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La confianza de adentro contagia a los de afuera y no al revés

Vivimos en una sociedad suspicaz. Sospechamos los unos de los otros y, como durante décadas hemos sido adoctrinados que la culpa de nuestros males la tienen los otros, también estamos inclinados a creer que las soluciones vendrán de afuera. Por eso siempre repiquetea en el inconsciente colectivo la convicción que los de afuera volverán a confiar en la Argentina antes que nosotros. En esa lógica los extranjeros invertirán y nos prestarán lo necesario hasta que nosotros recuperemos la confianza en nosotros mismos y en las potencialidades que tiene el país. Con el mismo argumento, en el mientras tanto queremos seguir "viviendo con lo nuestro" y gastando por encima de nuestras posibilidades. Con la producción orientada al mercado doméstico, exportando saldos al mercado externo y con una de las economías más cerradas del mundo. El déficit de cuenta corriente (de 3 puntos del producto) nos vuelve a advertir del déficit de ahorro agregado interno, y del rol protagónico que ocupa en el mismo un sector público crónicamente deficitario. La contracara de pobreza y exclusión hablan a las claras de un esquema fallido que la administración anterior potenció hasta el absurdo, desaprovechando la oportunidad única que le brindaron los superávit gemelos (sustentados en los excepcionales términos de intercambio favorables al país) para abordar los problemas estructurales y consolidar un modelo económico y social sustentable.
Los extranjeros tienen presente la película argentina, sobre todo aquellos convocados a invertir en capital fijo. Es cierto que todavía destacan con asombro el voto de la sociedad argentina en las presidenciales del 2015 para legitimar una opción opositora a la continuidad de un programa populista que asfixió las instituciones de la República para perpetuarse en el poder. Pero tienen todo el derecho a dudar, con fundamento en nuestras reincidencias, si esta vez la República y el desarrollo inclusivo consolidarán los cimientos de un proyecto de futuro. Saben que los desequilibrios estructurales y nuestras desventuras económicas son parte de una misma película donde se alternan períodos de expansión y bruscas contracciones que terminan en crisis cíclicas con explosión de las cuentas públicas y/o externas.
Ponderan el esfuerzo del Presidente en sus giras para cambiar la imagen argentina en el exterior y quieren creer que el cambio llegó para quedarse, pero para renovar la confianza en el largo plazo piden pruebas.
Pruebas de que los argentinos somos capaces de reorientar una estructura productiva inviable a otra que incorpore valor agregado exportable, recupere con el tiempo los superávit gemelos, y conviva en la ignición del proceso con un dólar competitivo y un peso que se aprecie por ganancias sostenidas de productividad. Pruebas de que los pesos del superávit fiscal a alcanzar como objetivo empezarán a comprar parte de los dólares del superávit comercial para armar un fondo soberano contra cíclico. Pruebas de que la Argentina volverá a tener un signo monetario estable, con expansión del crédito doméstico y una política monetaria estabilizadora. Pruebas de que la economía informal se reduce, se suman nuevos empleos productivos al sector formal y caen los índices de pobreza y exclusión. Sin esas pruebas los inversores extranjeros repetirán sus apuestas cortoplacistas: finan ciarán un tiempo nuestros desequilibrios y aprovecharán algunas oportunidades de negocio muy rentables y de rápido recupero. Por eso, para sumar señales en torno a un cambio de rumbo que convenza a los de afuera, hay que empezar adentro consensuando acuerdos básicos a partir de la necesidad de restablecer la capacidad de transacción entre las urgencias del presente y las demandas de un futuro que se nos ha venido encima. Los consensos básicos involucran primero a la dirigencia política. Al gobierno nacional y a las provincias; al oficialismo y a la oposición; y a los partidos políticos con representación parlamentaria. A partir de allí a la dirigencia sectorial. Los consensos construyen confianza y la confianza desinhibe y destraba procesos internos para consolidar el cambio. La confianza interna promueve la externa y multiplica las inversiones de largo aliento, aquellas en capital reproductivo. Por la suspicacia reinante, tal vez haya que esperar hasta después de las elecciones legislativas de octubre, pero ya hay actores políticos y sociales promoviendo estos consensos, como también hay inversores argentinos que empiezan a apostar al largo plazo.