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La democracia, entre lo preferible y lo detestable

A los 28 líderes que, a principios de setiembre, participen de la XI cumbre del Grupo de los 20 los espera una agenda desbordante: nuevas políticas de inversión, comercio y arquitectura financiera internacional, cooperación anticorrupción, industrialización de los países menos avanzados, cambio climático. Pero nada eclipsará a las elecciones en Estados Unidos, dos meses más tarde, que definirán a fuego el sentido de la democracia en el mundo.
La democracia resulta de una apuesta institucionalizada, decía Guillermo O’Donnell. Nunca más cierto que en estos tiempos de cuestionamiento del orden social y las ideas económicas. La intuición nos indica que deberían gobernar los mejores pero, como a los políticos les cuesta deslindar sus intereses personales de la cosa pública, convenimos que el príncipe filósofo es una ilusión platónica. La democracia resulta ser un arreglo transaccional, creado para reducir las fricciones del poder, distribuyéndolo en frenos y contrapesos mutuos. En teoría, la confrontación de las ideas da resolución socrática al gobierno del pueblo. Es decir, sirve para descubrir la verdad ínsita en psique social, la aproxima a la razón y de ese misterioso derrotero colectivo surge la decisión política legítima.
El cuestionamiento de la democracia como expresión de la voluntad coherente de los ciudadanos no es nuevo. Weber decía que solamente el liderazgo inspirado puede salvarla de su burda tendencia a la mediocridad, la burocratización y la mentira. La tradición del escepticismo por la acción de gobierno, la del estado como sociedad civil, gira en torno a la figura del individuo y alimenta al liberalismo clásico. En el extremo opuesto, la concepción del estado como emprendimiento, que privilegia a la sociedad como vector del bien común, nutre el pensamiento comunitario. Los órdenes constitucionales del mundo real son combinaciones de una y otra concepción; la elección política rara vez es entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable, como decía Raymond Aron.
Mientras la primera se asienta en el consentimiento a un gobierno lo más limitado posible, la segunda se afirma en el interés general, para el que no hay recurso que alcance. Mientras una se preocupa por que el ejercicio del poder sea lo menos nocivo posible para las actividades productivas, la otra proclama la distribución progresiva del producto social. Frente a los que creen a pie juntillas que el motor del progreso es la creatividad de los particulares, lo menos sometida a trabas de gobierno posible, los émulos de Napoleón buscan con sus intervenciones acelerar el reloj de la historia. Que Donald Trump y Hillary Clinton representen tan nítidamente a uno y otro campo político invita a la caricatura. Porque no existe ni una sola jurisdicción en el mundo en donde no haya alguna injerencia del Estado en la economía ni tampoco algún grado de actividad económica informal.
También hay visiones diferentes del control ciudadano de los actos de gobierno. Está la de la élite iluminada frente a la masa informe, como nos imaginamos a Rivadavia y a sus delegados explicándoles a los caudillos del interior los beneficios del endeudamiento externo. Está la de la voluntad general de Rousseau, alerta frente a las élites preocupadas por preservar sus intereses de clase. Está la de la democracia participativa, un punto intermedio entre la democracia representativa y la directa, en crecimiento con el uso de dispositivos electrónicos, como lo demostró el precandidato demócrata Bernie Sanders.
La democracia también abreva de la noción romana de civitas. De "tener una voluntad común en el presente, haber hecho juntos grandes cosas en el pasado, querer seguir haciéndolas", como decía Renan. Aunque el análisis de las cuestiones que nos preocupan esté dominado por el método económico, hay una forma intangible de capital que pareciera explicar el desarrollo mismo: el capital social, resultado del complejo entramado de confianza mutua que se da en las comunidades avanzadas. Las normas y usos que regulan las interacciones sociales –el cumplimiento de la ley y las obligaciones contenidas en los contratos, el pago de los impuestos, la emisión del voto, la tolerancia razonada– simplifican las relaciones humanas. La cooperación en las sociedades evolucionadas solamente es posible a costos razonables si existe además una expectativa de solidaridad y reciprocidad. Se trata de un orden social noble, por más vulnerable que sea a la ignorancia, la violencia y la irracionalidad; a la larga, la democracia prevalece, como una perpetua guerra civil impedida, al decir de Habermas.
La cumbre del G-20 en Hangzhou será la última para Barak Obama y la primera para Mauricio Macri. Desde San Petersburgo 2013 que un jefe de Estado argentino no se sienta a esa mesa. Porque gobernar es prever, el anfitrión en 2018 de la primera reunión plenaria del G-20 en Sudamérica llevará representantes de la ciudad y la provincia de Buenos Aires.

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