y vivir como reyes, con lo que contribuirían a la recuperación de la propiedad inmobiliaria española.

Naturalmente, esto es puramente hipotético, porque, si Alemania abandonara el euro, las consecuencias políticas serían inconcebibles, pero el experimento mental puede ser útil para impedir que lo inconcebible llegue a ocurrir en la realidad.

Copyright: Project Syndicate, 2010.

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