La crisis obliga a repensar diagnósticos: ¿Quiénes y cómo deben evaluar la política económica?

Estados Unidos ha tenido un crecimiento económico y de empleo muy decepcionante desde la ¿salida? de la crisis global y en este contexto, el ajuste vía recorte del gasto agravaría la situación, dado su efecto recesivo sobre las variables mencionadas.
El presidente Obama intenta minimizar recortes y subir impuestos después de que el rescate a los bancos implicara duplicar la deuda respecto al PBI, mientras el Parlamento -con mayoría republicana- se niega a permitir un mayor endeudamiento o reinstaurar los impuestos a los sectores más pudientes que Bush (h) rebajó.
Por su parte, la Unión Europea enfrenta una severa crisis en numerosos países. El default griego parece inevitable y el alto desempleo llegó para quedarse. Ajustes fiscales sucesivos no sólo no recrean la confianza sino que generan la expectativa de una profundización de la recesión. Las diferencias de criterio entre Alemania y otros países, y la falta de liderazgo europeo agravan el cuadro en un contexto donde la intervención del Banco Central Europeo no logra impedir la duplicación en pocos meses de la prima de riesgo soberano de los países más comprometidos.
La experiencia de Estados Unidos y Europa permite suponer que el modelo neoliberal sigue vigente en la aplicación de políticas y esto augura una profundización de la crisis. El ajuste del gasto como sabemos los argentinos por la experiencia pre 2001 sólo presagia la profundización de la recesión. Mayor desempleo, menor actividad, menor recaudación, nuevo déficit, suba del endeudamiento y aumento de los intereses redundan en un default casi ineludible.
La política monetaria no siempre es efectiva para salir de la crisis y la política fiscal se desperdició en rescates a los grandes bancos. La misma debió orientarse a la creación de trabajo, a estimular el consumo y la inversión. Este camino hubiera restablecido los equilibrios macro, incluyendo crecimiento económico y mejoras en la recaudación. Al recomponerse la actividad, se recompondrían también las carteras de los bancos, cerrando el círculo virtuoso de corrección expansiva.
Es muy curiosa la disparidad con que las calificadoras de riesgo evalúan a los países desarrollados y a los países subdesarrollados. Las mismas recién ahora están actualizando la evaluación de los países europeos en crisis. Pero nada dijeron cuando se generaron las condiciones que dieron surgimiento a la misma, incluyendo la fase de endeudamiento sin contrapartida en los niveles de producción y empleo.
Así como no actúan o actúan tarde ante países poderosos, minimizan la calificación de países donde se han reducido sistemáticamente los niveles de endeudamiento. Caso emblemático es el de nuestro país, que en el ciclo 2003-2010 redujo de 140 a menos de 25% el peso de su deuda externa pública sobre el PBI. Más aún, nuestro país mantuvo fuertes superávits fiscales a diferencia de los déficits de 9 o 10% del PBI que tienen los principales países desarrollados.
Es llamativo entonces como países desarrollados tiene notas superiores a la de Argentina. Es muy probable que existan consideraciones políticas o ideológicas detrás de esta actitud, pero ninguna razón técnica sustentable en los hechos.
Los inversores, siguiendo en mayor o menor medida a las calificadoras, también discriminan con spreads inferiores en el caso de países altamente endeudados respecto a países con años de buenos indicadores.
Los mercados se han equivocado y lo siguen haciendo. Esto redunda en un costo financiero mayor para los países en desarrollo fiscalmente responsables. La manera de pensar y ejecutar la política económica y las finanzas convencionales, así como la manera de calificar y valorar a los países es un obstáculo al sentido común y a un crecimiento justo.
Quizás en estos momentos en que Europa sufre a las calificadoras haya alguna reforma al régimen de calificación, pero por ahora no se avizora un cambio en el diseño de políticas ni una presión social que lo catalice.
Es importante a la hora de realizar valuaciones sobre países, realizar análisis holísticos que privilegien las políticas de crecimiento e inclusión. La evidencia empírica demuestra que las deudas se pagan con crecimiento económico y no con ajustes. No hay que confundir instrumentos de política -como el equilibrio fiscal o el riesgo país-con objetivos. Esta confusión lleva a tomar medidas equivocadas, sobredimensionando los beneficios de un ajuste fiscal, agravando las crisis.
En definitiva, la realidad refleja las groseras falencias de los mercados y de las calificadoras de riesgo. Los intereses hegemónicos y la ideología neoliberal y el reduccionismo financiero que condiciona las políticas sensatas y justas han impedido un sano ejercicio de sentido común: el verdadero riesgo país es el nivel de desempleo y el poco dinamismo del consumo. Es fundamental privilegiar el crecimiento y la equidad como forma de avanzar en la solvencia económica y en la construcción de sociedades armónicas y viables. Un doloroso aprendizaje que hizo la Argentina estos años y que aún el Norte parece ignorar.

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