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La década gastada: claves para entender el ‘modelo’

Si bien es difícil poner fechas de inicio a procesos económicos y sociales, el 25 de mayo de 2003 podría considerarse el comienzo del ‘modelo’ económico y político implementado por Néstor Kirchner y continuado por la presidente Cristina Fernández. Los últimos diez años, presentados por el discurso oficialista como la ‘década ganada’ en realidad muestran números que esconden profundos desequilibrios macroeconómicos y peligrosa desinversión que bien podrían definirse como la ‘década gastada’ de la economía argentina.
El período entre los años 2003 y 2012 ofreció una combinación de condiciones favorables para el desarrollo de la economía argentina que difícilmente puede hallarse en tal cuantía en otros momentos históricos. Los precios de los commodities agrícolas vivieron años de revalorización, alcanzando precios nominales récord.
No obstante, las tasas de crecimiento que la Argentina experimentó no resultaron sinónimo de desarrollo económico. Tal como menciona Ariel Coremberg, ‘La ganancia de productividad promedio no llegó al 0,5% anual, muy por debajo del 1% verificado en la década del 90, es decir, en la última década Argentina perdió productividad, y esto afectó negativamente la sostenibilidad de su competitividad y compromete el crecimiento económico futuro’. Por el contrario, el saldo parece ser un sobredimensionamiento del Estado, agotamiento de inventarios que dejan las perspectivas futuras al borde de un límite restrictivo y una ‘herencia’ que luce preocupante.

Retraso en materia energética

Uno de los resultados más delicados que deja atrás el período es un evidente retraso en materia energética. La falta de inversiones en generación profundizó la dependencia de los hidrocarburos para la producción de energía y acercaron la demanda a los límites que la oferta puede suplir.
Si se analizan estrictamente los 10 años correspondientes a la controvertidamente bautizada ‘década ganada‘, en todos y cada uno de los años se registraron caídas en los niveles de producción petrolera. En lo que respecta al gas natural, el comportamiento no varió sustancialmente, el pico de producción se dio en el 2004 llegando a ser en 2012 un 59% menor.
Decisiones erróneas en políticas agropecuarias llevaron a una liquidación del rodeo nacional que difícilmente pueda revertirse en el corto plazo. Así, stock de ganado y tierras destinadas a la producción de cultivos diferentes a la soja cedieron. En el caso del trigo, la superficie implantada pasó de 5,7 a 3,3 millones de hectáreas. Una muestra más de que las políticas aplicadas para ‘preservar la mesa de los argentinos‘ fueron ‘pan para hoy y hambre para mañana’ y profundizaron el ‘modelo de soja + precio alto’.

El ciclo de la desconfianza

Desde el año 2003 la fenomenal expansión del Estado erosionó los márgenes que el adelanto cambiario había significado para la economía, traduciéndose en los llamados ‘superávit gemelos‘ y asegurando rentabilidad a sectores pilares para el crecimiento. Poco a poco, decisiones populistas de corto plazo dieron paso a un serio déficit fiscal, fuertes distorsiones cambiarias, fuga de divisas y un creciente tamaño del Estado que pasó a depender del financiamiento inflacionario.
En la última década el Estado Nacional efectuó la mayor quita de recursos al sector privado en la historia nacional. Para ponerlo en números, desde 2003 cada argentino destina 41 días más de su trabajo para pagar impuestos nacionales. De hecho, entre los años 2003 y 2012, la carga tributaria efectiva creció un 54%, al pasar del 22,4% al 34,1% del PIB.
Esta inusitada presión sobre la voluntad emprendedora, a la que se añade un contexto de incertidumbre general –que lleva a que los actores económicos solamente busquen inversiones de retornos rápidos– resultaron catalizadores de la destrucción de valor en las empresas. Tal puede observarse en la evolución de la capitalización de las empresas domésticas que hacen oferta pública de sus acciones que se vio significativamente contraído durante los últimos años.

El agotamiento del modelo

En síntesis la última década mostró algunas variables positivas como el fuerte crecimiento de la actividad económica y el menor peso de la deuda externa frente al PBI, pero intensificó problemas estructurales y que imposibilitan alcanzar un desarrollo sostenido en los próximos años. A esto se suma el fuerte deterioro en cuestiones institucionales como la manipulación de las estadísticas públicas, la descapitalización del BCRA y la ANSES, el aumento de las expectativas inflacionarias, los apartados pendientes con acreedores públicos y privados, el incremento de la brecha cambiaria, la desaceleración de la actividad y deudas irresueltas con la sociedad y principalmente con los más excluidos.
Nuevamente, la realidad parece mostrarnos que hemos desperdiciando una oportunidad de transformar el crecimiento en desarrollo con inclusión social. Para lograr esa meta es fundamental generar políticas de Estado que permitan recuperar la confianza, tanto ciudadana como internacional. Esto requiere contar con instituciones fuertes, una justicia independiente y acuerdo y cooperación entre los principales actores políticos, claves que en la actualidad lucen distantes.
Así como las luces del alba ponen fin a una noche de excesos, la aparición de deficiencias estructurales para el desarrollo borra la ilusión que alimentó una oda al cortoplacismo. Sin dudas la historia económica escribirá que el período 2003-2013 fue una ‘década gastada’ para la Argentina. Una vuelta más a una calesita de las expectativas truncadas por desencantos.

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